Romance público y telefónico

Después de forzar mis neuronas, el papel en blanco me agobia. Las musas se esconden; mi única esperanza es hablar con ella. Me pongo el pulóver que descansa en la silla del cuarto y salgo para la calle.

Desde la esquina observo que, para mi sorpresa, no hay nadie usando el teléfono público de mi barrio. Apresuro el paso, con la única motivación de escuchar la voz de Patricia. Me invade la frustración cuando una pelirroja se adelanta y descuelga, cuando apenas me faltaban tres metros.

Cuento hasta diez. Si en vez de ella hubiese sido Fela, tendría que haber renunciado a mis aspiraciones, porque sus llamadas a oriente son legendarias; si te atreves a decir algo, arma un escándalo y no suelta el cable ni aunque le den candela. Por suerte, la pelirroja habla rápido. No vale la pena ser pesimista. “Hace falta que el teléfono no se llene de medios”; “¿entrará en su estado de llamadas de emergencia?”. Pienso positivo, pero tampoco, la muchacha no termina, tampoco habla, espera.

Preguntó por Raúl. Es bombero. “Quizás le dicen que no fue a trabajar”. Habla la pelirroja. Sí, Raúl está. Es él quien conversa del otro lado de la línea. ¡Sorpresa! Se cae la llamada. “¿Repetirá?”. Desiste. Tomo el auricular y marco rápidamente con la esperanza de que no esté ocupado. Timbre.

—Por favor, me pudiera poner con Patricia.

—Oigo—, voz angelical.

—¿Eres el ultimo para el teléfono?

—Sí, señora, soy yo. Soy yo, Patri… Te llamé para decirte…

“Para decirte que necesitaba oír su voz, planear irnos juntos para la playa, conversar de sueños, del Periodismo. En fin, no se puede decir todo eso por teléfono. Justo detrás tengo a la persona más chismosa de Guanabacoa, y esas cosas, cuando son honestas, hay que decirlas con cierta privacidad. Además, no es una, ya son tres personas.

—Patri…

—¡Ño, le zumba! La gente cree que el teléfono es privado.

—Todavía se va Carlitos y no puedo llamarlo.

“A veces quisiera llamarla a las 3.00 a.m. Yo lo haría, pero Patricia a esa hora duerme, como la gente normal”.

—Asere, termina, que lo mío es urgente—, dice el tercero en la cola, con leve dosis de aguaje.

En contra de mi voluntad tengo que despedirme. Antes, cuando usaba pesetas, un tono cómico anunciaba el fin de la llamada y eso me servía de justificación perfecta. “Patri, se va a caer la llamada, te quiero mucho, chao”. Y la última frase jamás llegaba a su destino, solo servía para desahogar mi corazón, sin que ella se diese por enterado. Ahora, con las tarjetas propias, la frase de despedida es otra.

—Bueno, te dejo porque hay cola en el teléfono.

Así, sin más, sin poesías, sin sueños.

Camino a mi casa, insatisfecho. Su voz ha sido suficiente inspiración para un par de cuentos. ¿Llegaré a ser escritor? Quizás. El día en que en lo más oscuro de estos lugares marginados, aquí “donde las aguas son más salobres”, alguien se apiade de nosotros y, por fin, en mi casa, instalen un teléfono.

 

Nota. En febrero de 2013 en mi casa pusieron el teléfono fijo. Tenía yo 25 años.

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Humberto

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Alma Mater.

Controlador siempre: te llamaba al celular y aun cuando fuese para saludarte, utilizaba la frase: «¿Y tú, dónde estás?». Trabajador insaciable: no respetaba su horario laboral, llegaba a las 8:00 a.m., se iba a las 10:00 p.m. y, a veces, a las 2:00 a.m. sonaba su celular con alguna inmediata tarea que debía cumplir. Culto y versátil: lo mismo podía ejercer como subdirector de una editorial que dirigir un grupo de talentosos jóvenes diseñadores e informáticos.

Amigo de sus amigos: tomaba ron con Sergio Vitier, pasaba horas hablando de diseño con Kiko, con Caro o con Masvidal, y se iba a casa de Ernesto, el artesano, en su cumpleaños, y ponía 15 veces seguidas, desde una vieja grabadora, a la una de la mañana y cuando ya no quedábamos casi nadie en la fiesta, la misma canción que se sabía de memoria: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón».

