Inicia jornada festiva por mi cumpleaños No.30

Por Rodolfo Romero Reyes

Admito que este post tiene unas semanas de atraso.

Y sí, se acerca mi cumpleaños número 30. Quizás por lo redondo del número me lo he tomado más en serio que en años anteriores y he decidido celebrar con mis amistades durante tres meses, desde febrero hasta mayo.

Ya comencé. En febrero tres amistades cercanas me invitaron a: 1) ir a un concierto de jazz que costaba 30 CUP la entrada, en honor a mis 30 años; 2) invitarme a comer con tour incluido por la ciudad, y 3) dedicarme una canción en un concierto delante de un montón de gente, obviamente esta amiga es cantante.

Si tengo suerte, lograré vivenciar 30 momentos especiales de aquí al 23 de mayo de este año, con lo cual las coincidencias númericas serían más especiales aún.

En fin, lo escribo porque quiero compartir mi alegría con mis lectores más cercanos. A quién no le interese este post, no hay lío, los/as seguiré queriendo, jajaja.

Y para los que guiándose por mis canas, piensen que no son 30, les cuento que nací en 1987. Así que calculen, recuerden que cuentas claras, conservan amistades.

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La venganza de los tutores

Por Rodolfo Romero Reyes
Tomado de Alma Mater
Meses atrás esta sección publicó «El tutor clasificado», una construcción colectiva que hicieron algunas diplomantes con las que he compartido tesis en mis casi seis años de profesor universitario.
Algunos docentes de la Facultad de Comunicación de la Universidadde La Habana (Fcom) leyeron el texto y me preguntaron: ¿Y cuándo vas a etiquetar a los diplomantes? Les devolví la interrogante y en una suerte de creación colectiva mis colegas Tania, Heidy y Geisel —aún no sé por qué Dasniel no se ha sumado—, propusieron clasificaciones para aquellos y aquellas que al llegar a su quinto o sexto curso asumen la investigación académica como cierre de su formación.
Estaríamos hablando de diplomantes:
Globos: Siempre están en el aire.
Oxigenados: Se especializan eninflar globos.
Barrocos: Hacen un PPT abarrotado de información, figuras y colores.
Emancipados: No aceptan que sus tutores participen en la predefensa.
Dietéticos: Regularmente afirman: «Mañana empiezo y me pongo con todo».
Sordomudos: No te escuchan nunca, pero tampoco pueden explicarte nada de su proyecto.
No-hispanohablantes: «¡¡¡Ay, el idioma español!!! ¿Dónde estás que no te veo? ¡Ni te oigo, ni te leo!».
Tardíos: No llegan puntuales a ninguna de las consultas, e incluso se retrasan el día de la exposición final.
Tímidos: Les da pena rebatir ideas, expresarse alto, aplicar instrumentos, hacer la predefensa, e incluso, discutir la tesis.
Generosos: No paran de mandartextos que según ellos les pueden servir a sus compañeros diplomantesdietéticos.
Guatacones: Ponen al tutor en el primer lugar en los agradecimientos, lo atiborran de elogios exagerados y palabritas cursis.
Alcohólicos anónimos: El ochenta por ciento de la tesis la hicieron en el bar, pero el tutor nunca lo supo —en parte porque nunca lo invitaron.
Sacrificados: Cada día les aparece algo urgente que les impide avanzar en la tesis: tienen que limpiar el teclado, formatear el texto o leer en wikipedia la vida de la tía de Canclini.
Magos: Los ves ahora y después… ¡ya no los ves! Se dan tremendas perdidas. Cuando finalmente aparecen se les borró todo, las memorias no les sirven, tuvieron que atender a familiares que llegaron «de afuera».
Tecnológicos: Tienen superlaptops con programas que no son compatibles con nadie. Graban todas sus consultas en sus superteléfonos y después con sus superaudífonos lo transcriben todo. Sueñan con un dispositivo que teclee mientras ellos les dictan sus ideas.
Actores: En las consultas todo es mesurado, tranquilo, despejado. Ellos escuchan con atención, intercambian ideas, avanzan… En cambio, en la discusión de la tesis se presentan irreconocibles, con exagerados maquillajes y vestuarios extravagantes. Hacen toda una representación en su exposición que a todos deja boquiabiertos.
Y para cerrar, los que son «de marca»:
Diplomantes Walt Whitman: Se cantan y se celebran a ellos mismos.
Los «Papas calientes»: Pasan de mano en mano y ningún tutor quiere quedarse con ellos.
Diplomantes Ban Ki-Moon: Sus tesis resolverán el cambio climático, erradicarán el hambre en África y acabarán con el yihadismo.
DOTA: Pasan horas enteras pegados a las computadoras, noches completas sin dormir, jugando, jugando, jugando.
Victoria Secret: Lo único que hacen es pensar en la ropa que van a modelar durante la defensa, en la «percha» para la graduación y para la fiesta, además del bufet para el brindis que seguramente prohibió el rector.
Web 2.0: Por el muro de Facebook y su perfil en Twitter sabes cómo están, en qué han avanzado y cuáles son sus siguientes pasos. Lamentablemente, cuando despachas con ellos off line descubres que todo era pura realidad virtual.
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Homenaje (Parte 2)

