Top ten de los despistes en Cuba

Por Nemo

Recién tuve en mis manos el manuscrito del libro Top ten de los despistes en Cuba, propuesta historiográfica que próximamente saldrá a la luz.

El volumen es resultado de una rigurosa investigación que aborda distintas distracciones de cubanas y cubanos a lo largo de todo el país. Cuenta con dos acápites, el primero de ellos relata los resultados de un grupo de discusión en el que participaron distintos especialistas de las ciencias sociales, en su mayoría psicólogos, donde caracterizaron a las personas despistadas. Los investigadores, incluso, enunciaron las causas probables de dicho mal, las cuales nada tienen que ver con traumas de la infancia o mediaciones escolares; «el despiste, en la mayoría de los casos —sentenciaron— tiene causas congénitas».

Esto último no resultó novedoso para mí. Muy de cerca tengo ejemplos. Mi amigo Yuset puede almorzar un filete de pechuga de pollo y, solo porque se lo sirvieron empanizado, asegurar, horas más tarde, que ha comido pescado frito. También es capaz de atravesar media ciudad en busca de su moto eléctrica que pernoctaba en un taller y, justo al llegar, descubrir que ha dejado la llave en la casa.

Yo mismo debo haber nacido con el mecanismo de la atención medio descompuesto. Dicen que mi padre, en sus tiempos mozos, era entretenido a más no poder; tal vez lo mío sea hereditario. Si salgo del comedor a la cocina a buscar una cuchara, basta con que alguien de la mesa me pida otra cosa, por ejemplo, un vaso con agua, para que olvide una de las dos, probablemente, la cuchara, por haber sido la primera. De personas como yo, alega la ciencia, somos incapaces de hacer dos cosas a la vez.

Pero volvamos al libro. En el segundo y último capítulo, sus autores enumeran los despistes más grandes de los que se conserva evidencia gráfica (de ahí que no figuren la «concretera» que supuestamente quedó encerrada en un cine pinareño o la barredora de nieve que algún entusiasta compró para usar en nuestro país hace ya varias décadas).

Para no adelantarles todo el libro, solo haré spoiler de dos sucesos que me resultan cercanos: uno, porque ocurrió en Puerto Padre, un municipio de Las Tunas al que me atan vínculos familiares, y el otro, porque clasifica como el colmo de los despistes.

En una moto un hombre llevaba como copiloto a su yerno. Al llegar al cruce de la línea del ferrocarril, el yerno, valorando lo irregular del trayecto y aprovechando la reducción de la velocidad, se apea de la moto, para facilitar el paso. Una vez rebasados los rieles, el hombre, creyendo que su yerno sigue con él, acelera y se pierde ante la vista del joven y de otro transeúnte, testigo del suceso. El muchacho, pensando que se trataba de una broma de su suegro, ni siquiera atinó a gritarle; empezó a preocuparse cuando vio que René —así se llamaba el motorista— se perdía en el horizonte. Cerca de un kilómetro y medio anduvo el despistado, hasta percatarse que iba solo. Al instante regresó en la búsqueda de su copiloto. Según le dijo a este, se dio cuenta de lo sucedido cuando notó que su yerno iba demasiado callado.

El otro despiste, con el que por cierto concluye el libro, tuvo lugar el día que un colega, egresado de nuestros centros universitarios, salía de una tienda con su esposa y sus dos hijas. Al llegar al auto, la mujer, antes de ocupar su puesto en el asiento delantero, monta a las niñas detrás y, cuando cierra la puerta, observa como su marido pisa el acelerador y abandona el lugar. Sorprendida primero, e indignada después al notar que ni él ni las pequeñas se han dado cuenta de lo ocurrido, toma su celular y lo llama enfurecida.

Pero, ¿qué ocurría dentro del vehículo? El chófer pensaba que su esposa había montado detrás con las niñas. Las pequeñas, entretenidas en sus juegos, estaban convencidas de que su mamá iba delante. El colmo es que, una vez que suena el celular, y nuestro amigo ve que es ella quien lo está llamando, sin ni siquiera mirar por el retrovisor, estira la mano, mostrando el teléfono, y sin quitar la vista del camino, dice:

—Mi vida, mira a ver que parece que, por equivocación, me estás timbrando.

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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