Reunión de padres

Fernando es amigo porque gracias a él, que siempre pone la parada por encima, algunos colegas debemos esforzarnos más a la hora de hacer periodismo. Es algo así como una meta escribir mejor que él. No digo «mejor» en cuanto a forma o estilo, sino en cuanto a contenidos. «El Fernan» no tiene que lidiar con mecanismos de autorregulación ni con fenómenos internos y subjetivos de autocensura. Él escribe y punto. La gente se lo lee.

Suele ser muy crítico con la prensa que se produce en Cuba y por eso siempre anda rastreando buenos, polémicos o curiosos textos de producción nacional para poner en su blog, ya que este espacio tiene gran aceptación en los usuarios cubanos que pueden conectarse a Internet con cierta frecuencia.

Ser replicado en su bitácora no es un premio ni nada parecido, pues él escoge los textos siguiendo un criterio bastante personal y subjetivo. Eso sí, te garantiza mayor número de visitas, pues él tiene una amplia comunidad de lectores. Hasta aquí es amigo. ¿Por qué es al mismo tiempo un «enemigo»? Pues cuando un texto de uno de nosotros aparece allí, los censores-sensores se activan y comienzan las sospechas y las malas interpretaciones.

Hace poco tuve la suerte, o la desdicha, que un texto mío publicado en la revista Alma Mater, Los «hijos de papá», apareciera en su bitácora. Al principio fue bueno, pues ya a la mañana siguiente me habían leído bastantes personas. Pero también fue malo, el texto pasó de mano en mano y comenzaron los cuestionamientos.

Algunos, que me conocen bien, entendieron que mi crítica, mezclada con humor, no tenía malas intenciones. Otros tomaron el texto como paladín para realizar disparos a todas las banderas. El  mejor rebote del texto ocurrió durante una reunión de padres que tuvo lugar en una escuela secundaria básica de Nuevo Vedado. Allí la maestra explicó:

-El mes pasado la revista Alma Mater publicó un texto titulado Los «hijos de papá». Por indicaciones del Ministerio de Educación el artículo debe leerse en todas las reuniones de padres de la capital para luego debatir acerca de si, en nuestras aulas, hay o no, los estereotipadamente tildados como «hijos de papá».

Después de leerse el artículo comenzó el debate. Algunos padres (y madres) manifestaron estar de acuerdo con lo que decía el texto, en tanto otros no estuvieron a favor de algunos de sus planteamientos. Eso sí, la mayoría entendió que el concepto es directamente proporcional al nivel adquisitivo de los progenitores y la forma en que sus hijos lo manifiestan en su cotidianidad.

Cuando terminó la reunión la maestra quiso hacer un aparte con los «papás» y pidió que se quedaran en el aula solo aquellos que considerasen que sus hijos reunían las condiciones mencionadas en el artículo.

Para sorpresa de la maestra, abandonaron el aula padres que ella consideraba «potenciales»: una dirigente de la Federación, un alto funcionario de una organización política, un militar, el director del hospital más famoso de la provincia y un atleta del equipo de beisbol. Después se dio cuenta que, en efecto, sus hijos eran de los más humildes del aula.

Otra sorpresa para ella, fueron los padres que se quedaron en el aula. Entre ellos el gerente de una firma, la jefa de una cooperativa de servicios, el dueño de un bar en Playa, la dueña de 7 almendrones que botean en la capital, un chofer de la ruta del P-5, el secretario en una embajada, una guía de Havanatur, incluso, hasta un panadero.

Solo uno pasó desapercibido ante los ojos de la maestra: un hombre sentado al final del aula, que ella creía conocer de la televisión. Cuando él se quitó los espejuelos para hablar, todos lo reconocieron enseguida. Nada más y nada menos que Marc Anthony en persona, en una reunión de padres de Nuevo Vedado.

-Pero, ¿usted qué hace aquí?- preguntó la profesora. Su hijo no estudia en esta escuela.

El cantante boricua le explicó:

-Yo soy el tío postizo de Manolito, su papá no pudo venir porque está de gira.

La maestra entendió su presencia allí. Manolito también era un «hijo de papá». Su padre era cantante de un, muy famoso, grupo de reguetón.

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10 tips para una rápida adaptación a la BK universitaria

Por Nemo

Muchos universitarios llegan por primera vez a la beca en este mes de septiembre. Algunos tienen como antecedente la vida en las vocacionales o escuelas de deporte, en cambio, una gran mayoría —de los que no conocieron los pre en el campo— chocarán con la nueva rutina. A petición de mi amiga Damepa, aquí les van algunos tips que les garantizarán una óptima adaptación.