Admiro mucho estos homenajes que hace mi amiga Ana Carla. Sigan su blog, y sus locas ideas.

AnaCrónica

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Crónicas de un chino en La Habana

junioMurió con las botas puestas

Las películas de Erol Flinn se hacían cada vez más populares. El  famoso actor que en una ocasión «murió con las botas puestas», y en otra interpretó al temido Capitán Blood, estaba de moda. Las largas colas en los cines eran  costumbre y la gente disfrutaba de las emocionantes aventuras.

Entretanto, «el Chino» trabajaba como Segundo Secretario del Partido Municipal del Cerro. En aquel momento las reservas de las MTT no eran a nivel provincial,  y se hacía necesario que en las sedes municipales existieran personas responsables de cuidar el armamento.

En el Cerro, uno de los oficiales encargados era un hombre alto, algo viejo, mal parecido pero muy carismático, y con quien el Chino tenía un trato muy especial. Había una cosa que para aquel señor se convirtió en un ritual: todos los días de cobro invitaba a comer a alguna mujer para enamorarla y pasar con ella la noche. Casi siempre recibía una negativa y, en consecuencia, las burlas del Chino:

—Viejo, a ti no te quieren ya ni pa’ leña de fogón.

—Yo las enamoro a todas; la que me dice que no, en el fondo, me lo agradece.

Pero la suerte llega de vez en cuando, y un buen día, después de cobrar su salario, encontró a una jovencita dispuesta a compartir buenos momentos. Rápidamente la llevó para una posada que quedaba frente a su trabajo.

Dentro de la habitación se quitó la camisa, se bajó los pantalones y saltó a la cama. De pronto su rostro palideció y dejó de respirar. Los gritos de aquella mujer asustada hicieron venir a toda una comitiva en su ayuda. La pobre, no podía ni quitárselo de encima. Al parecer, el corazón de aquel hombre no pudo resistir  tanta emoción, ni siquiera se quitó las botas ni los pantalones.

Desde ese día todos comentan la historia de este personaje, que es recordado en la sede municipal como el Capitán Blood, ya que, literalmente, murió con las botas puestas.

ilustracion-de-yaimel_4Chocó con un tren

Antes de partir para Rumania, Roger recibió una preparación previa durante algún tiempo con sus compañeros en la Facultad Preparatoria Máximo Gómez que estaba en 1ra, y 20, en Playa. Este periodo incluía unas semanas en la zafra. Era el año 1969.

El Chino entonces alardeaba el poder cortar caña como los millonarios de la zafra azucarera. Y por ese alarde precisamente conoció al técnico. Reunió un grupo de cañas y como: «el que mucho abarca poco aprieta, el Chino en el brazo se hizo una grieta». Se dio un machetazo cerca del codo izquierdo y tuvo que ir corriendo para la enfermería. Al llegar la enfermera lo empezó a atender, pero tuvo que interrumpir su labor.

—Espérate un momento, que llegó una urgencia.

El Chino asintió con la cabeza y quedó impactado cuando vio entrar a un hombre de mediana estatura, en hombros de sus compañeros, con el rostro todo lleno de sangre. ¡Ojalá se salve!, pensó el Chino. Después supo que le llamaban «el técnico» y que lo habían encontrado inconsciente cerca, en la línea del tren.

