Declaraciones del novio abandonado

Por Nemo

La odio. La odio como nunca antes odié a ninguna otra mujer. Me abandonó y no lo niego, de hecho prefiero que todos lo sepan antes que sigan pensando que sigo cómo un bobo víctima de sus mentiras.

Ahora todo está más claro: no se moría por mí, ni estaba enamorada, ni añoraba envejecer a mi lado. Esto me ocurre por no escuchar a mis amigos; ellos siempre me lo decían: no es para ti, muchacho, esa niña no tiene nada que ver contigo. Pero yo, de cabezón, seguía pensando lo contrario.

Mi novia -porque sí, era mi novia desde que estaba en segundo año de la universidad-  discrepaba de mí en algunos temitas sin importancia, al menos eso creía yo. Para nada soportaba a Sabina, decía que eran cursi las canciones de Ricardo Arjona y no le importaban mis cosas de la FEU. Estudiaba economía y sentía un desprecio natural por todos aquellos que escogíamos las letras. Eso sí, era mucho más práctica. Mientras yo me perdía en pensamientos existencialistas, ella prefería llamar al pan, pan y al reguetón, reguetón. A veces discutíamos, pero nunca pensé que llegaríamos a esto.

Muchas veces se lo dije: “Daymara, mi amor, lo primero que tiene que haber en una relación es confianza”; y ella me decía que sí, que me lo contaría todo, que me quería más que a nadie en el mundo y miren ahora, me deja tirado en la calle, con un montón de poemas que escribí en mis noches solitarias y un reguero de sueños que no riman con su ausencia.

No es la primera vez que termino una relación. Pero esta vez es diferente: yo estaba enamorado. Lo que más me duele, sí, lo que más me duele es la traición. ¿No pudo abandonarme dos meses atrás y argumentar cualquier pretexto? No. Tenía que esperar ahora, que él está aquí, que forma parte de su vida porque eso es lo peor, lo imperdonable, me dejó por otro, sí, por otro; eso es lo que me tiene destruido.

Además, mi novia ha perdido el buen gusto. Y no piensen que lo digo por despecho, ni porque tenga el corazón roto. Nada más que hay que mirarlo para darse cuenta. Es pequeño, insignificante, le apasiona el rosado chillón y tiene un tonito que lo hace insoportable. A eso, súmenle que es uno de estos tipos que sólo se mueven con C.U.C. Dice que gracias a eso: “vibra diferente”. ¿Cómo es que Daymara ha cambiado tanto? Ya no es aquella muchacha fanática a Kelvis, Raúl Paz y Pablo Milanés. Se ha vuelto una materialista y no precisamente dialéctica. “Deben ser los tiempos, la vida tan agitada de la colina universitaria”, me digo como consuelo por miedo a descubrir que he pasado estos dos años engañado.

Lo cierto es que desde que terminamos anda con él de arriba para abajo, no lo suelta. Se ha vuelto tan dependiente. Ella que se la pasaba hablando de que la mujer debe ser libre, no atarse a otros compromisos, en fin, que todo era una farsa, un engaño.

¿Y hablando de engaños? Él padre también lo sabía. Realmente él es el mayor de los culpables. Él que siempre estuvo celoso de mí, que me acusaba de poca cosa sólo porque no tenía el dinero para estar a la altura de su hija. Nuestras relaciones nunca fueron buenas. Para mí fue un alivio que se fuera para España; ¡claro, cómo yo me iba a imaginar esto!

Si no fuera por él todo seguiría como antes pero claro. Él sabía que ella se moría por el otro y prácticamente la obligó. Le pintó mil maravillas de ese OTRO: “es lo mejor que te puede suceder, hija mía”, “tú sabes que yo quiero lo mejor para ti”, “tu novio no vale la pena comparado con esto”. Y tanto dio hasta que mi linda novia empezó a tener dudas, se sintió seducida por un extraño del que hasta hace poco sólo había visto un par de veces y al que no le había pasado por la mente introducir en su vida.