  1. Hacer amigos es fundamental, pero aún más importante es tener guara con custodios y cocineros, ellos son las personas con más poder real en el recinto universitario.
  2. Tener una reserva intocable de agua. Busca cubos, jarras, «pepinos», y no los cambies ni por comida, ni por cigarros. Almacenar H2O puede salvar tu vida y la de tus compañeros.
  3. Pídete siempre el colchón de arriba, aunque pases trabajo subiendo y bajando algunas veces al día. La parte inferior de la litera es para meriendas colectivas, juegos de cartas, poner los pies —de las personas que están arriba—, incluso el lugar escogido por amantes de ocasión cuando ven la oportunidad de echar un «rapidín».
  4. Llegar temprano al comedor el día que toca pollo en el menú. Incluso, evita en tu brigada que ese día pongan reunión de la FEU o peñas de trova que puedan atentar contra tu sana alimentación.
  5. No dejar pertenencias fuera de la taquilla cuando sales de pase a tu provincia de origen. Tampoco exageres queriéndote llevar la taquilla completa para la casa.
  6. Haz una copia urgente de la llave de tu piso, eso te evitará pernoctar en el pasillo cuando ninguno de tus colegas escuchen tus gritos al llegar después de una fiesta trasnochada.
  7. En la primera semana evita atributos tan llamativos que puedan estigmatizarte por el resto de tu vida universitaria: pelo azul, maleta de madera, chancletas con felpa rosada para dormir, etc.
  8. Explora dos kilómetros a la redonda para identificar cafeterías baratas y en moneda nacional que garanticen tu refuerzo alimenticio.
  9. Haz un post-it con tus metas más inmediatas y pégalas en tu taquilla: 1) empezar a correr o matricular en un gimnasio, 2) encontrar el amor de mi vida, 3) lograr tramitar el cambio de dirección para resolver una mejor ubicación laboral… —parecen metas sencillas, pero créame, algunas de estas no se cumplen ni en los cinco años.
  10. Comparte fotos en Facebook para dejar constancia de esta nueva etapa, comparte con personas de otros años para que aprendas rápido cómo sobrevivir en ese entorno, y comparte —lo más importante— tu comida. Ganarás muchos amigos y meriendas. Lo mejor que puede pasar es que digan de ti, citando cierto coro reguetonero: «tú no eres tacaña/o, tu repartes».
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La cosa no siempre va de latigazos

Por Nemo

El periodo especial en Cuba trajo consecuencias negativas en casi todos los ámbitos de la vida social. Las publicaciones impresas, y entre ellas Alma Mater, estuvieron a punto de desaparecer. La voz de los universitarios cubanos cambió su formato a uno más económico, disminuyó su tirada y empezó a salir con una frecuencia anual. Aun así, en cada número, el humor estuvo presente. Como dice el cantautor Tony Ávila, «el cubano es el único ser que se burla y se ríe con sus desgracias». Con la misma intensidad que el humor nos hacía desconectar de la rutina en las noches de apagones o un buen chiste nos salvaba de la tortura del transporte público, las páginas de la revista mantuvieron su dosis de sátira e ironía.

Entre estos espacios se consolidó la sección «¿Quién le pone el cascabel al látigo?», cuyo título hacía referencia inevitable a la máxima martiana que exhorta a que el humor debe ser a la humanidad como un látigo con cascabeles en la punta. Entonces la década de los noventa intentó, a base de latigazos, hacer que no desaparecieran las ganas de reír.

Por eso, al celebrarse el 95 aniversario de la fundación de Alma Mater, nos dio por hojear diversas ediciones. Pasamos riendo en la biblioteca y seleccionamos para ustedes algunos de los textos que más nos gustaron porque precisamente, pese a estar en la sección de humor, no nos sacaron carcajadas.

De a mediados de la década del noventa, rescatamos a algunos de los grandes «demagogos de la historia», que identificó el colega Luis Felipe Calvo. De los primeros se destacan Satanás y Noé:

5.000 A.C.- Satanás obtiene la mayoría pero pierde la presidencia porque el Arcángel Miguel falsifica las actas.

4.900 A.C.- Noé inventa la corrupción administrativa, pero se le olvida inventar el antídoto.

Después le siguen los griegos y los romanos:

399 A.C.- Platón inventa eso de que los reyes para mandar bien, tienen que ser filósofos. Todos los reyes sobornan a las universidades para que los nombren doctores Honoris Causa y quedamos en las mismas.

01 A.C.- Herodes gana la mayoría al ofrecer guarderías y centros de cuidado infantil.

40 D.C.- Calígula hace elegir senador a su caballo. Desde entonces en el senado hay mucha paja.

64 D.C.- Nerón atrae a los leones del circo ofreciéndoles comida y a los cristianos ofreciéndoles entradas gratis. El resultado es el primer mitin con espectáculo.

1 502 D.C.- El Papa Alejandro Borgia inicia un tráfico de indocumentados hacia el cielo para obtener la mayoría, pero los indocumentados se regresan cuando descubren que el cielo no tiene moneda fuerte.

1 503 D.C.- Castruccio Castracani gana la alcaldía de Pisa ofreciendo enderezar la torre inclinada.