Un rato después escuchó al herido contar su accidente: como cada mañana, había ido a merendar a la cafetería de enfrente, donde una diosa trigueña, muy popular entre los muchachos, atendía los pedidos. «El técnico» hace algún tiempo venía coqueteando con ella. Y esa mañana, a la hora de marcharse, ella también salió, pero en otra dirección. «El técnico» entonces caminaba para el Central, pero sus ojos fijamente se ahogaban en el mar de caderas y senos de aquella mujer. Fue entonces que chocó con el tren.

Unos minutos después entró el accidentado en la habitación del Chino, con una heridita en la frente. Roger le dijo:

—Oiga, usted es un suertudo, después de un choque como ese, solo tuvo esa heridita.

—Yo lo que soy es un comemierda, porque el tren estaba para’o.

Chiang

Roger  trabajaba en Emprestur, pero ante el llamado para formar parte de la campaña masiva contra el mosquito Aedes Aegypti, se le encomendó fumigar algunas manzanas de relativa importancia.

Comenzó su trabajo temprano y, cerca del mediodía, llegó a una casa situada frente a la Embajada china. Como único guardián de aquel recinto estaba un chino. Es menester explicar que Roger desconocía que aquel lugar había sido adquirido por la diplomacia asiática. El chino se mantuvo indiferente ante la intención de los fumigadores.

No sabía nada de español, y como los chinos, de por sí, son desconfiados, les negó la entrada. Roger trató de explicarle haciendo mil muecas con las manos, pero su interlocutor no entraba en razones. Haciendo un último esfuerzo, dibujó unos extraños caracteres, que conocía de pequeño, en un pedazo de cartón. El rostro del hombre se transformó hasta mostrar una sonrisa; entonces exclamó: —¡CHIANG!— y abrió la reja lleno de alegría.

Esa tarde Roger, al llegar a la casa, contó a su hermano Fito como el haber dibujado su apellido lo había librado airoso de un momento singular. Además le habló sobre el aparente error de pronunciación. Fito le explicó que un mismo carácter se pronuncia distinto en cantonés que en pekinés, tal es el caso de Pekín y Beijíng respectivamente.

A la mañana siguiente Roger recibió una delegación integrada por algunos empresarios de Pekín que visitaban La Habana. En el momento de la presentación, inconscientemente, dijo: «Mi nombre es Roger Chiang, y estoy aquí para servirles».

La «capatcina»

 Uno de los amigos del Chino se llamaba David y, en la época en que estudiaban en la antigua URSS, enamoraba a cuanta rumana le cruzara por delante. A una de ellas, le llamaban «la capatcina». Era viuda y madre de un niño de siete años. David fue a vivir para su casa y para gozar de plenas libertades sexuales, les mintieron a los padres de ella y les dijeron que él padecía de disfunción eréctil y debería volver a Cuba para atenderse con un especialista. A ellos les dio lástima y lo acogieron como a un hijo, incluso, pese a los tabúes de la época, le permitían dormir junto a la capatcina. Así que mientras la madre cocinaba y el padre podaba el jardín, ellos hacían el amor debajo de la «plaploma».

Un día visitaron al «impotente» David, sus amigos el Chino, el Chopo y Rafael. Comenzaron a beber y fue tal la borrachera colectiva que el Chopo, un blanco de 1.83m, miembro del equipo nacional juvenil de básquet, terminó durmiendo en la cuna del niñito. Rafael se acostó en el piso y el Chino en la cama central junto a David y la rumana. Pero en plena borrachera, David comenzó a tener sexo con la capatcina, sin cubrirse con la plaploma. Fue sorprendido en plena faena por la madre que, insultada, comenzó a dar gritos y a llamar a todos los hermanos. David, percatándose de su error solo supo decir:

—Vieja, este ron es milagroso, al fin «se me paró».

Tuvieron que salir de allí corriendo, con todos los hermanos de la capatcina tras sus pasos. ¿Conclusiones? Parece que los rumanos no creen en milagros.

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Un cuarto en el 2016 y otras metas en el 2017

dsc_7997 dsc_8004Por Rodolfo Romero Reyes

Los cierres de año siempre nos hacen repensar nuestras vidas. Uno se pone medio nostálgico y empieza a sacar cuentas. Antes, listaba un grupo de cosas que haría para las próximas 52 semanas, y después de este periodo, comprobaba, con tristeza, que muchas de mis metas personales seguían posponiéndose. Por suerte, el 2016 fue diferente. Desde el punto de vista emocional ha sido el año más intenso en el que cumplí metas de todo tipo, entre ellas la tan pospuesta licencia de conducción (al menos la de moto), empezar mi proyecto de doctorado y hacer un poquito de ejercicio físico (solo un poquito así que no esperen muchos cambios).