Era una decisión difícil. Y fue porque culpa del padre, fue él quien la obligó. Es por eso que ahora no quiere saber nada de mí, es por él que ella se volvió tan interesada, es por eso que ahora sólo tiene ojos para el otro. Fue su padre quien dictó mi sentencia cuando la puso a escoger: “Daymara, tú escoges, o terminas con tu novio o no te compro el celular”.

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Los carteles del Paraíso

Por Nemo

“En el kilómetro 42, doblas derecha, por esa calle recto, hasta un cartel azul con una flecha blanca, entonces sigues la flecha y después de unos 500 metros llegarás al paraíso; hay un letrero grande que lo anuncia, no pueden perderse”, había explicado con detenimiento el líder estudiantil. “¡Vaya nombrecito!”, murmuró Tania mientras se preguntaba a quien se la habría ocurrido denominarlo así.

A la entrada de cualquier campamento agrícola se leían carteles similares: “Alegría, Victoria, Paraíso” ¡Qué ironía! ¿Verdad? En su aula, desde que supieron de la tarea comenzaron los certificados médicos: alérgicos a la tierra, a la ropa verde, al trabajo. Hubo una muchacha que se operó por quinta vez los cordales y hasta se tiró fotos con la cara toda hinchada. A otro le llegó el padre que andaba de misión y el mismísimo Urbino, argumentó que necesitaba quedarse en casa para darle comida a una cotorra que sino moriría de hambre.

Con la mitad de los comprometidos montó Tania en el camión camino al Edén como dice cierto cartel del ICAIC. El trabajo era lo de menos y poco a poco se volvió realidad la mentira de los 20 sacos por persona. En el comedor del campamento, con letras grandes y en una pizarra improvisada se leía un menú elaborado a base de tubérculos: arroz con perritos y papitas, papa hervida sin sal, puré de papa para acompañar el plato fuerte y un arroz con leche en el que la muchacha distinguió un sabor muy conocido.

En las tablas de muchas literas los grafitis se multiplican: “David, el salvaje de Turismo”, “Lester, el diablo de las tertulias literarias”, “Rosy, la de la manzana pecadora” y hasta uno que decía: “Si esto es el Paraíso, no quiero saber la cantidad de sacos que hay que llenar en el Infierno”.

El Templete, el Rincón del amor, las maticas de Felo y la esquina caliente fueron algunos de los nombres que, aún sin aparecer en carteles, fueron el bautizo ideal para los lugares más frecuentados. El primer fin de semana un letrero inmenso dio una acogida un tanto preocupante: “Novios, bienvenidos… firman: los actuales novios de sus novias”. En otro mural, ubicado en el mural del puesto de mando de la FEU, advertía: “Lo que pase en Paraíso, se quedará en Paraíso”.

Pese a todo este ambiente de armonía y arte que ofrecían tantos carteles, muchos fueron los que, agotados, se fugaron de forma sorpresiva: de madrugada y a escondidas, para un turno médico un domingo en la mañana, el velorio de un primo segundo de un tío de la vecina, novias con amenazas de aborto y otras muchas etcéteras similares. Pero el tiempo pasa y por suerte para Tania, llegó el último día. Ella había disfrutado mucho a pesar de los pesares. Por eso, minutos antes de recoger la maleta, escribió en uno de los muros un último cartel: “Los que no vinieron… se lo perdieron, los aplausos serán para los que sí/e vinieron”.

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Posadas universitarias y regalos imposibles

El mes de febrero es el mes del amor. En todo el mundo la fecha es propicia para celebrar y compartir momentos inolvidables con los seres queridos. En las universidades cubanas la fecha transcurre sin mayores trascendencias, sin embargo en este año la situación ha sido muy diferente en las universidades de Alemania, Francia y España. Si no me lo creen, leamos los siguientes reportes de nuestros enviados especiales.