Conquistó, con su forma tan peculiar de ser, el amor de Dulce —su comprensiva y sacrificada esposa—, de sus tres hijos Gabriel, Silvita y Humbertico, y de dos o tres más vástagos adoptivos a quienes nos acogió desde su puesto de trabajo.

Aunque era exigente y peleaba como solo él sabía hacerlo, lo recuerdo como «un tipo jodedor y audaz». Por eso he querido escribir, en esta sección, algunos de los momentos más simpáticos que viví junto a él.

Humbe se oponía a las cosas ilógicas: «¿Cómo vas a nombrar algo por lo que no es? —me decía—: cooperativa no agropecuaria, eso es un disparate»; y protestaba por el tan obvio cartel que desde la esquina de su casa identificaba: «Farmacia, turno normal».

Un día, durante una fiesta del trabajo, me jugó una mala pasada, nunca sabré si a propósito o no. Me brindó unos pastelitos de coco que habían en una jaba de nylon. Estaban tan ricos que les ofrecí al resto de los asistentes, incluyendo a un mulatón fuerte que llevaba a su hijo cargado. Recuerdo que me dijo con cara de pocos amigos: «No, gracias, dale uno al niño». Después de la primera ronda, volví por los pasteles y ya no estaban. Le pregunté a Humberto y me explicó que los pasteles no eran para la fiesta, sino que los había comprado el mulato para su casa y yo, de fresco, los estaba repartiendo.

Pero el cuento que más nos hacía reír a ambos, transcurrió en una reunión mientras se aprobaba la próxima edición de la revista en la que los dos trabajábamos. Uno de los artículos versaba sobre el control interno, y en portadilla aparecía entrevistada una gerente, cuya foto había tomado el propio Humberto, quien además era un apasionado de la fotografía.

El debate no giró en torno a la foto —no muy buena, en verdad—, sino al dibujo de un avestruz que el diseñador había colocado al lado de una frase martiana en la que se decía algo relacionado con enfrentar los problemas y no agachar la cabeza.

Un miembro del consejo editorial le hizo la guerra al pobre animal, alegando la poca seriedad que implicaba colocarlo al lado de las palabras del Apóstol. La persona que dirigía la reunión trató de hacerle entender que aquel era un recurso gráfico distinto, le habló de los públicos jóvenes y de los «nuevos códigos» en materia de comunicación.

Casi al finalizar la reunión el hombre insistió en el tema. El dirigente, que ya había perdido la paciencia, le dio una respuesta que arrancó la carcajada de todos los presentes. Tomó la revista en su mano, mostró la portadilla con el artículo de control interno y mirando cómplicemente a Humberto, ripostó:

—Fulano, ¿tú no has visto la cara que tiene la gerente? Dale un chance al avestruz.

 

 

Posdata: A la memoria de Humberto Rodríguez, jefe padre y amigo que ganó muchas batallas, excepto las heridas en sus pulmones que durante años le propinó su incontenible hábito de fumar. Esta es una crónica postergada desde el 23 de agosto de 2018.

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Consignas y frases revolucionarias

Cuba ha sido un país de consignas legendarias. «El 23 se rompe el corojo»; «es un asno con garras»; o «aquí no se rinde nadie, coj…», bastan para que cualquier lector nacido en Cuba o simpatizante de nuestra historia Patria pueda ubicar las frases en contexto histórico y fácilmente colocarlas en las guerras de independencia, la lucha contra Machado o el combate en Alegría de Pío entre los expedicionarios del Granma y el ejército del dictador Fulgencio Batista.

Muchos de nuestros dirigentes políticos han dejado citas imborrables en la memoria colectiva. Fidel, por ejemplo, cuando le preguntó al Héroe de Yaguajay: «¿Voy bien, Camilo?».

El propio Camilo, cuando inmortalizó los versos de Bonifacio Byrne hasta convertirlos en consigna de las multitudes: «…nuestros muertos, alzando los brazos, la sabrán defender todavía».

Y el Che Guevara, quien nos legó la sentencia de que: «no se puede confiar en el imperialismo pero, ni tantico así», o frases muy populares como «Camilo, aquí está el Che» y «esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar».