Pero por estos meses tengo una deuda importante con amigas y amigos quienes desde mi cumpleaños del 2015 están a la expectativa de la reparación de mi cuarto, la cual solo fue posible gracias a la ayuda de muchas personas en el 2016. Sin duda alguna, gran parte de mis éxitos de todo tipo dependen de esta red de amistades que he tenido la suerte de poder construir. Creo que fue a finales de noviembre cuando me tropecé con Charly, y se repitió la conversación que semanas atrás había tenido con Claudio y con Roly. ¿Por fin en que quedó lo del cuarto? ¿Lo reparaste? Es verdad que fue algo injusto, después de toda la promoción que en este blog di al proceso previo, no dar ningún detalle del resultado final. Pues sí, el 2016 fue el año en el que finalmente terminé de reparar mi baño y mi cuarto en Guanabacoa. Por eso quiero darle las gracias a todos los que contribuyeron, desde la hija de Itsván que me envió un dibujo en el que aparecía ella, su papá y yo rodeados de ladrillos y arena, hasta Camilo que pintó literalmente la mayor cantidad de las paredes. A todos ustedes muchas gracias.

Con el cuarto terminado les cuento que las metas para el 2017 son bien pocas y sencillas:

  • Celebrar, rodeado de amigas y amigos, mi cumpleaños no. 30 que será en mayo.
  • Llevar una vida más saludable (se resume en más ejercicio físico y menos pan y dulces).
  • Entregarme con más pasión a mi trabajo nuevo y escribir un libro.
  • Terminar junto a cuatro colegas, el manual de buenas prácticas del Proyecto Escaramujo.

Así que, veremos si al menos estas cuatro metas me sirven de guía en este 2017. Adjunto a este post, la foto del cuarto y la lista de todos aquellos que gentilmente “contribuyeron a la causa”. Feliz 2017 a todos y muchas gracias.

  • Claudio
  • Sheila
  • Jessica DD
  • Adela
  • Yadira
  • Dainet
  • Ernesto
  • Anabel
  • Madeline
  • Madelaine
  • Micaela
  • Amarilys
  • Eliurka
  • Charly
  • Bebé de Chary
  • Yahima
  • Alex
  • Fela
  • Lili
  • Carlitos
  • Lupe
  • Roque
  • Julitín
  • César
  • Mailén
  • Yaima
  • Roly
  • Jean
  • Gretell
  • Gabriel
  • Ana Lauren
  • Dany
  • Diana
  • Alina
  • Hanny
  • Gretchen
  • Kenia
  • Yeri
  • Félix
  • Ana María
  • María Eugenia
  • Mariana
  • Baby
  • Rubén
  • Raulito
  • Tunie
  • Kako
  • Yory
  • Kaloian
  • Carlos
  • Chely
  • Lorelis
  • Jessica DF
  • David
  • Magela
  • Beny
  • Charly
  • Yaily
  • Hayat
  • Camilo
  • Lidia
  • Reycel
  • Marta
  • Analay
  • Esteban
  • Rayma
  • Daniel
  • Karla
  • Sixela
  • Luis Carlos
  • Zulema
  • Gabriel D.
  • Gretel M.
  • Nuria
  • Ana Lidia
  • Karen D.
  • Yohana
  • Mónica B.
  • Koka
  • Sama
  • Ely
  • Itsván
  • Niña de Itsván
  • José Gabriel
  • Patricia
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¡Hasta que se seque el Malecón!

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Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Alma Mater

El reguetón, polémico, criticado, ha llegado para quedarse. Su jerga —o la jerga callejera que se amplifica en sus canciones—, ha invadido los círculos más exclusivos, de élite, de nuestra sociedad. Es posible que algunas personas todavía no conozcan a «Los desiguales» o a «William, el magnífico», pero eso es un dato adicional. Queridos y queridas, los tiempos han cambiado, solo queda resignarse, adaptarse o «suicidarse en defensa propia», como dice uno de esos temas insignes.