Esta ironía, llamada a veces humor inteligente, tiene un destacado exponente en Héctor Zumbado. En esta ocasión, reproducimos su cuento: «La viejita ingenua», publicado a principios del siglo XXI, el cual ofrece otra arista no tan cómica del destacado autor:

Esta era una vez una viejita muyingeeenua, muyingeeenua, que creía en las cosas más increíbles del mundo. Creía (por ejemplo) en el amor a primera vista. En el azul del Danubio. En la ingenuidad de los niños. En la fidelidad de los perros (y en su inteligencia.) En los cumpleaños. En el sonido del mar dentro de los caracoles. En los diccionarios de sinónimos. En Freud. En Andersen. En Grimn (en los dos). En la guía de teléfonos. En el observatorio. En el calendario azteca. En la poesía. En la letra K (incluyendo a Kafka y la Kon-tiki, como es natural). En Salvador Dalí. Y en el dibujo animado. Esta viejita creía en cualquier cosa. En casi todo. Y por eso un día a esta viejita que era muyingeeenua, muyingeeenua, se le ocurrió sembrar una ceiba dentro de una preciosa maceta azul que tenía en el balcón.

Claro está, esta viejita que era muyingeeenua, muyingeeenua, no había leído la página 15 del tomo III del Diccionario Enciclopédico UTEHA, editado en México por la unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, copyright 1952. Ahí decía claramente:

«Ceiba (voz haitiana) f. Bot. La bombacácea Ceiba pentandra, árbol americano, con tronco grueso, copa extensa casi horizontal, de unos treinta metros de altura…».

Ni tampoco esta viejita había escuchado las palabras precisas de aquel profesor de la cátedra de agronomía de la Universidad:

«Ejem… para sembrar una ceiba necesitamos… al menos, de un terreno de unos seis por ocho metros… con un buen ph y mejor drenaje».

Ni mucho menos esta viejita que era muyingeeenua, muyingeeenua, supo jamás el diagnóstico profesional y mesurado de aquel otro eminente psiquiatra de la capital:

«Ejem… evidentemente… sembrar una ceiba dentro de una maceta -aunque sea azul- refleja… evidentemente… una condición psíquica de características altamente preocupantes …evidentemente…». Por eso esta viejita que era muyingeeenua, muyingeeenua, le echaba agua todos los días a su preciosa maceta azul y vivió muyfeliiiz, muyfeliiiz— envidiada terriblemente por todos los vecinos— con su gran Ceiba de 30 metros de altura en su balcón.

Universitarios y profesores de la Facultad de Artes y Letras se suman con gran vitalidad a las páginas de la revista. José León publica el texto «Normativa»:

Se sorprendió muchísimo y sinceramente se molestó cuando al llegar a su oficina encontró que su buró, con una bien cuidada cubierta de formica azul pálido, había sido cambiado por un tosco mueble carmelitoso. Quiso preguntar a sus compañeros la razón de este cambio, pero se contuvo al ver que todos estaban en la misma situación.

—Es una normativa del jefe —le aclaró uno. Este fin de semana, en un trabajo voluntario con la gente de producción, logró llevar para la sección técnica todos los buroes azules, dejando para la sección administrativa estos oscuros desastres.

—Pero ¿y las cerraduras, las calcomanías y todas nuestras cosas guardadas en las gavetas de los azules…?

—No te preocupes —trató de tranquilizarlo otro—, todos los papeles de trabajo están en aquel rincón. No sé cómo pudieron romper todas las cerraduras.

—Es absurdo, ahora tenemos que trabajar más, organizando esa papelería, volviendo a colocar nuestros cuadros, almanaques…

—Perdone, según la nueva normativa del jefe, todo eso queda prohibido. Nada de carteles en las paredes. Es por las uniformidades —admitió la empleada de limpieza.

—¿Uniformidad? ¡Qué barbaridad de normativa! Pero ya llegará el día en que este jefe tendrá que responder por sus atrocidades.

Unos meses más tarde ese día llegó y se sintió el hombre más feliz de la tierra. Ya era difícil recuperar su antiguo buró, ¿cómo estaría su bien cuidada cubierta de formica azul? Pero al menos se podría mejorar el tosco mueble carmelita que tenía en lugar de aquel; además, podría animar un poco la oficina con unos carteles de japonesas que había conseguido, porque seguro que el nuevo jefe no se iba a poner en la misma berraquería que el anterior… El problema fue descubrir que todos los buroes comenzaban a cambiar de color; una mitad carmelitosa y la otra, bien cuidada, de formica azul.

Y por último en este epígrafe aparece Eduardo del Llano con un texto dedicado a Umberto Eco y Woody Allen, titulado: «Del arte de leer entre líneas».

Leer entre líneas en el segundo sentido moderno, o sea, interpretar lo otro que el escritor quiere sutilmente transmitirnos, existe en el sujeto un entrenamiento especial que incluye el conocimiento del código empleado, o al menos la capacidad para desentrañarlo.