El pueblo las ha hecho suyas y, además, con esa sabiduría popular ha incorporado otras consignas y coros que se han traspasado de generación en generación. Algunos evidencian la reafirmación revolucionaria: «Si Fidel es comunista, que me apunten en la lista» o «Somos socialistas pa´lante y pa´lante, y al que no le gusta, que tome purgante».

Algunos se ajustaron a un contexto específico, muchas veces criticables, pero que también fueron parte de la historia: «¡La embajada de Perú, se parece a Cayo Cruz!».

Cuando el III Congreso de los Pioneros, teníamos una que decía: «Maestra, los pioneros te queremos, así de grande», y abríamos los brazos simulando, con el gesto, la magnitud de nuestro cariño; pero un día sorprendimos a uno de nuestros colegas más mediáticos durante aquellos días de Batalla de Ideas cuando a modo de broma, le dijimos: «¡Fulanito, tus amigos te queremos, así de lejos!».

Siempre la música ha sido un ingrediente esencial: «Ae, ae, ae, la chambelona, el yanqui no tiene madre porque lo parió una mona».

En el 2003, desfilamos frente a la entonces Oficina de Intereses un grupo de estudiantes de la FEEM y la FEU cantando a ritmo de conga: «¡Bush, fascista! No hay agresión que nuestra Cuba no resista, ¡fascista!».

Durante el Servicio Militar el más popular era: «¿Quién tiene miedo aquí? Nadie. Y el que tenga miedo, que se compre un perro».

Cuando aquello, muchos no podíamos desprendernos de las lógicas patriarcales y machistas: «Solo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie». Y también el doble sentido, ha hecho de las suyas.

En la época que los profes Laura Domínguez y Manuel Calviño estudiaban Psicología, durante una de las jornadas de la Campaña de Frío, cuando se iban a la recogida de tubérculos, una de las consignas estudiantiles arrebató la carcajada del colectivo y la ira de los jefes del campamento, cuando empezaron a corear: «¡La Papa ayuda!»; «¡La Papa ayuda!».

Dice el profe Calviño que incluso propusieron ese nombre para un boletín de la facultad y la iniciativa fue rotundamente denegada. Por eso, a nadie debe extrañar que, hace unos meses atrás, cuando toda Cuba y parte del mundo realizaban la campaña comunicativa en contra del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba, uno de los carteles publicados en Facebook, alcanzara las 14 576 personas, tuviese 3 261 interacciones y fuese compartido 158 veces: «Pa´los que imponen el bloqueo y pa´toda su banda: ¡Bajanda!»

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La Papilla

Por Rodolfo Romero Reyes

Plena campaña de frío en un campamento de Güines de cuyo nombre no puedo acordarme. Cumplíamos la tarea más difícil de aquel primer año orientada por la FEU: ir al campo. Para algunos supuso una Odisea. Universitarios al fin, hubo derroche de creatividad para justificar a los ausentes: granos en lugares insospechados, alergias recién descubiertas, cordales que esperaron para salir dos días antes de la recogida y un perro que no podía quedarse solo en casa.

En cambio, los que sí asistimos optamos por pasar el tiempo lo mejor posible. Eran los tiempos memorables en que la selección nacional beisbolera asistían al primer clásico mundial y el dúo de Baby Lores e Insurrecto pegaban el hit Caperucita. Los juegos de voleibol en las tardes y los juegos de dominó en el comedor, no nos parecían suficiente entretenimiento. Nos faltaba algo para sentirnos plenos: más risas y más comunicación.

Se nos ocurrió crear una revista, sin muchas pretensiones: dejar nuestras memorias de esos «históricos» quince días. En una lluvia de ideas surgió el nombre: La Papilla, en honor al cotidiano tubérculo.

Aquel primer número incluyó frases disparadas dichas al calor del sol: «Tengo ganas de comer langones y camarosta» o «mi papá es chofer de avión». También publicamos una reseña de lo que alguien bautizó como récord-papa; tiempo que una persona demora en tomar una papa del surco, quitarle la tierra con las manos y echarla al saco; movimiento que pudiera hacerse en segundos, de no existir personas remolonas y que «echa con la cara». Para sorpresa de todos, el récord impuesto por Marianela —un minuto y 32 segundos— fue batido por uno de los dirigentes de la FEU, de nuestra propia facultad, que fue el sábado en visita de «apoyo».