El mundo es tan irónico que probablemente quien popularizó la canción —y el baile— El guachineo, no sepa diferenciar entre los grados de un General de Brigada y de uno de División, mientras que yo en una ocasión presencié a un alto jefe militar decir: «¿En qué van a emplear su tiempo hoy? Si no tienen trabajo, me avisan; que hoy amanecí asignando tareas, como el guachineo, “con la punta del pie”».

La invasión reguetonera ha sido tal, que la mayoría de los cubanos puede citar sus textos con espectacular naturalidad. Un ejemplo actual es: «¡Hasta que se seque el Malecón!», frase rescatada de la sabiduría popular que emerge otra vez a la moda gracias a Jacob Forever (si alguno de ustedes no está muy familiarizado con este mundo, les cuento que se pronuncia Yéico Forever). Precisamente comentaré sobre la carrera musical de este personaje, para contribuir modestamente al desarrollo y comprensión del género en la Isla.

Yéico empezó cantando con Alexander «El Monarca», y se apodó: «El Inmortal». Se sospecha que tiene una amplia descendencia, pues en la mayoría de sus conciertos le dice a alguien del público: «Yo soy tu papá, “El inmortal”».

Antes de hacerse famoso, el dúo de Alamar cantaba en lugares insospechados como la fábrica de tabacos Francisco Pérez Germán «Partagás». En aquel momento, uno de sus hits más pegados fue: «No sé por qué, pero me extraña;/ y su familia me está haciendo la campaña,/ no sé por qué, yo no me explico, / le gustan los feos, no le gustan los bonitos». Con esa letra Jacob y Alexander empezaron su camino ascendente a la popularidad como Gente de Zona.

Su identidad dual era sólida. Se unían en la lucha contra otros reguetoneros a quienes retaban desde la tarima: «¿Quién eres tú? / Si a ti nadie te conoce. / No me sofoques más, / mejor evita el roce». A veces cantaban odas a su ego y se preguntaban en pleno concierto: «Yéico, ¿dónde está Alexander» y «Alexander, dime dónde está Yéico».

Un buen día la exitosa fórmula musical se disolvió. Quizás Alexander se dio cuenta de que de los dos, él era «El animal» —ojo, no es insulto, todo lo contrario. Después de la separación, Alexander se quedó con el nombre del grupo y empezó su vida por ahí —la tradición de la ruptura en este género la habían iniciado antes Baby Lores e Insurrecto, quienes involucraron al Chacal, se fajaron, se ofendieron y luego hicieron las «paces» en el tan criticado Concierto del Capri— mientras Yéico seguía en solitario.

Con Gente de Zona sucedió como en la mayoría de los casos: a toda ruptura le sigue la «tiradera». Jacob arremetió contra su antiguo colega con el tema: «Pin pon, muñeco de cartón». Alexander, quien había sumado a su team a Randy Malcom, antiguo cantante de la Charanga Habanera —por cierto, nacido en Guanabacoa—, respondió en un similar registro infanto-musical con la pista «Pin8». Así decía: «Pinocho tiene una lengua tan larga / que se la pisa, / se la pasa comentando / y diciendo cosas que me dan risa, / que si tiene una mansión en Hollywood, / que si anda en un Ferrari por Malibú. / Él quiere ser como Randy Malcom y como el hijo de Marilú» (obviamente, este último, es Alexander, y Marilú no es la misma musa de Pedrito Calvo).

Creyendo que la respuesta musical no era suficiente,  Alexander decidió herirlo donde más le dolía. Se propuso demostrar que él era el alma de Gente de Zona y rompió los récords de audiencia interpretando canciones con Descemer Bueno, Enrique Iglesias, Marc Anthony, Pitbull e incluso con los veteranos que popularizaron hace varias décadas «La Macarena».

Ante los éxitos de Gente de Zona, cualquiera se hubiera sentido humillado y destruido. Yo, por ejemplo, me hubiera repetido hasta el cansancio: «¿Por qué caramelos te fuiste del grupo?». Pero Yéico, sin inmutarse, compuso el tema más repetido del año 2016 en toda Cuba. Creyó así haber vencido a sus rivales. Aunque obviamente no lo logró, su tema: «Hasta que se seque el Malecón», parece que se seguirá escuchando en La Habana «hasta que se muera el reguetón».