Con el auge de las publicaciones periódicas hay una ambigüedad creciente del discurso político en los siglos XVI al XX, los mensajes entre líneas cobran tal fuerza que todo aspirante a figura política tiene que pasar un examen en el que se le exige que revele los significados ocultos en un texto aparentemente desprovisto de peso político, como, digamos una alocución del Jefe de gobierno.

Napoleón fue una de las figuras históricas que más atención concedió al problema de los textos polisémicos y furtivos, como evidencia su decreto de 1798, en que prohíbe a los periodistas, bajo pena de muerte, saber leer y escribir. Otro aspecto de la cuestión fue zanjado por Abraham Lincoln al poner bajo monopolio gubernamental todas las fábricas de tintas simpáticas y prohibir la tenencia de limones y demás frutos u objetos susceptibles de ser empleados para producirla.

Si alguien era sorprendido portando un limón, debía tragárselo inmediatamente con cáscara y todo. Fue el origen de la Ley seca.

El siglo XX  convirtió la escritura entre líneas y su lectura una obsesión. Desde 1931 se entrega subrepticiamente el Nobel de Literatura Oculta; para otorgarlo se tiene en cuenta no solo la valía del texto sino la habilidad del autor al camuflarlo.

Asistimos a un auge sin precedentes del texto entre líneas. No se puede vivir en nuestra época sin el entrenamiento mínimo para decodificarlo. Pensando en eso, proponemos las siguientes:

Instrucciones para leer entre líneas.

  1. Observe atentamente el espacio entre líneas de un texto cualquiera. ¿No nota nada?
  2. ¿Seguro que no nota nada?
  3. Acerque un fósforo al papel por debajo, de modo que se chamusque ligeramente. Si aparece un texto oculto, usted ha dado en el clavo. Si no aparece, se halla ante un procedimiento difícil y más sofisticado. Mejor así. Se gasta una barbaridad en fósforos solo en el primer tomo de Los Miserables.
  4. Entresaque las palabras del texto a diversos intervalos e intente combinarlas según un orden lógico.
  5. No se deje engañar por inconexiones aparentes, puede tratarse de un texto de Lezama o Michel Foulcault.
  6. Distánciese del texto, procurando que el significado literal del mismo no vicie su entendimiento. ¿Ha leído usted lo que realmente transmiten esos signos? ¿Hay algo más allá? ¿No le parece notar una complicidad significativa en esas íes?
  7. Recorte las palabras y luego las letras de una en una. Échelas en un recipiente. Sacúdalo. Luego vaya tomando las letras y pegándolas en un papel en el mismo orden que las ha sacado. Obtendrá un poema dadaísta.
  8. Comience con textos sencillos, digamos que partes meteorológicos, y vaya aumentando la complejidad conforme que se sienta seguro de dominar cada nivel. Al final puede probar con este texto que ahora lee. Una pista: un fantasma recorre el mundo.

De la última temporada

Los últimos diez años de la sección han incorporado textos de diversos autores, aunque no todos han apostado por el humor directo o fácil. Justo antes, en los años 2005, 2006 y 2007, se publicaban otros textos como este de Amalia Santos que resultó Primer premio en el concurso literario provincial «La pluma de la punta brava». Se titula «El compañero de viaje», y muestra que, efectivamente, en esta sección, la cosa no siempre va de latigazos.

Ocupó su asiento que era, como de costumbre, el de la ventanilla inmediata a la puerta; reclinó el respaldo y se dedicó a examinar a los viajeros que abordaban el vehículo. ¿Cuál de ellos se sentaría a su lado? Esto era de  la mayor importancia, pues abundaban los individuos molestos: algunos por charlatanes, otros porque se salían de los límites de su puesto, y los de más allá porque roncaban. Su idea de un viaje satisfactorio -rara vez disfrutado-, estaba  vinculada al silencio y la paz: admirar el paisaje, alguna siesta, ratos de abstracción y planes para el futuro.

Marcelino volvió a la realidad: habían subido todos los pasajeros y el asiento vecino continuaba desocupado. Entonces, al ser llamado el primero de la lista de espera, su interés se renovó; era un hombre alto y delgado, con ojos escrutadores, sin equipaje, que se acomodó  con toda discreción. Durante el trayecto no hubo preguntas ni comentarios, de modo que el viajante de comercio, satisfecho,  pensó que muy, pero muy pocas veces, había gozado  la dicha de tener a un compañero semejante.

Después de algunas horas, el ómnibus entró por una calle interior y parqueó junto a otros; se anunció un tiempo para el almuerzo y los pasajeros descendieron entre comentarios. Los primeros  fueron el vecino de asiento de Marcelino, seguido  por este, quienes  juntos en la cafetería, no se  dirigieron la palabra. Solo cuando tomó el café, el enigmático hombre se permitió el  gesto de levantar la taza como si brindara, en lo que fue imitado por el otro.

Ya en el ómnibus, el viajante sintió una grata somnolencia, reclinó algo más el respaldo y cayó en seguida en un plácido sopor. Abruptamente, fue despertado por el chirrido de los frenos y un fuerte batuqueo, justo a tiempo para ver el camión que embestía al vehículo precisamente por el lugar donde estaba sentado. Todo se oscureció, pero no sintió ni siquiera el gran estrépito que ocasionó el choque.

