Amantes de libros

Un libro puede tener un noviazgo, incluso, hasta un feliz matrimonio; sin embargo, no es lo más común en el mundo de la literatura. Estos seres imprescindibles, de páginas adheridas, lomo, solapa, portadillas, cubierta y contracubierta, prefieren tener amantes. Hablemos entonces de ellos: los amantes de libros.

Tienen raras manías, como esa de hojear un volumen recién salido de imprenta, justo frente a sus narices para sentir ese olor inconfundible a nuevo, a literatura, a complicidades innumerables. No se suscriben a gremios específicos: abogados, psicólogos, médicos, custodios, jóvenes que pasan el servicio militar, adolescentes reparteros, creyentes y no creyentes, millonarios, prostitutas… cualquiera puede clasificar como amante y cada uno guarda con celo una historia interesante de por qué y cuándo empezó su incondicional pasión por los libros.

En época de nuevas tecnologías, son consumidores de tablets, readers y cualquier otro artefacto que facilite la lectura, pero no abandonan a sus amores de siempre: los impresos, tengan o no la tapa dura, sean de papel gaceta, bond o bulky cream, viejos o nuevos, primeras ediciones o reimpresiones. Los amantes son fieles, leales.

Rara vez son monógamos. Quien ama a un libro, ama a dos, a tres, a diez. Esa actitud promiscua no es para nada criticable porque este ambiente literario no se rige por las mismas normas sociales que organizan la vida en colectivo. Para ellos, por ejemplo, está permitido robar. Nada de reproches, todo lo contrario. Lo sustraen sutilmente de una feria de libros, una librería o la biblioteca personal de algún conocido; es la forma de materializar amores imposibles.

Cuando se trata de ejemplares únicos y cotizadísimos, hay quienes, como Pablo, los prefieren compartidos.

Los amantes desprendidos prestan los suyos a riesgo consciente de no recuperarlos jamás; les queda el consuelo que quedó en manos de otra persona enamorada que comprometió su corazón. Los otros, radicales, no los prestan ni a sus mejores amigos; ponen el amor por encima de la amistad.

Un buen amante se ocupa de que sus pasiones queden a buen resguardo. Construyen libreros gigantes que organizan y limpian de polvo cada mes. No pueden verlos botados en la calle; los recogen, los restauran, aun cuando sean de temáticas ajenas a sus intereses.

Existen casos clínicos de quienes son tan consumidos por esta relación adictiva que sueñan con escribir uno, para amarlo tanto como a los otros, para que otras personas amen al suyo también.

Otros soñadores, con igual ímpetu y pasión, prefieren ilustrarlos, editarlos, traducirlos, imprimirlos. Y allí, con sus bocetos, con sus manuscritos tachados, armados de musas y diccionarios, o detrás de una imprenta que hace un ruido mágico, esperan ver el libro nacer.

¿Y quiénes los comercializan? ¿Qué siente esa carretillera que todas las mañanas saca los libros del almacén? ¿Y aquel bibliotecario que día a día espera a que otros vengan a pedir prestados sus más sagrados tesoros? ¿Los maestros, los padres que leen a sus pequeños antes de dormir, los cuidadosos que abren el libro a más de 180 grados por suponerlo sacrilegio?

Todos, sin excepción, viven locos de amor; y disfrutan, como nadie, el tierno pecado de tomar en sus manos un libro nuevo, hojearlo justo en frente de la nariz y sentir ese olor al que se volvieron inexplicablemente adictos.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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