Alguien parafraseaba a Silvio Rodríguez diciendo que: «El problema no es que se seque el Malecón, el problema, señores, es que Jacob es inmortal». Temiendo la perpetuidad del género, he decido sumarme. Con mi entrañable amigo Daniel Loynaz he iniciado un nuevo dúo —del que quizás algún día me salga para fajarnos y ser fieles a nuestro legado musical—, pero que por el momento nos ubica en lo más «pega´o». Los invito a que nos sigan por ahí. Somos Rodil y el Dany, lo mejor del reguetón en Cuba.

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El legado de Fidel Castro

baner_fidelPor Rafael Hernández

Tomado de Temas

Uno

Los grandes reformadores no siempre se han caracterizado por reunir detrás de sí el consenso unánime de la humanidad, ni siquiera de su propio pueblo. Su mérito no radica en haber conseguido la aprobación universal, sino en haber construido un proyecto incluyente de progreso y justicia social, liberación y convivencia humana —así como sus patrones de medida— cuyo significado real solo puede asentar el tiempo.

Me pregunto qué hubiera arrojado una encuesta nacional del New York Times acerca de Abraham Lincoln, la mañana del 14 de abril de 1865, en víspera de su muerte, víctima de una conspiración esclavista. Me pregunto si habría sido celebrado como el héroe nacional que preservó a la Unión, y la salvó de la ignominia de la esclavitud (el pecado, decía él), al enorme costo de 700 mil vidas, millones de lisiados de guerra, y la ruina de vastos territorios, especialmente, de grandes propiedades y haciendas en el sur –donde la disidencia de la Confederación representaba nada menos que la tercera parte de los Estados Unidos.

Me pregunto si el pensamiento de Lincoln hubiera convocado entonces el halo de reverencia nacional y mundial que adquirió luego, y que solo se vino a materializar en un monumento a la orilla del Potomac, 57 años después.

Los países de nuestro sur que han conocido grandes reformadores, como Benito Juárez o Mahatma Ghandi, saben que tuvieron enemigos atroces, internos y externos, muy superiores por su fuerza y recursos; y que muchos los consideraron obstinados e inflexibles, por su tenacidad, que algunos calificaban como pura terquedad. Fueron precisamente esos rasgos polémicos los que inscribieron sus nombres, más allá de fronteras nacionales,  en la historia y el legado común.

Aunque a veces ese reconocimiento se puede demorar. Me pregunto si los racistas norteamericanos hoy mismo ya se habrán reconciliado con Lincoln.

Dos

Las lecciones de Fidel Castro —para Cuba y muchos en el mundo—  no son las de la conformidad, el pragmatismo o el fatalismo geográfico. Sucesivas generaciones lo vieron como el rebelde ante el orden establecido; capaz de cantarles las verdades a poderosos de los más diversos signos ideológicos, sin arrodillarse ante ninguno; de ejercer como nadie antes los postulados martianos de “Patria es humanidad” y “Un pensamiento justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.”

Sus ideas y acciones, incómodas para algunos, no enseñan normas como evitar “buscarse problemas”, callarse la boca ante los intereses creados, esperar que los cambios vengan de otra parte o de afuera.

Como muchos saben, ni en la guerra ni en la paz fue un temerario, sino un estratega minucioso, que evitó siempre riesgos innecesarios; tampoco se comportó en política como un sectario o un extremista, sino como artífice de alianzas que parecían quiméricas,  entre tendencias que a veces llegaban a pedirse la cabeza. Su rol como árbitro entre esas tendencias logró finalmente juntarlas en un mismo partido. Defendió sus ideas con vehemencia, pero no fue dogmático y mucho menos fanático. Utilizaba razones y argumentos extraídos de una vasta cultura (era un lector incesante), donde se reunía el dominio por las principales concepciones políticas de su tiempo, la historia de Cuba y del mundo, junto a ristras de simples datos que podía memorizar con un vistazo, de manera que  lograba dejar pensando incluso a interlocutores con ideologías muy ajenas.