Un instante después, abrió los ojos que cerrara instintivamente. El espectáculo que contempló fue horrendo: su propio cuerpo destrozado yacía sin vida entre hierros deformes, mientras el resto de los pasajeros, algunos de ellos ensangrentados y entre quejidos, trataban de salir del ómnibus. Fue en ese momento que sintió una mano huesuda presionarle el hombro y la voz de alguien que, detrás de él, lo conminaba:

—Vámonos. Ya es hora.

Se volvió y, dócilmente, siguió a su vecino de asiento.

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Contraindicaciones

Por Jesús Arencibia Estimado lector: Si por casualidad le quedan dudas de cuánto en verdad lo estimo, lea esta breve misiva. Me lo agradecerá la vida entera. Como tantos otros incautos, ya cometió el primer error: gastar su precioso dinero en comprar este libro —a menos que sea de los pocos elegidos a los que tocó en regalo del autor, pero ese grupo es ínfimo, es casi un grupúsculo, dada la habitual tacañería del sujeto de marras. Le decía, ya usted erró; pero errar es de humanos y aún está a tiempo de evitarse males mayores. Eso, por supuesto, si sigue religiosamente mis advertencias. El compañerito Nemo, alias RRR, o entre algunos admiradores, el de la Epístola Incendiara, ha escrito desde 2008 hasta 2016 los textos, más bien «textículos» en atención al tamaño, que la prestigiosa revista Alma Mater publicó en su sección «¿Quién le pone el cascabel al látigo?». Nadie ha podido desentrañar aún los métodos turbios, las mafiosas argucias o el flagrante soborno que de seguro empleó RRR a fin de agenciarse tal espacio en la emblemática publicación; pero es consenso entre los investigadores que algo le ha sabido Nemo a los sucesivos directores y directoras del medio para obligarlos a tamaño crimen de leso periodismo. Entrenado en La Papilla, un libelo de corta tirada que circulaba en los predios de la amada Fcom (Facultad de Comunicación) de la UH (Universidad de La Habana), RRR adquirió rápidamente las habilidades y trucos harrypottéricos necesarios para hacerse popular, simpático. A muchos ingenuos aspirantes a «escribidores» los cautivó con su desenfado de triple agente, y hasta se hizo líder aclamado por estudiantes y docentes, que no aquilataron en su valor profético la frase de aquella magna profesora del campus de Artes y Letras, quien lo llamó ratón de alcantarilla. Desde entonces, el de la Epístola Incendiaria se ha dedicado a lo que parece ser su deporte favorito: «dar chucho», que en buen cubano significa: fastidiar gozosamente a lectores serios, como usted y como yo, mientras otros, incluso muchos otros, se divierten pensando que de semejantes chistecitos e historietas sobre cualquier bobería de la vida cotidiana, se saca algún provecho. El susodicho Nemo no ha tenido el menor pudor de mezclar en sus escritos, con soberana irreverencia: la décima con el aguaje barriotero; el cuentapropismo con la historia de los vikingos; los pomos plásticos con la teoría de la evolución; la filosofía clásica con el reparterismo reguetonero; los insignes coros del servicio militar con las disquisiciones sobre una tortica; el ceremonial protocolo de las tesis con el desparpajo de un instrumento de juegos sexuales apodado el Mulatón… Lo más lamentable de todo es que, a juicio de atrevidos diletantes, la mezcla le ha quedado bien. Por eso, estimado lector, si aprecia, aunque sea mínimamente, su tiempo, puesto que ya perdió dinero, no lea este libro. Bótelo, regálelo, revéndalo, si es que existe por ahí algún ignorante inadvertido, pero, por favor, en nombre de la sacrosanta cultura, las buenas costumbres, la benemérita gramática, no se arriesgue a leerlo. Se lo dice un pobre desventurado, que una vez lo hizo —solo guiado por la curiosidad científica— y ya no ha podido desprenderse de él.
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La mejor «Pura» del mundo

Por Rodolfo Romero Reyes

Cuando alguien escribe en una sección humorística, casi nunca se atreve a hacerlo de sus seres más queridos pues, obviamente, son personas a las que no debes hacer quedar en ridículo. En mi caso no creo haber cumplido con esa norma: mis tres mejores amigos del pre, los dos de la universidad y otros dos — de toda la vida — han protagonizado narraciones cómicas que han aparecido en estas páginas. A mis mejores amigas las he tratado de mantener alejadas del chucho, por cortesía, aunque siento que ya es hora de que empiece a desclasificar historias.

En 2017 escribí los cuentos más cómicos de mi padrastro, hace unos meses escribí sobre mi papá y su reciente carrera en la lucha a muerte contra el aedes aegypti, y aunque mi mamá fue de las primeras en criticarme por incluir a la familia en estas lides, le ha llegado su turno. Aprovecharé entonces el mes de mayo para darle un poco de promoción a «la Pura».