Con motivo del día de San Valentín los universitarios alemanes salieron a las calles de Berlín para exigir una nueva demanda estudiantil, según reportó uno de los corresponsales de Alma Mater. En sus reclamaciones, los estudiantes proponen que el Estado destine un presupuesto extra para la construcción de posadas a las que solo puedan asistir los universitarios y en las que puedan pagar la mitad del precio establecido con solo presentar el carnet de su respectiva organización estudiantil.

La demanda es el resultado de una serie de indisciplinas sociales que en los últimos tiempos han sucedido en la capital germana. Según reportaron fuentes oficiales, la policía ha multado a cientos de estudiantes que han sido sorprendidos infraganti teniendo relaciones sexuales en lugares públicos. Las áreas oscuras del parque Central de Berlín, los baños de teatros y cines, las escaleras de algunas viviendas en barrios marginales, los autos particulares y las aulas de muchas facultades en horario nocturno, han sido los espacios invadidos por los jóvenes en busca de privacidad.

“Los orígenes de todo lo tiene la crisis económica mundial”, explico a nuestro reportero Gilbert Tabaresham, líder estudiantil. “Producto de los problemas económicos la mayoría de los universitarios compartimos nuestra casa con abuelas moralistas, abuelos cascarrabias y madres nada tolerantes, que no aceptan las relaciones sexuales como algo natural. Entonces los jóvenes han buscado alternativas”, concluyó.

Según una encuesta realizada en tres de las residencias estudiantiles -en las cuales recién prohibieron la antigua costumbre de tener dormitorios mixtos- la situación ha golpeado a todos por igual, pues en las becas alemanas si eres sorprendido en un cuarto ajeno por algún miembro del consejo educativo, puedes incluso perder la residencia. Por otra parte, los hoteles mantienen sus altos precios, por lo que las parejas universitarias han tomado sus propias iniciativas las cuales enumeramos a continuación.

  • Faltar a comidas y reuniones familiares, alegando algún malestar de salud, para quedarse solo en casa y “colar” a su novia.
  • Pedirle a un amigo que te preste el cuarto de su casa mientras sus padres cumplen su horario laboral (faltar a clases está más que justificado).
  • Llegar a casa de la novia, mientras todos duermen, hacerlo muy bajito y escabullirse de puntillas antes que alguien se despierte.
  • De tener a tus padres cumpliendo misión en Rusia, debes solidarizarte y rotar la llave de tu casa entre tus compañeros de aula.
  • Los parques sin alumbrado público, los baños de la Facultad y otras áreas institucionales, quedan para jóvenes sin pudor y aventureros con novias fáciles de convencer.

Por su parte, en Francia tuvo lugar una gigantesca marcha que concluyó en tribuna improvisada en el Arco del Triunfo. En la capital parisina se hizo imposible comprar regalos para el 14 de febrero. “Llevo dos semanas tratando de comprar algo para mi novia y aún no lo he logrado. Imagínate, un ramo de flores de calidad me cuesta más que el estipendio de un mes”, decía desesperado uno de los manifestantes.

“Regalos más baratos” y “novias más sentimentales”, eran los gritos de los cientos de jóvenes enamorados que ante las cámaras de todo el mundo lanzaban sus reclamos. Según nos comentó uno de los administrativos, el surgimiento y proliferación de las “muchachas mekes” (chicas francesa que usan celulares, gafas, peinados modernos y vestimenta generalmente rosada) disparó los precios, no sólo de los regalos, sino también de los espacios públicos como paladares y restaurantes en vísperas de la fecha señalada.

En España la situación va de mal en peor. En un reciente anuncio del movimiento estudiantil machista “Queremos ser iguales a la mujer”, más de 830 hombres en edad universitaria manifestaron su intención de no regalar nada a sus parejas este 14 de febrero y exigir la entrega, no de uno, sino de tres regalos caros y costosos, que sus respectivas novias deben entregarles el 13 a las doce de la noche.

La iniciativa tiene muy preocupadas a las muchachas españolas. En recientes declaraciones, la líder estudiantil Denise Socarrás afirmó que si los hombres siguen con esas presiones se verán obligadas a tomar medidas. “No nos haremos responsables de las consecuencias”, afirmó.