Sus principales errores como dirigente se explican por sus propias virtudes. Estaba convencido, como San Pablo y el Che Guevara, que la educación y la dedicación a la obra, en un medio favorable, lograban transformar a cualquiera, y hacerlo un hombre (o una mujer) nuevo. Que la teoría era imprescindible, pero no había aprendizaje mejor que ponerse a hacer las cosas, incluso si conllevaba darles responsabilidades de estado a veinteañeros. Creía que ganando los corazones y las mentes de muchos se podía incluso quemar etapas. Y que esperar a que las condiciones maduraran era puro inmovilismo. Que no era bueno mantener deudas con una superpotencia aliada, aunque para eso todos tuviéramos que irnos a cortar caña; que la ciencia y la técnica eran la base del desarrollo, y que si los simples ciudadanos aprendían de genética pecuaria, íbamos a producir más leche per cápita que Holanda o Nueva Zelandia. Que el socialismo realmente existente en otras partes no era verdad; y que si se relegaba la meta de una sociedad con igualdad, era probable extraviarse por el camino.

Tres

Se repite hasta la saciedad que Fidel era el doctrinario, el intransigente ideológico, y Raúl el pragmático, el político realista. (Curiosamente, hasta 2006, muchos pensaban lo contrario).

En todo caso, la historia nos revela otras cosas.

Los documentos desclasificados de EE.UU. demuestran que él buscó el diálogo con los diez presidentes norteamericanos que le tocaron. Se olvida a menudo que varios de ellos intentaron liquidarlo (no solo política, sino físicamente) una y otra vez. Y que ante la guerra de aislamiento impuesta a la isla, generó un activismo para contrarrestarla, que se revertió en unas relaciones internacionales y de cooperación globales, con gobiernos y movimientos extremadamente diferentes, desde muy temprano, cuando nadie imaginaba la caída del Muro de Berlín.

Seguramente es cierto que Raúl lo supera como administrador, en el sentido de la organización y el gobierno desde la institucionalidad, el cálculo de costos y el control de gastos, el rigor sobre los presupuestos, la distribución de tareas y su chequeo sistemático, la coherencia y la descentralización de responsabilidades, la preeminencia de la ley y el orden como instrumentos de política. Si bien Raúl ha sorprendido a muchos por sus cualidades como estadista, conductor de la transición, digno relevo de una figura desmesurada como Fidel, y muy especialmente, lúcido intérprete de los nuevos tiempos, incluida la dimensión política de los cambios económicos, es probable que el estilo de dirección de Fidel estuviera mucho más cerca de la cultura guerrillera que la del comandante del Segundo Frente.

La mayoría de los cubanos, incluso algunos de sus críticos, concuerdan que, en el ajedrez con los EE.UU., su categoría de Gran Maestro no ha tenido rival. Y que si estamos aquí todavía como país independiente, se lo debemos a él. Muchos dan por sentado que la última negociación con EE.UU. (desde diciembre, 2014) ha contado con su guía estratégica.

Al margen de enunciados doctrinales a los que aportó como ningún otro dirigente, el lado práctico de su legado en política exterior —ante EEUU y otros—  se levanta sobre dos premisas irreductibles: no doble rasero, no pre-condiciones. Esa herencia suya es la piedra de Rosetta para entender la lógica y los límites de la política cubana, y poder predecirla.

Ahora bien, nadie debería llamarse a engaño sobre la naturaleza de ese realismo. Ni en ausencia de Fidel ni después que se vaya Raúl, se debería esperar que un gobierno que defienda el interés nacional de Cuba transforme el sistema para contentar a los políticos del Norte o por algún beneficio económico. Mirándolo desde abajo, donde arraiga la cultura cívica cubana, una política que negociara el modelo interno con los norteamericanos perdería su legitimidad de fondo. O para decirlo al revés: cualquier gobierno futuro debe saber que la idea de negociar los temas de política interna con EE.UU. amenazaría un consenso imprescindible para mantener la estabilidad política y hacer avanzar el nuevo modelo socialista.

Cuatro

Un tema reconocido en la agenda cubana actual por el propio Raúl es la cuestión de un socialismo democrático.

El argumento típico que algunos asumen sin más, en el escenario de “una Cuba post-Fidel Castro”, es que su ausencia permitiría avanzar rápidamente hacia una cierta “democratización”. Esta idea, tan convincente para algunos como un buen deseo, padece sin embargo, de ambigüedad conceptual y simpleza política, y más bien puede tener un efecto contraproducente para un socialismo democrático.