Muchos creerán que es mentira pero, mi hermano y yo, decentes y universitarios, pero con cierta predilección por el mundo repa y el lenguaje barriotero, empezamos, entre el bonche y el chiste, a decirle así. Debemos aclarar que para referirnos a ella en tercera persona no usamos esa palabra, sería feo. Es solo cuando hablamos directamente con ella que le decimos: Pura; aunque a veces es Puri o Pureta, en modo cariñoso.

Ahora es el turno de hablar de ella. Mi madre es una mujer de mucho esfuerzo y perseverancia. Se empeñó en que sus hijos recibieran una formación integral: judo, criquet, tiro con arco y flecha, ajedrez, radio, teatro y hasta actuamos en tres capítulos de «Día y noche» y en la novela «Martín perdida en el bosque», todo esto antes de terminar la secundaria. El resultado, uno periodista y el otro diplomático, nada que ver con nada, yo solo soy bueno en dominó y mi hermano detesta el ajedrez. Con independencia del resultado, lo que vale es el esfuerzo. Jueves y sábados salíamos de Guanabacoa hasta el Vedado a los cursos de teatro y radio. Niños al fin, no entendíamos del sacrificio de ella que marcaba en la guagua, nos preparaba meriendas y rotaba hasta el cansancio en la cola de la 195, para que nosotros aprendiéramos más.

Otra de sus cualidades es reconocer sus potencialidades: nos inculcó su sentir de cubanía, su pasión por el cine cubano y latinoamericano, y sus ansias por estar informada. Todavía cuando en el noticiero sale alguna noticia importante y no estamos en casa, nos manda un SMS con el titular de la información. Gracias a ella, somos lo que somos y sabemos lo que sabemos.

¿Qué no nos enseñó? Ni a cocinar ni a nadar porque la Pura es sabia y conoce sus limitaciones.

Otra de sus cualidades, es un «pan con guara». Trabaja como figurante en una película del Icaic y ya se hace amiga de Fernando Pérez; tiene albañiles en su casa y come y merienda con ellos todos los días, como si fueran familia; gasta más dinero en la cuenta del teléfono que en el resto de los gastos de la casa; por tal de no hacerle un desaire a alguna amiga es capaz de comer, ver televisión, jugar con el celular y hablar con ella por teléfono al mismo tiempo; en fin, está «fuera de liga».

Pero de todos los cuentos de mi mamá — además de que pudo convencer a sus hijos para que se hicieran fotos de quince — , el más inverosímil data de una noche de verano, en mi plena adolescencia, mientras veíamos una «película del sábado».

Asumo, cuando teorizo sobre aquella anécdota, lo difícil que para una madre divorciada puede resultar criar dos hijos varones. También pienso que más allá de las explicaciones de índole «elementos básicos de la sexualidad» que una madre le da a su hijo, hay cosas que se olvidan en las charlas educativas y que vienen a la mente en el momento más fortuito.

En plena escena de acción típica de un filme de sábado por la noche en Cuba — creo que una persecución de autos entre policías y ladrones — , mi mamá me mira y me pregunta:

— ¿Tú te masturbas?

— Sí — respondí tímidamente sin entender la locura de hacer esa pregunta así, sin preámbulo ni introducción.

Entonces, la Pura, como si hubiese terminado una ardua tarea para la cual llevaba minutos o días ensayando, me dice:

— Ah, ya, ¡qué bueno! — y siguió mirando la televisión como si nada hubiese pasado.

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¿Lenguaje popular, vulgar o coloquial? Del reguetón cubano y otros «pecados capitales»

Por Cristina Lanuza Marrero

Un proceso de comunicación se establece
solo cuando se identifica un código.
Umberto Eco

En primera instancia me gustaría aclarar que este es un artículo para la reflexión y el debate y no para suscitar la discusión, solo invito a que repensemos un poco más nuestra cultura y a lo que ella engloba. No debemos entender la lengua, la cultura y la realidad como compartimentados estancos en un estudio y desarrollo de nuestra sociedad o de cualquier otra, sino que debemos analizar estos tres aspectos como unidades indisolubles e indispensables para la conformación de una cultura e identidad cubanas.[1]

En primera instancia sería pertinente aclarar los términos popular, coloquial y vulgar, que, seguramente muchos entenderán como redundantes, puesto que tienen significados parecidos e incluso en muchos contextos igualados, pero no siempre uno de ellos implica a otro, es decir, no todo lo popular es vulgar o coloquial, ni todo lo coloquial es vulgar.

Según el último Diccionario de la Lengua Espanola (DLE, en version digital) publicado por la Real Academia:[2]

Popular: del lat. Popularis

  1. Perteneciente o relativo al pueblo.
  2. Que es peculiar del pueblo o procede de él.
  3. Perteneciente o relativo a la parte menos favorecida del pueblo
  4. Que está al alcance de la gente con menos recursos ecónomicos o con menos desarrollo cultural.
  5. Que es estimado, o al menos, conocido por el público en general.