Y con estos ánimos andan algunos países en este mes de febrero. Pero amigo lector, disfrute estos días del amor y no se preocupe que usted no vive ni Alemania, ni en Francia, ni en España; usted vive en Cuba, y que yo sepa, afortunadamente no tenemos estos problemas.

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De joven mago a estudiante universitario

Por Nemo

Aunque Harry era de Orintherin, por el número de estupideces que hizo en apenas unos días cualquiera hubiera creído que procedía de Boberpliaw. Ante la duda, y para tratar de resumir en un nombre sus posibles orígenes, algunos lo llamaban a escondidas el Guajiro Natural.

A Potter, como a casi todos los que emigran, no le era nada fácil adaptarse a la agitada vida de Capituff. Muchas veces fue sorprendido en las puertas del ICRT, mirando con asombro a los «artistas famosos» que bajaban por 23. Innumerables fueron sus anécdotas y los papelazos iniciales. Momentos como los que contaremos ahora, -todos tuvieron lugar en los primeros días del curso- se repetirían en los cinco años de la carrera.

El 30 de agosto Harry salió de casa de sus tíos para la Terminal. Apenas llegó al andén 9 y 3 cuartos ya estaba pasando penas. Su mamá le había mandado en el expreso Yutong una gigantesca maleta (o mejor dicho, una caja que no pudo venir en el viaje con Felo). El pobre chico tuvo que esperar una hora y media dentro de la Terminal para recoger su equipaje porque la Yutong tenía que pasar primero por un lugar llamado Villa Panamericana. Todavía tenemos dudas sobre si la madre de Harry mandó la caja con una guagua de Trabajadores Sociales.

Este fue sólo el comienzo. Después de que apareció la caja, Harry marchó de excursión violando señales y criticando el sentido de las rotondas por todo el Vedado. Decidió entonces ir a Facultalandia para matricularse. Tres horas más tarde la encontró. «Un castillito medieval con una escalera postmoderna», pensó Potter, y justo cuando pensaba subir los pequeños escalones se topó con la enorme secretaria del colegio. Ella le advirtió que tenía que presentarse -¡con urgencia!- ese mismo día en la «Residencia del Bahía».

A Potter el nombre le sonaba a «Mansión del primer mundo» y, muy contento, salió para allá, sin imaginar cómo sería la cruda realidad. Comenzó por buscar el Bahía, pero… ¿Dónde quedaba? ¿Cómo llegaría?  Subió entonces a un carro con los familiares de uno de los chicos que, como él, andaba de «turista».

La familia de su compañero era tan de Orintherin como él y empezaron a rodar por todo Malecón en busca del túnel de la Bahía. Jamás encontraron aquella construcción azul que, según les habían dicho, pasaba por debajo del agua como consecuencia de un hechizo que tuvo lugar decenas de años atrás. Por el contrario, al llegar al final de la Avenida del Puerto tuvieron que soportar las burlas de los primeros citadinos a quienes se atrevieron a preguntar.

Regresaron por donde mismo habían venido. Finalmente, pudieron atravesar el túnel camino al Bahía. Tras una infinidad de preguntas dieron por fin con la Residencia. « ¡Qué malos son estos capitalinos dando direcciones!», pensó Harry, y cruzó las puertas del recinto que parecía una copia virtual de Puerto Escondido (nombre de un campismo típico del decimotercer mundo).

Aquello estaba feo-feo. Parecía una celda solitaria hacia donde Harry sería convidado a dormir todas aquellas noches en las que por X o por Y, no pudiera ir a casa de sus tíos en Miramar.

Al día siguiente, después de colarse y fajarse con los más viejos, tomaron él y su nuevo amigo Ron, el transporte de los estudiantes. Al bajarse en el costado de la Universidad de la Habana otra vez les asaltó la duda: ¿Dónde queda Facultalandia? Esta vez no violaron señales, sino que subieron y bajaron por la calle que iba rumbo al Machado (antro de perdición culinaria que preferimos no describir) y cuando se encontraron en G, allá por la Clínica de Estomatología, doblaron derecha, pasaron el obelisco y finalmente llegaron a 23. Allí, en G 506, se alzaba ante sus ojos el Castillo abandonado de la Avenida de los Presidentes.