Editamos distintas anécdotas. La gorra de Sucel voló de su cabeza durante el viaje en camión rumbo al surco. Un auto venía detrás, el chófer paró, recogió la gorra, alcanzó al camión y… siguió a toda velocidad, sin devolverla. Este «robo a mano alzada» y otras situaciones graciosas ocuparon las páginas centrales de aquel primer boletín que pudimos imprimir, con la ayuda de la UJC municipal de Güines. Hubo otras historias que nunca publicamos: dos amantes se colaron en la enfermería de noche y, en plena acción sexual, se les cerró la camilla de aluminio; con tremenda pena tuvieron que solicitar ayuda a terceros para destrabarse de aquella trampa mecánica.

De regreso en la universidad, hubo su análisis por la UJC y la dirección de la FEU. No por los contenidos, sino porque «cómo es posible que una revista circule sin nuestra autorización». Después del regaño nos «institucionalizamos». Seguíamos dando chucho, pero nos leía primero el Decano.

Imprimíamos solo dos ejemplares en hojas blancas que pegábamos en el mural y la gente pasaba y leía. Tal fue el fanatismo generado por la publicación que hasta Carlos Alexis, estudiante ciego de Periodismo, obligaba a su lazarillo de turno a pararse a su lado y leerle en voz alta.

Allí aparecían las fotos más cómicas de los Inter-años de Deporte, promocionábamos a nuestros talentos de los festivales de cultura y escribíamos poesías críticas sobre la práctica laboral. Ocho hojas, a veces menos, que volvían la mirada hacia nuestro día-día, con cierta dosis de humor.

Los profes también leían y luego tomaban leves represalias con los autores; pero sobrevivimos. La experiencia con nuestros «censores» también fue buena. El Decano nunca propuso eliminar una línea, ni siquiera aquella vez que publicamos una parodia de «El taxi», de Ricardo Arjona.

Conocíamos de ante mano que el distinguido catedrático acostumbraba a «darle botella» a los estudiantes de la beca que se cruzaba en su camino. Yanet, la flaca de mi aula, sabía exactamente a qué hora él salía y garantizaba su puesto en el carro. Entonces escribimos, a riesgo de una posible censura: «Qué es lo que hace la flaca montando con el Decano, / por lo que veo la flaca le quiere meter mano. / Qué es lo que hace la flaca, de qué tiene ganas, / o acaso está resolviendo dirección pa´ La Habana». El profe sonrió y nos dio el aprobado.

Pocos meses después de graduados, la publicación murió por ley natural. Enterramos el último ejemplar en el jardín de nuestra facultad. Allí reza un improvisado epitafio: «Impresa en papel cartucho, / yace aquí, en tumba sencilla, / la inolvidable Papilla, / que vivió para dar chucho».

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Tremenda descarga

Nemo

Si le llamó la atención el título de este cometario me atrevo a hacer al menos una suposición: usted no tiene total seguridad de qué se va a tratar en las siguientes líneas. Sé que usted sabe lo que significa el adjetivo tremenda: muy grande; puede indicar también algo horrendo o majestuoso (tremendo susto, tremenda «niña») o «tomarse las cosas a la tremenda» cuando alguien exagera en una reacción. Ahora, ¿sabe usted lo que es una descarga? O mejor dicho, imagina a qué tipo de descarga me referiré.

Si vamos al «mataburros» encontramos que la descarga es entendida como: 1) acción o efecto de descargar, aliviar el peso o mercancías de algún transporte cargado; 2) descarga cerrada: fuego artillero que se hace de una vez por un grupo de gente armada; y 3) disparo.

Ahora, en Cuba en el siglo XXI, ampliamos esta lista de significados:

  1. Reprimenda que te da alguien cuando haces algo que no debes: «El profesor me descarga cada vez que no hago la tarea».
  2. Relación amorosa de carácter espontáneo y efímero que se inicia, se desarrolla y se termina en una noche; es muy común entre adolescentes y, en ocasiones, contiene elementos sexuales en su definición.
  3. Acción mediante la cual un grupo de jóvenes privilegiados acceden al contenido disponible en Internet.
  4. Reclamo enérgico y universal de todas las madres y abuelas cuando sus hijos y nietos no hacen los deberes en el hogar.
  5. Encuentro de un grupo de amigos —en época de nuestros padres— que se reunían en una casa para compartir, jugar dominó y tomarse alguna cervecita.
  6. Peña realizada por un conjunto de trovadores —casi siempre los mismos— donde quien protagoniza la descarga invita a sus amigos a descargar.
  7. Programa sabatino de la televisión cubana por el cual deben pasar los artistas, músicos, humoristas y presentadores para poder cumplir con la emulación en el ICRT.
  8. Acción de despachar una mercancía de dudosa procedencia en casa de un tipo de dudosos antecedentes penales: «¿Ya descargaron lo que tú sabes en casa de quien tú sabes?».
  9. Término utilizado para mostrar fanatismo a alguien o gusto por algo específico: «Muchacha/o, ¡cómo te descargo!» o «Le descargo cantidad a esos zapatos».
  10. Extraña adjetivación que junto a sustantivos electrónicos significa ánimo caído: «Tengo las pilas descargadas».
  11. Proceso inevitable que sufren los mejores amigos de los mikis: los celulares. La velocidad de su descarga depende de la cantidad de llamadas contestadas, la alarme de mensajes, la reproducción de música, el Bluetooth, la Wifi, los datos móviles, etc.

En fin, estas son solo algunas acepciones. ¿El título de este comentario? De eso les cuento otro día porque si me paso de las líneas establecidas ya usted saben a quién le van a «descargar pa´ trás».

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La evolución del lenguaje

Por Nemo

En el mundo moderno todo evoluciona. La tecnología, el pensamiento, las costumbres sociales y, por supuesto, también el lenguaje. El presente texto quiere reseñar algunos de los más significativos cambios ocurridos en la comunicación interpersonal en los últimos años.

Ya una muchacha no es una reina, una princesa o una musa, sino «la Diva», «la chacala», «la señorita intelectual» y, en el mejor de los casos «mi bailarina del V.I.P.».

También este proceso evolutivo ha rescatado términos comúnmente conocidos y los ha otorgado nuevos significados semánticos. Por ejemplo, si tú estás en el boom ya no eres «el tipo» o «el que todo lo puede», ahora los más destacados en su arte son considerados «los salvajes», «la máquina de hacer dinero», «la combinación perfecta», «el tsunami», etc. De modo que cuando alguien pretenda demostrar su superioridad solo tenga que decir: «yo soy el animal».

Los recursos literarios como el símil, la metáfora y la personificación también han evolucionado, algo entendible si sabemos que quienes escriben los temas musicales que popularizan dichos términos son «los mejores bolígrafos de la República». ¿Cómo describir un carro policial?: «la yabó de la felpa azul». ¿Cómo resumir diversos criterios sobre la diversidad sexual?: «en cuestiones del amor, unos son fresa y otros, chocolate, si tú no sirves para matar, entonces deja que te maten».

También hay una nueva forma de hacer valer el honor y el respeto entre caballeros. La tradicional costumbre de retarse a duelo para resolver el desagravio, tiene ahora otra modalidad: «Es que tú no me soportas, es que tú no me respiras, es que tú quieres pegarte, pero a costilla del tira-tira». En efecto, se trata de «La tiradera», género cultivado por prestigiosos letrados como Jacob Forever, Alexander, Jorge Junior, el Micha y los precursores el Baby, el Insu y el Chacal.

En su eterna rivalidad por ratificarse como «los reyes del trono» han llegado a la conclusión de que lo único que les falta es «suicidarse en defensa propia», porque como dice Insu: «todas esas tallas son por gusto». Eso sí, es obligatorio reconocerles su originalidad y creatividad. Ellos no hacen lo que aquellos teóricos de las «lámparas sin aceite» o del «Saoco, mami, saoco». Los lingüistas de la Isla logran una mayor construcción conceptual con frases como: «En materia de ambiente somos un municipio destacado», «Tú te sabes mi nombre, a mí no me digas na´, si se va a formar que se forme». Eso sin descontar la capacidad para fusionar letras de Van Van, música de The Beatles y ritmos del Benny Moré. A veces, incluso, rinden homenaje con letras como esta: «Báilalo bonito, báilalo sabroso, ponte un sombrero y un bastón, generoso, generoso».

Los críticos no se han mantenido al margen. Rufo Caballero —refiriéndose a uno de los asesinatos liricales de Baby Lores e Insurrecto— calificó la relación de ambos reguetoneros como de «amor-odio» y entabló —y cito— «guiños artísticos» entre la producción audiovisual de ambos cantantes.