Cultura popular:

  1. Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo.

Lengua natural o lengua popular:

  1. Lengua materna.

Aunque considero que hay definiciones un tanto excluyentes, en esencia lo popular remite a una cultura y lenguaje al alcance de la mayoría de los hablantes de un pueblo.

Coloquial:

  1. Perteneciente o relativo al coloquio.
  2. Propio de la conversacion informal y distendida.

Vulgar: del lat. Vulgaris

  1. Perteneciente o relativo al vulgo.
  2. Dicho de una persona: que pertenece al vulgo.
  3. Que es impropio de personas cultas o educadas.
  4. Común o general, por contraposición a especial o técnico.
  5. Que no tiene especialidad particular en su línea.
  6. Dicho de una lengua: que se habla actualmente, por contraposición a las lenguas sabias.

Así, podemos comprender el primer planteamiento de este artículo: lo vulgar puede ser en efecto un uso incorrecto o infrecuente de la norma lingüística estándar producto de la ignorancia o el descuido, y  lo coloquial atañe a un uso socialmente aceptado, no por ello, incorrecto, de la lengua en circunstancias y situaciones de comunicación determinadas.

Por otra parte, está la relación que tienen estos términos con el reguetón. Es este un género musical bailable que tiene sus orígenes en el Caribe y América Latina; su sonido deriva un tanto del hip hop y del reggae jamaicano. El reguetón, a lo largo de su historia, como cualquier proceso o fenómeno social, ha ido cambiando en dependencia de la época en la que se desarrolla o florece y no debemos por ello asumir el reguetón actual como lo peor de la producción musical de una nación —o específicamente en el caso cubano, para cerrar un poco el diapazón—, que remite a las clases «más bajas» de la sociedad.

Pensaríamos, por supuesto, «no es lo mejor que podemos producir». Pero, en nuestro análisis no debemos obviar que la música —y sus letras—, como manifestación de arte, al igual que la lengua, es reflejo de una sociedad. Por tanto, los intereses y gustos han ido cambiando. Y no porque consideremos que lo nuestro no es lo mejor, debe ser censurado o atacado visceralmente.

Es cierto que el reguetón en muchas ocasiones, o en la mayoría, considerarían algunos, utiliza más que coloquialismos, palabras vulgares y malsonantes para producir un contenido que puede ser excluyente, racista, despectivo y, en todos los aspectos, censurable.

Debemos ser lo sufientemente profesionales tanto para criticar como para reconocer que el reguetón está arraigado fuertemente en nuestra cultura y que, con el paso de los años, lo estará aún más, es algo inevitable. Nadie puede negar que al llegar a una discoteca en Cuba, aunque pongan «el reguetón de más baja calaña», muchos jóvenes, incluyendo intelectuales, críticos, y que censuran ese vocabulario y expresiones, moverán mínimamente su cuerpo a la par de la música porque, en la mayoría de las ocasiones, la letra es detestable, pero el ritmo e incluso algunas rimas son pegadizas.

De esta manera, si tenemos en cuenta el impacto social que tiene ese género musical, ¿por qué no utilizarlo en publicidad o en política? Según Umberto Eco, refiriéndose a la teoría de los códigos, un signo o código emitido no es del todo efectivo si no somos capaces de decodificarlo correctamente, pero, ¿que sería la decodificación correcta de un código? En buena medida esta depende de las experiencias del receptor, y por supuesto, de su pensamiento, así, no todos entendemos y sentimos la lengua de la misma manera.

Tenemos nuestras restricciones, pero, por qué no fusionar algo tan popular como la música o más específicamente, el reguetón, en un aspecto de tanto interés como la política. Si nuestro objetivo es transmitir a los jóvenes un mensaje de una manera diferente y a través de un código altamente conocido por estos, de hecho, más que alzar los valores de esta música o de un determinado cantante, lo que hace es satirizarlo.

Asumimos una frase, una canción, como una forma de llegar a un público determinado, ¿por qué algo eminentemente cubano viola la ética profesional? ¿Por qué, ya que no estamos de acuerdo o no nos gusta ese tipo de música, no podemos hacer una deconstrucción de esta, entenderla y utilizarla a nuestro favor?

Es inevitable negar la penetración de esa música en nuestra cultura. No lo rechacemos desde el desconocimiento, tampoco generalizar es sabio. Analicemos el género a profundidad, no nos quedemos en la superficie. Utilicemos de él lo salvable para producir mensajes efectivos y poder conectar con aquellos que, lamentablemente, solo conocen esos códigos, y con otros que, haciendo una decodificación crítica del mismo, sean capaces de ver en un juego fácil de palabras, el doble sentido, la intencionalidad política y el atractivo que, para determinado público, puede tener ese tipo de mensaje.

[1] Salvando las distancias de lo que un término tan polémico como este puede remitir, depende de lo que entendamos como «identidad» y como «lo cubano».

