El viejo Corona

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de revista Alma Mater

En tiempos de coronavirus mis amigos de la Lenin crearon un grupo de WhatsApp  —específicamente Ariana García— para mantenernos alejados del estrés adicional que produce la cuarentena.

Con esa fobia al «corona», alguien recordó a nuestro profesor de Química, famoso luego porque daba las teleclases, y quien fuera el profe guía de mi grupo. Particularmente no presté mucha atención a sus clases, de ahí mi desconocimiento en su materia; eso sí, recuerdo que, a la hora del De pie, desde el pasillo áereo mencionaba los nombres de todos nosotros, con frases yuxtapuestas como: «abre los ojos», «destápate», «no sigas sentado en la litera», entre otras; tal pareciera que nos vigilaba por una cámara de seguridad.

Una que sí lo recuerda, e incluso, se encabrona cuando lo hace, es Betty, quien asegura que «todo lo malvado se llama Corona». Su peor historia con él tuvo lugar al empezar un turno de Química después de una clase de Preparación Militar (PMI).

Betty, Claudia, Ariana y Tania llegaron al turno vistiendo diferente a los demás, que estábamos sucios y con ropa de trabajo. Ellas, bañaditas, en uniforme y olorosas, hicieron saltar el detector de reportes. Su único pecado, según Claudia, había sido bañarse rápidamente en el breve lapsus de tiempo entre ambos turnos.

«Había tocado práctica de arrastre —tipo de desplazamiento militar— y, como fuimos las primeras, calculamos que nos daba tiempo a bañarnos. Esperamos a las 11:30 a.m., que abrieron los albergues, y nos dimos una ducha rápida», narra Betty.

El profe no las dejó entrar al aula porque lucían diferente. «Por aquel “acto indecible de egoismo” nos dijeron hasta del mal que íbamos a morir», recuerda Claudia, quien aludió como atenuante que tenía picazón; el profe ripostó: «¿Sus compañeros no estarían sintiendo picazón también?». Y ella: «Pues parece que no».

«Entonces nos dijo que buscáramos un papelito de Maritza o Marifí —jefa de internado y directora de la unidad, respectivamente— en el que “las autoricen a entrar vestidas así, como a ustedes les da la gana”. Como ninguna de las dos estaban en sus respectivas oficinas, nosotras nos fuimos a almorzar —al parecer idea de Claudia—. Y justo cuando llegamos al comedor estaba Maritza controlando la entrada, y todas habíamos dejado la tarjeta de pase en el aula cuando nos combiamos de ropa para ir a PMI. Nada, que una cosa llevó a la otra», recuerda Betty.

Además, estaban sin monograma que, como era solo uno, lo tenían en la blusa que se habían quitado en el aula. Reportes múltiples: sin monograma y sin tarjeta de pase. Para colmos, después Maritza se encontró con Corona y le dijo: «Cogí a unas niñas tuyas incumpliendo con el reglamento». Entonces él la puso al tanto de que ellas debían buscar un justificante, no irse a almorzar.

Con este último dato quedó la bandeja servida para un consejo disciplinario por faltar a clases de manera injustificada.  «Durante el análisis, primero nos amenazaron con darnos cero en el próximo examen de Química; después, recapacitaron, y nos dijeron que 60 puntos, porque, de ser la primera opción, no daría el promedio de ninguna manera. Nuestras madres se quejaron, la cosa no terminó ahí, llegó hasta el Ministerio de Educación», agrega Betty.

Por suerte, al final, les permitieron hacer el examen.

Ariana interrumpe el relato colectivo: «Al final la única que saqué 60 puntos fui yo porque como pensé que, en efecto, no iban a hacer la prueba, no estudié, y al final, la hicieron, y yo sin estudiar. Las otras, cerebritos, sacaron más de 90».

Años después Corona se encontró con Betty en la Facultad de Química. Pues sí, aquella muchacha decidió estudiar la misma carrera:

—Profe, ¿qué tal?, ¿cómo está?

Respuesta de Corona: ¿Te conozco?

Y, como bien dice Danaisi, el odio de Betty creció hasta el día de hoy; no obstante, desarrolló amor por esta ciencia, y recientemente defendió su doctorado en Alemania. No obstante, asegura que ni la más férrea de las cuarentenas podrá hacerla olvidar los daños que, en su adolecencia, le causó el viejo Corona.

Pasados ya 17 años, un momento singular, entre tanta angustia colectiva, viene ahora a la mente de Ariana. Mientras las lágrimas de Tania, Betty y Claudia, inundaban el albergue, las de ella no salían. Cuando aún pensaban que todas estaban suspensas, Tania le preguntó a Ariana:

—Yo no sé por qué tú no lloras.

—Solo lloro por cosas que afectan mi sensibilidad—, y entonces Tania ripostó, con cierto tono de furia.

—A mí tampoco me afecta la sensibilidad, lo que sí me afecta es el promedio.

 

Nota del autor: Las anécdotas que se cuentan aquí, se escriben desde el recuerdo colectivo de un grupo de estudiantes. Para nada pretenden atentar contra el prestigio de la escuela o los profesores mencionados. Todo lo contrario, a ellos, a quienes criticamos desde el cariño, le debemos en gran medida lo profesionales que somos hoy.

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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