A pesar de los talentos del patio, lingüistas foráneos llevan ventajas en aportes literarios. Nadie puede negar que Daddy Yanque con el celular solo para «llamadas de emergencia», se adelantó a una realidad que sufriríamos todos por las tarifas de Etecsa. Incluso, fueron aventajados en materia de piropos; Don Omar puso la parada alta con «Pobre diabla» y el Daddy lo superó cuando dijo: «luces tan bien que hasta la sombra te combina». Pero nosotros nos pusimos «letales» e inventamos los piropos recíprocos: «Yo soy fanático a ti y tú a mi calidad» y los piropos en cuatro tiempos: «Yo soy un loco, un loco con una moto, un loco con celular, celular que tira fotos».

Esta evolución permite a personas como yo, con escasos conocimientos lingüísticos, sumarme a su producción literaria. Me siento inspirado por un futuro demo que titularé —en contraposición al concepto de «un pan de Dios»—: «La gaceñiga del Diablo».

Contagiado con este aire moderno, tengo un mensaje para el lector o lectora que no esté muy a gusto con estás líneas. Ten siempre presente que «la calidad es la calidad»; si estás inconforme recuerda este corito: «conmigo no, cógela con Puerto Rico».

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Pocas veces…

No te acuerdas, gentil bayamesa…

Por Rodolfo Romero Reyes

Pocas veces entras al cine con la certeza absoluta de que los protagonistas de la película van a morir al final. Pocas películas te hacen llegar a casa y empezar a escribir.

Esa noche, de un jueves cualquiera, le pones rostro a una historia que tus maestros te enseñaron cuando eras niño: cuatro estudiantes jugando en un cementerio, otro arrancó una flor, los tres restantes —y te indignas— por sorteo, y uno de ellos ni siquiera estaba en La Habana.

Personalizas a una figura que bien recuerdas por su amistad con Martí, pero del que ignoras luchó hasta el cansancio por encontrar los restos mancillados, soñó con hacerles un monumento y escribió un libro que nunca has leído y que anhelas ver publicado por una editorial próximamente.

Te alegras de que todavía existan personas que quieran hacer películas como esta, y que no hayan olvidado ni un detalle: el maestro que no permite que se lleven a los estudiantes, el abogado español que los defiende con justeza ante el tribunal, los también jóvenes abakuá —de quienes leíste en un reportaje que escribió una amiga— que intentaron, como un comando militar, salvar a aquellos que fueron inevitablemente fusilados.

Descubres que la niña que comía rositas de maíz al principio del filme, ahora va contando en voz alta hasta que reafirma que son ocho. Escuchas al joven que, en los momentos en que Fermín cava en la supuesta tumba, desesperado, murmulla: «Sigue, sigue…»; y alguien a dos butacas de distancia le confirma: «Por eso siempre hay que seguir». Y te sorprendes cuando al final, sin ser la premier o estar presente alguno de los actores o actrices, el público aplaude, y sales de allí con lágrimas en los ojos.

Piensas entonces en las cinco veces que, siendo estudiante, marchaste desde la escalinata hasta La Punta, escuchaste las palabras de algún dirigente de la FEU, y llegaste hasta un monumento… ahora te arrepientes de que quizás no hiciste todo aquello con la debida solemnidad.

¿Héroes? Eran tan jóvenes que algunos probablemente no tenían ideales bien formados; otros sí, como Anacleto, como Ángel. Sus historias, su trágico final, reflejan la crueldad de una época.

Lo peor, piensas, es que «los voluntarios» eran cubanos; como también lo fueron los policías que servían a Gerardo Machado; o los esbirros sanguinarios de Fulgencio Batista que torturaban y mataban universitarios en un momento de la historia mucho más reciente.

La película es triste, pero mueve tu patriotismo más que diez charlas políticas o tediosos turnos de reflexión y debate. No se te olvida la voz de Anacleto; cuando sabe la sentencia definitiva grita ¡Viva Cuba Libre! Piensas entonces que vives en un país en el que, pese a las dificultades, las personas no dejan morir sus tradiciones ni su historia, en el que las familias azotadas por un tornado no quedan a merced del destino y en el que nadie nunca vendrá a tu aula a sacar estudiantes para luego asesinarlos. Y eso, te repites, hay que cuidarlo y defenderlo.

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