Contraindicaciones

Por Jesús Arencibia Estimado lector: Si por casualidad le quedan dudas de cuánto en verdad lo estimo, lea esta breve misiva. Me lo agradecerá la vida entera. Como tantos otros incautos, ya cometió el primer error: gastar su precioso dinero en comprar este libro —a menos que sea de los pocos elegidos a los que tocó en regalo del autor, pero ese grupo es ínfimo, es casi un grupúsculo, dada la habitual tacañería del sujeto de marras. Le decía, ya usted erró; pero errar es de humanos y aún está a tiempo de evitarse males mayores. Eso, por supuesto, si sigue religiosamente mis advertencias. El compañerito Nemo, alias RRR, o entre algunos admiradores, el de la Epístola Incendiara, ha escrito desde 2008 hasta 2016 los textos, más bien «textículos» en atención al tamaño, que la prestigiosa revista Alma Mater publicó en su sección «¿Quién le pone el cascabel al látigo?». Nadie ha podido desentrañar aún los métodos turbios, las mafiosas argucias o el flagrante soborno que de seguro empleó RRR a fin de agenciarse tal espacio en la emblemática publicación; pero es consenso entre los investigadores que algo le ha sabido Nemo a los sucesivos directores y directoras del medio para obligarlos a tamaño crimen de leso periodismo. Entrenado en La Papilla, un libelo de corta tirada que circulaba en los predios de la amada Fcom (Facultad de Comunicación) de la UH (Universidad de La Habana), RRR adquirió rápidamente las habilidades y trucos harrypottéricos necesarios para hacerse popular, simpático. A muchos ingenuos aspirantes a «escribidores» los cautivó con su desenfado de triple agente, y hasta se hizo líder aclamado por estudiantes y docentes, que no aquilataron en su valor profético la frase de aquella magna profesora del campus de Artes y Letras, quien lo llamó ratón de alcantarilla. Desde entonces, el de la Epístola Incendiaria se ha dedicado a lo que parece ser su deporte favorito: «dar chucho», que en buen cubano significa: fastidiar gozosamente a lectores serios, como usted y como yo, mientras otros, incluso muchos otros, se divierten pensando que de semejantes chistecitos e historietas sobre cualquier bobería de la vida cotidiana, se saca algún provecho. El susodicho Nemo no ha tenido el menor pudor de mezclar en sus escritos, con soberana irreverencia: la décima con el aguaje barriotero; el cuentapropismo con la historia de los vikingos; los pomos plásticos con la teoría de la evolución; la filosofía clásica con el reparterismo reguetonero; los insignes coros del servicio militar con las disquisiciones sobre una tortica; el ceremonial protocolo de las tesis con el desparpajo de un instrumento de juegos sexuales apodado el Mulatón… Lo más lamentable de todo es que, a juicio de atrevidos diletantes, la mezcla le ha quedado bien. Por eso, estimado lector, si aprecia, aunque sea mínimamente, su tiempo, puesto que ya perdió dinero, no lea este libro. Bótelo, regálelo, revéndalo, si es que existe por ahí algún ignorante inadvertido, pero, por favor, en nombre de la sacrosanta cultura, las buenas costumbres, la benemérita gramática, no se arriesgue a leerlo. Se lo dice un pobre desventurado, que una vez lo hizo —solo guiado por la curiosidad científica— y ya no ha podido desprenderse de él.

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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