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El más útil y posmoderno de los diccionarios

Por Nemo

En esta sección de la revista Alma Mater, acostumbramos a escribir, comentar o recrear situaciones humorísticas. En este caso, pediremos permiso a nuestros lectores para hacer un poco de publicidad y comentarles acerca del próximo diccionario que se publicará en Cuba.

Quizás para la mayoría el hecho no es una gran noticia. Sin embargo, les invito a seguir la lectura porque esta propuesta editorial tiene sus peculiaridades. La idea surgió por la gran cantidad de nuevos e indefinidos términos que se han puesto de moda en las propuestas musicales que más pegada tienen entre nuestros jóvenes. El primero de los tres capítulos que lo estructuran indaga en los orígenes del fenómeno, con los primeros términos que fueron introducidos en la Isla. A continuación les proponemos dos de los más antiguos:

Candy-MAN: primer súper héroe del reguetón cubano, original de Santiago de Cuba. Popularizó temas como El pru, La cosita, El tendón y El Chinito.

U-la-ka-la-ka-la: conjunto de sílabas que repetidas con ritmos diferentes integraban uno de los temas más trascendentales de Cubanitos 20.02. El término data de nuestros aborígenes y según el diario del padre Bartolomé de las Casas, U-la, significa: baila; y ka-la-ka-la, significa: hasta que se te parta la cintura. Como no se tienen otras referencias, algunos historiadores no están muy de acuerdo con este significado.

En una segunda parte, este primo del Larousse conceptualiza un grupo de palabras comunes o frases idiomáticas que han sido resemantizadas en la música. Por ejemplo:

Pudín: Dícese del dulce hecho con pan, azúcar, huevo y otros ingredientes. Debido a lo costosa que resulta su elaboración, las madres esconden este postre en los lugares más recónditos del refrigerador. Por eso se ha vuelto muy común que los más pequeñines de casa reclamen, luego de la comida: «Mami, enséñame el pudín».

A-mí mama-me-lo-contó: la frase trasciende el hecho de un chisme de carácter filial hasta convertirse en una invitación imperativa relacionada con cuestiones de índole morbosa.

Monta que te quedas: frase surgida al calor de las guaguas y ómnibus capitalinos. El primero en usarla fue un chofer de la ruta 195, conocido como «el Nene». Después se extendió a boteros, bicitaxistas e incluso, a algunos pescadores, hasta que finalmente fue popularizada por los reguetoneros. Desde entonces hasta la actualidad ha sido descontextualizada en infinidad de ocasiones.

El último de los capítulos, el más amplio por cierto, hace referencia a las nuevas palabras que invaden nuestro lenguaje sin apenas pedir permiso:

Manana: areté de los reguetoneros cubanos. Ejemplo: «A mí me sobra corazón y manana»; es decir, me sobra valentía y linaje, soy digno de un «combate lirical» (este último término aparece explicado en la página 180 del diccionario y data del Canal, en el Cerro).

Chupi-Chupi: acción cuyo significado no ofrece un balance de género, pues generalmente favorece al sexo masculino. Se refiere al cariño en diminutivo. En vez de decir dame un cariñito, decimos, dame un chupi-chupi (tomado de Machado, Maribel: 2011, p. 122).

Páfata: sonido onomatopéyico del golpe de un madero cuando impacta con violencia contra algún rostro humano.

Guaripola: utensilio similar a una cuchara que sirve para comer pudín. En algunas regiones del África Septentrional simboliza a la diosa del castigo infantil, se representa como una muñeca de trapo bastante fea y que se guarda en algunos armarios viejos. Cuenta la leyenda que solo sale de su rincón para asustar a los niños. Por eso muchas madres amenazan a sus hijos: «Si no te comes la comida… te voy a sacar la guaripola».