[2] He querido exponer las definiciones en el artículo aunque atenta con la brevedad de este para que, cada lector pueda reflexionar sobre el tema y no esté mediando la subjetividad de mi criterio, ni se entienda como algo impuesto.

 

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Mi papá trabaja en «los mosquitos»

Por Rodolfo Romero Reyes

Ante la ofensiva que lleva Cuba contra el aedes aegypti, muchos universitarios se han debido sumar oportunamente a las acciones que combaten al insecto y previenen la propagación del tan temido dengue. Por tanto, en momentos como este, de lucha intensa, quiero escribir sobre un «combatiente» ejemplar: mi padre, quien desde hace alrededor de diez años trabaja, como se dice en Cuba, en «los mosquitos».

Algunos se sorprenden injustamente, ¿acaso un fumigador no puede tener hijos periodistas o diplomáticos? Pues sí, «el puro», como le decimos a veces de forma cariñosa, anda por las calles del municipio Plaza vestido con su uniforme gris.

Él estudió Técnico Medio en Contabilidad, pero hace poco más de una década cambió de trabajo. En un principio sus motivaciones eran muy sencillas: buen salario, trabajo a media jornada, cerca de su casa y tendría a su disposición abate y veneno para cucarachas, en caso de ser necesario. Con el tiempo, empezó a concientizarse y a concientizar también a sus hijos. Cada vez que iba a Guanabacoa de visita le daba por revisar los tanques y el jardín en busca de vertederos.

Obviamente, para nosotros aquello fue un suceso que se prestaba para darle chucho a nuestro propio padre, cuando por ejemplo decía que no trabajaba «en los moquitos», sino que era «campañista» o «trabajaba en los vectores», como si fuera un alfabetizador o un matemático.

Recuerdo que en una ocasión le adapté una canción de reguetón de Gente de Zona: «No sé por qué, y no me extraña, / que el puro mío trabaje en la campaña, / y ¿para qué?, pues te lo explico: / fumiga y fumiga pa´ matar a los mosquitos».

Se dieron anécdotas simpáticas como aquella «campañista» que fue a mi casa y le insistía a mi mamá en inspeccionar los tanques en uno de esos días que mi madre tenía veinte mil cosas que hacer. La señora insistió y se sorprendió al ver cada recipiente con agua acompañado de su correcta dosis de abate. Ante la pregunta de la mujer, mi mamá explicó: «Es que el papá de los muchachos trabaja en los mosquitos». «¿Y cómo se llama? Seguro lo conozco», insistía. «Se llama Rodolfo y trabaja en el Vedado». Entonces la fumigadora desanimada desistió: «No, si es de la “gente del Vedado” no lo conozco». Pensé entonces que hasta en términos de fumigación influye el fatalismo geográfico.

Alrededor de la leyenda del «padre mosquitero», como los de Alejandro Dumas, se tejen situaciones cómicas: mi hermano fue movilizado para la campaña y cambió su foto de perfil en Facebook con la «bazuca» al hombro y tuve que comentarle: «Tu papá está muy orgulloso de ti». También ocurren historias tragicómicas como aquella vez, cuando la muerte de mi abuelo, en que algunas personas pensaron que había brote de dengue en el cementerio Colón cuando empezaron a desfilar decenas de personas con sus respectivos uniformes.

Chiste y aparte, al menos los compañeros de mi papá, son una gran familia, lo mismo para tomar ron, jugar dominó, que para acompañarte largas y tristes horas en una funeraria.

Pero, volviendo a la «pincha del puro», debo decir que hace rato no fumiga porque en ese trabajo también se asciende. El tiempo invertido en su labor inicial, sirvió para que nos enteráramos de algunas de las dinámicas de los vecinos del Vedado. Por ejemplo, hay quienes te quieren sobornar para que no les fumigues pues tienes personas alquiladas durmiendo la mañana o cualquier otra justificación, y hay quienes los días que no les toca, te quieren sobornar para que les fumigues porque tienen personas alquiladas que se quejan de la presencia de mosquitos. Contrapongo ambas situaciones para que vean qué complejos somos en La Habana.

La última conclusión que queremos compartir es que, según mi hermano y yo, nuestro padre debió trabajar allí antes y no ahora. Sí, porque ahora no puede resolver mucho, la verdad. En cambio, si ese hubiese sido su puesto laboral mientras estudiábamos en la primaria, al menos nos hubiera servido para ser los chicos más populares en la escuela. Durante el receso, cuando los niños y niñas especulaban de sus «súper padres» en un juego como el siguiente, hubiésemos sido vencedores.

—En una guerra contra los zombis, mi papá los arrollaría a todos con su súper carro.

—El mío los mataría a todos con sus cuchillos y con el hacha que tiene en su carnicería.

—Mi mamá y mi papá son policías: tienen pistolas, las balas son más fuertes.

Mi hermano y yo hubiésemos sentenciado:

—El de nosotros acabaría con todos los zombis de un solo bazucazo.

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