Las cinco razones que la resumen no son teóricas o ideológicas, sino de realpolitik:

1- Malinterpreta el clima político realmente existente en Cuba, al cifrar la agenda de la democracia en la política de partidos, en vez de hacerlo en el poder ciudadano para influir y controlar las políticas desde abajo. Claro que la calidad del proceso electoral, y la superación de sus principales defectos (la nominación cerrada y el voto negativo) son parte integral de esa democratización. Pero más allá del momento electoral, su eje radica en el funcionamiento de las instituciones representativas del sistema político, según son descritas en la Constitución –incluida la transparencia y la rendición de cuentas (eso que en el norte llaman accountability) de todos los cargos elegidos y también de los organismos de la administración central del Estado.

2- Una “democratización” reducida al multipartidismo implica una lógica “desde arriba”, consistente en que el Partido convierta el orden político actual en un cierto “sistema de partidos” (quizás mediante una negociación inter-elites al estilo post-franquista español), en lugar de promover que el propio PCC adopte un funcionamiento cada vez más democrático, desde sí mismo (como ha planteado el propio Raúl), y en respuesta a sus bases (cerca de un millón de militantes, incluida la UJC), a las actuales demandas y problemas del sistema político y de la sociedad cubana. Se trata de que todos los grupos sociales encuentren su espacio bajo esta institucionalidad, así como que todas las corrientes del pensamiento cubano, ajenas al interés de una potencia extranjera, se puedan expresar y debatir en la esfera pública.

3- Relega a un segundo plano la condición fundamental de una reivindicación democrática, en los términos del propio orden constitucional cubano: asegurar la participación ciudadana en las instituciones existentes, y sobre todo, en el sistema del Poder Popular, desde las circunscripciones hasta la Asamblea Nacional, de manera que este pueda ejercer el poder que se le reconoce, como columna vertebral de la soberanía nacional. Son canales de esta condición ciudadana, y de sus intereses, las organizaciones sindicales y todas las demás, así como el mismo Partido, no solo es sujeto, sino objeto de los cambios. Antes de lanzarse a un cambio estructural del sistema de partidos, o algo igualmente impredecible, se requiere poner a prueba la capacidad para la participación efectiva en el sistema político existente (no solo en el acto de votar), así como la cuota de poder real de las instituciones representativas sobre la administración y las instancias del gobierno.

4- Leer la muerte de Fidel como el “momento democratizador”, según hacen algunos, ignora los últimos diez años, llenos de acontecimientos y desarrollos nuevos, la emergencia de un consenso más heterogéneo y contradictorio, la expansión de la esfera pública cubana dentro y fuera de la isla, la naturalización del disentimiento, el relevo actualmente en curso, y la propia índole del proceso político que transcurre bajo el arco de la Actualización del modelo. Esta lectura distante de la desaparición de Fidel lo identifica con una especie de regulador de voltaje, que hubiera dejado de proteger al sistema. Al hacerlo, por tanto, se refuerza una reacción defensiva típica, en las instituciones del sistema y la propia sociedad civil, que tiende a interpretar en clave conservadora el legado de Fidel, en el sentido de promover el cierre y endurecer, a fin de cuentas, las condiciones políticas propicias para el cambio.

5- Este argumento se salta el papel real de Raúl Castro y el contenido democrático de su plan de reformas, su dimensión política, alcance radical, y convocatoria a la totalidad de la ciudadanía, no solo a los socialistas y a los militantes, en una agenda realmente nacional. Los que no ven contenidos políticos en la agenda real de la Actualización parecen no haber escuchado las instrucciones de Raúl a los dirigentes políticos acerca del diálogo constante con los ciudadanos (más que con “el pueblo”, y nunca con “la masa”), su crítica directa a la ineficacia del sistema de medios de difusión, la toma de decisiones colegiada e institucional, la consulta ciudadana sobre las direcciones principales de la política, la confrontación pública a la mentalidad burocrática resistente al cambio, e incluso algunos temas en el diálogo con EEUU, que no reproducen exclusivamente la existente bajo el mandato del Comandante.

El legado de Fidel para el futuro de Cuba, parafraseando al poeta, es que solo sacando el polvo de las viejas ideas se podrá vencer tanto el sentido común del capitalismo como los malos hábitos del socialismo, hacia una sociedad que solo podrá ser más justa y equitativa si logra ser más próspera y democrática.

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