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Inglés ¿fácil para quién?

Por Nemo

Sí, claro, eso es lo que todos dicen, pero es muy diferente cuando estás en un aula, frente a un profesor, con una habilidad inherente a su persona para saber quiénes son lo que no tienen ni idea de lo que él está diciendo, y te pregunta con el dedo inquisidor: What’s your opinion about this? La tensión del momento te hace mirar a tu alrededor con ojos suplicantes, hasta que un alma caritativa desde atrás te susurra: ¡¡que le digas qué piensas de eso!! Pero tú, que lo que piensas de eso solo lo sabes decir en español, prefieres responder con aquella frase que pronuncias a la perfección «I don’t know, teacher, I don’t know».

Estas palabras jamás las habrías dicho en ninguna otra asignatura, tu orgullo no lo hubiese permitido. Aún sin estar seguro hubieras dado la muela que muchas veces confunde o da en el blanco. Pero en inglés la cosa es diferente; si no sabes, puedes pasar los momentos más humillantes de tu vida universitaria.

En mi caso particular desde primer año estudiar idiomas fue un dolor de cabeza. El inglés del preuniversitario era muy sencillo comparado con estas clases en las que el profesor no usaba el idioma español ni para dar los cinco minutos. Aquellos eran sin dudas los 45 minutos más largos, tediosos y aburridos de toda la carrera, de los que no me atrevía a fugarme por el miedo aterrador que inspiraba aquella profesora que aparecía siempre en mis peores pesadillas.

Después de tres revalorizaciones, una amenaza de mundial y varias horas dedicadas a una guataconería justificada, logré terminar todos los semestres. Ahora, sacando bien la cuenta, no todo fue tan malo. Mis experiencias en la clase de inglés también fueron a veces motivo de risas y anécdotas simpáticas.

Mi primera profesora hablaba un espanglish perfecto y llegó a comentar en una clase, refiriéndose a su dermatitis, «Mis ronchis disappeared» (por suerte dejó la facultad en segundo año). Después llegó la Diva, la Reina, la Mulatísima, la singular profesora que llevaba en su cartera una bolsa de caramelos y los lanzaba desde la pizarra a quienes respondían correctamente. Tenía muchas ocurrencias y un día convalidó a 10 estudiantes: los ocho más integrales e inteligentes, y a los dos que, según ella, si hacíamos la prueba suspenderíamos irremediablemente.

En sus turnos se escucharon los más disímiles disparates. La flaca creía que si «mucho» era «very much», «poco» debía pronunciarse «very poc» y uno de los recién declarados habaneros afirmaba en pronunciación dudosa que él había nacido «In Cámagüey», con tilde en la A.

Las pruebas a veces se hacían con diccionarios y el día que no tuve uno a mano para decir que «estudiar implicaba sacrificio» utilicé el verbo «implic» haciendo mi decimotercer aporte a la lengua inglesa.

Fue muy simpático el día que asistimos a una conferencia de una periodista americana. Los más audaces hicieron preguntas al final, y la profesora nunca entendió por qué la mayoría no reímos cuando la invitada hacía algún chiste.

Aquello era como ver Friends sin subtítulos. Pero en fin, el mejor de los cuentos, lo protagonizó un amigo que me tiene prohibido usar su nombre en textos que serán publicados.

En una clase, la profesora le preguntó a mi amigo la edad de su novia. How old is she? Y él, seguro de su respuesta y de modo convincente argumentó. She is pretty. La profesora lo rectificó en inglés y le volvió a hacer la pregunta.

Ante tanta insistencia, mi amigo ofendido y en un perfecto español le ripostó: Profe, cómo usted me va a decir que no es bonita, si usted no la conoce.

