Ciudad Deportiva, La Habana, año 2064

Por Rodolfo Romero Reyes

Daniela llegó a la Ciudad Deportiva casi al mediodía. El concierto, previsto para las 8.00 p.m., pronosticaba ser el evento del año: con una asistencia de un millón y medio de personas, 300 mil más que las que 47 años atrás se dieron cita en este mismo lugar para ver a Mick Jagger y a su piquete, en vivo y en directo. Sus abuelos sí habían participado en aquel, cuando ni siquiera eran novios; lo recordaban como el suceso cultural más mediático de aquella década. Ni Daniela ni sus amiguitas —casi todas rondaban los 16— tenían idea de quiénes eran los músicos que iban a tocar esa noche; venían más bien para subir fotos y videos a sus respectivas redes sociales.

Para su sorpresa, aproximadamente a las 4.00 p.m., empezaron a llegar personas de la tercera edad que preocuparon seriamente a los jóvenes ambulancieros y enfermeros del grupo de aseguramiento. Desfilaron viejos de 70 años llenos de tatuajes, dientes de oro, vestidos con camisas antiquísimas llenas de carteles prominentes con letras doradas, y viejas con blusas y licras apretadas como símbolo de la tan representativa cultura «repa» de principios de siglo. Entraron otros con atuendos más escogidos pero también pasados de moda: veteranos con las cejas sacadas, shorts mikis y piernas visiblemente depiladas que iban acompañados de tembas pijas, de esas que todavía usan Pandoras. De pronto, otra sorpresa: ella sabía que sus durakos padres asistirían al concierto, pero no imaginó que llevarían también a… sus abuelos. Entre los dos sumaban 152 años. Aquello parecía la Ciudad del Adulto Mayor.

Justo a las 8.00 p.m. miles de luces encendieron todo el campus. De la estructura metálica de 12 pisos, montada especialmente para la ocasión, descendieron dos invitados puertorriqueños. Con 86 y 85 años respectivamente, se conservaban mejor que The Rolling Stones cuando habían tocado en La Habana en 2017. El primero se acercó el micrófono y gritó: « ¿Dónde están las mamis que van romper su cintura?», y todas las mujeres levantaron sus manos al tiempo que armaban una bulla arrebatadora. «Bien, mi gente, me gusta que estén activaos, pero primero vamos a comenzar recordando un tema que hizo historia en esta Isla —y empezó a cantar, bajando el volumen de su voz y logrando un tono medio romántico y melancólico—: «Pobre diabla… se dice que se te ha visto por la calle vagando…». Hizo silencio, y la multitud continuó: «…llorando por un hombre que no vale un centavo».

Después de dos o tres de aquellos temas antológicos, su colega inició un remix que incluyó «Gasolina», «Lo que pasó, pasó», «Rompe», «Ella me levantó», «Pose», «Dale caliente», «Machete», «Somos de calle», «Dura» y «Que tire pa´lante». Antes de concluir su presentación, provocó al auditorio: «Ahora quiero que las cubanas y los cubanos de más de 50 se muevan al ritmo de “Shaky Shaky”». Ahí sí tembló el terreno de la Ciudad Deportiva. Daniela nunca imaginó que su abuela, tan psicóloga y coordinadora editorial, pudiera moverse de aquella manera.

Más allá de la fascinación y despelote que generaron los populares puertorriqueños, los aplausos llovieron cuando salieron los tres cubanos. Randy, a sus 81 años, parecía que tenía 60; El Micha, con su caminao característico y el bastón que desde hace dos décadas lo acompaña, conservaba el mismo timbre en su voz; y el más veterano de todos, Alexander, salió con un collarín de esos que indican los médicos para proteger la cervical; en él llevaba escrito con plumón rojo ¡Felicidades!, pues ese mismo día El Monarca cumplía 94 años.

Después de cantar varios temas que iban desde «La campaña» y «Soñé» —canciones de Gente de Zona que nunca en su vida Daniela había escuchado—, y pasar por los clásicos «El animal», «Bailando», «La Gozadera», «Más Macarena», «El mentiroso» y «Poquito a poco» —que tampoco la muchacha conocía pero que sus padres durakos sí—, El Micha entonó su clásico: «Con dinero y pasma´o», que enardeció al público asistente.

Concierto de locos. Daniela y sus amigas no imaginaron que las personas mayores tuviesen acumulada tanta adrenalina. En solo dos horas, el césped se inundó con el sudor de la gente, mientras los camarógrafos intentaban capturar y transmitir en directo tanto perreo.

Casi al final, salió otro señor mayor. Los más tembas empezaron a corear: « ¡Insurrecto!, ¡Insurrecto!, ¡Insurrecto!». El anciano llegó al micrófono con dificultad. Explicó que él no cantaría, envió un saludo a otro espécimen de aquella dorada generación, El Chacal, quien no había asistido al concierto por problemas de enfermedad, y acto seguido, anunció la gran sorpresa.

Una muchacha sexy, vestida de enfermera, empujaba la silla de ruedas a la que el cantante boricua se encontraba atado desde hacía nueve años. A pesar de sus limitaciones físico-motoras, y a sus ya siete décadas de vida, mantenía alguna que otra presentación internacional. Sin embargo, nadie imaginó que en 2064, La Habana estuviera contemplada entre sus escenarios.

El público entero enmudeció para escuchar con atención a aquel ídolo de tantas generaciones. La madre de Daniela tomó a su esposo del brazo, ambos se recostaron a los abuelos, de cuyos ojos salían, incontenibles, las lágrimas por la emoción.

El hombre, con la mano temblorosa y auxiliado por la enfermera, se acercó el micrófono a los labios. Aquello fue lo más grande, la multitud estalló en una gigantesca ovación cuando desde todos los gigantescos bafles, se escuchó la cadencia inconfundible: «¡¡¡Ella es callaíta!!!».

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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