Y así fue hasta el final de cuarto año; entre risas y anécdotas terminó mi aprendizaje del idioma de Shakespeare. Para justificarme ante las críticas de mis amigos, les decía que no me quería dejar dominar por el «idioma del enemigo». Y cuando estaba prácticamente convencido que estas lamentables situaciones ocurrían solo aprendiendo inglés, supe de lo que le pasó a una muchacha en su año de preparatoria en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana. En un turno de francés la preguntaron: «Tu est française?»; ella entendió que si sabía algo de francés («Tu sais français?») y respondió con absoluta seguridad «oui, oui»; todos en el aula rieron porque definitivamente Yosmara, no era francesa bajo ninguna circunstancia.

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Leyes de lo probable y lo improbable

Por Nemo

Cuando culmina un año y otro empieza, además de las actividades festivas, se impone una mirada a los meses pasados. Entonces reflexionas, y haces un recuento. Recientemente realicé este «ejercicio intelectual» y llegué a un grupo de conclusiones que quisiera compartir. Todas están relacionadas con cosas que resultan probables y otras, muy poco.

Por ejemplo, en cualquier universidad es poco probable que los profesores recuerden que hay que dar los cinco minutos, o que en la sede de Economía paguen en tiempo el estipendio estudiantil, que las clases de Metodología no sean aburridas, que los turnos en la tarde no te «tumben» de sueño, y si vas en guagua a la escuela, llegues a tiempo al primero.

Dentro de la improbabilidad también está que nadie cometa fraude en un aula, o que no sean «mixtos» los albergues de los campamentos agrícolas. También, que tu decano te dé botella en su carro si se cruza contigo camino de la escuela o que la merienda que dan en las facultades… (perdón, perdón, estamos exagerando).

No ponemos como ejemplo improbable el regreso de los FEU-TUR porque nos parece un tema muy sensible y no queremos jugar con los sentimientos universitarios. Por suerte, no todo es tan malo.

También hay cosas que son muy probables, por ejemplo, que obtengas al menos un 2 en algún momento de primer año. También es casi seguro que si estudias matemática pura, mecánica o automática, el 90 por ciento de tus compañeros de clases sean de sexo masculino. Si eres de otra provincia y estudias en la capital es probable que transites por varios estatus: de estudiante becado a joven alquilado, de soltero a casado o, en el peor de los casos, de habanero entrecomillado a estudiante «agallegado» (adjetivo utilizado para los que tienen que regresar a sus provincias después de graduarse).

Por otra parte, es muy probable que si estudias en la UCI tengas buena conexión a Internet, en cambio, si eres estudiante de Medicina… Hay otros hechos que también son muy probables: que los muchachos de la FEU interrumpan los turnos de clases, que los profesores se molesten y los alumnos se alegren cuando esto ocurre, que el profe recién graduado convalide a la muchacha más bonita y que el joven atleta intente enamorar a la profesora de Psicología.

Pero entre probabilidad e improbabilidad, existen serias contradicciones. Por ejemplo, si llegas 15 minutos tarde a un turno de clases probablemente los profesores no te dejen entrar; sin embargo, si ellos llegan tarde 15 minutos, tú no puedes dejarlos afuera. Si de casualidad, y como algo extraño, atípico y raro, se te presenta un viaje al exterior (algún evento académico, causas familiares, etc.) tienes que tener cuidado porque por inasistencia puedes perder el año; sin embargo, si tus profes viajan…

En fin, que el estudio de las probabilidades no es solo para los matemáticos. Hay que conocer sus leyes para conocer la magnitud del asunto. Pero no te desanimes, hay que romper estas leyes, desafiarlas y hacer probable lo improbable. De hecho, ya tú lo estás haciendo. ¿Cuán probable era que Alma Mater saliera a color?, ¿O que cambiara de formato? ¿O mejor, que llegara en tiempo a tus manos?

Esta es la mejor manera de comenzar el 2011: desafiando la ley de la improbabilidad. ¿Viste los colores y el cambio de look? ¿Qué…? A ti te llegó la revista en febrero, bueno, bueno, con calma, que con esto de las probabilidades lo único seguro es que en la próxima línea pondremos el punto final, de lo demás, no nos podemos hacer responsables.

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