¿Preparados para «la concreta»?

Por Rodolfo Romero Reyes

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Han dado la orden de detener el tráfico en la capitalina y céntrica 5ta. Avenida. Rara vez se logra semejante autorización pues se trata de una vía expedita que transitan los principales dirigentes del país. En esta ocasión es imprescindible. Se termina de construir un inmueble de oficinas y no existe un desagüe eficiente. Es la oportunidad de, no solo resolver la problemática de la institución que pronto allí tendrá su sede, sino también la de decenas de vecinos que llevan años quejándose de la situación con las aguas albañales.

Salí de mi casa unos minutos después del mediodía. Justo antes, anunciaron por el noticiario vespertino el desvío del tránsito en esa zona por espacio de 24 horas. Se trabajará toda la noche, como en los países del primer mundo. Apuro mis pasos porque quiero llegar justo antes de que comience todo. Cámara en mano, tomo la foto de las personas que evalúan y corrigen las medidas necesarias antes de empezar a romper y ubicar las tuberías. La mayoría son hombres. Entonces descubro en la multitud a una joven que, a lo sumo, tendrá 25 años, pequeña, rubia, anda con un walkie en la mano. Da indicaciones a todos con los que se cruza a su paso. «Se llama Jessica», me dice uno que nota mis ojos indagadores, justo cuando pasa por nuestro lado.

—Jessica Mesa, que tengo apellido— responde con una sonrisa la ingeniera civil que en unos instantes se convierte en entrevistada.

Estudió en la CUJAE cinco años. Me confiesa que cuando llegó el momento de la ubicación no tenía idea de para donde quería ir. «Quizás por no tener un plan bien definido, cuando llegaron los compañeros del Ministerio del Interior haciendo captaciones acepté irme con ellos. Ahora me doy cuenta que fue la mejor opción».

En un primer momento Jessica se vinculó a un edificio que construía el Ministerio en la propia CUJAE. Un edificio con tecnología de primera. «En materia de construcción se utilizan elementos que en muy raras ocasiones ves aquí en Cuba. Eso, y estar a pie de obra, fueron oportunidades excepcionales. Interactuar no solo con los constructores, con los proyectistas, los arquitectos, los eléctricos… Un edificio es el resultado de un inmenso trabajo colectivo. Entonces, yo allí, con veintitrés años dando indicaciones y aprendiendo; a veces me parece mentira», me cuenta durante un breve receso.

Jessica se siente afortunada. Me cuenta de dos de sus compañeros de aula: uno está en una brigada del Ministerio de la Construcción en reparaciones parciales de unos edificios de microbrigadas. «Pero ese, aunque se queja de lo poco que le exigen y del tiempo que se pierde, por lo menos está a pie de obra y algo aprende. A Lucía, en cambio, la tienen en una oficina haciendo papeles».

Este es su tercer proyecto. Es un momento muy importante porque es una de las acciones finales para dejar listo el inmueble. «Atravesar la calle 5ta. Avenida no es nada fácil», me dice. Una vez que rompes no sabes qué te puedes encontrar. «Tenemos que trabajar con mucha precisión. Lo siento, pero no puedo perder un minuto más contigo». Se para y deja la entrevista a medio hacer. No lo tomo como una descortesía, todo lo contrario; le agradezco su tiempo. De ahí en adelante solo me queda observar su faena y ver cómo le va.

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Cinco años atrás

Ser buenos profesionales no se logra en un día. Los aprendizajes compartidos en el aula, los valores personales y las aptitudes individuales, se mezclan con la práctica, el oficio y el quehacer cotidiano para dar forma a esas cualidades o atributos que conforman lo que socialmente entendemos como profesión. ¿Existe una fórmula para lograrlo de forma exitosa?

Algunos universitarios sienten que a veces la carrera no los prepara lo suficiente. Y aunque el periodo de práctica laboral existe y se cumple con sus tiempos, no siempre es riguroso o efectivo.

«Yo estudié cinco años en Psicología, hice práctica en muchos lugares, pero no fue hasta que en quinto año me vinculé a un proyecto de transformación social y pasé quince días becada en una escuela de conducta, trabajando con adolescentes, que pude tener una idea real de lo que la práctica me demandaba», dice Mabel Quintana.

Para lo joven psicóloga, no basta con buenos profesores y amplias lecturas. «Se necesita una formación integral que te prepare mejor para lo que te vas a encontrar en la calle. Las prácticas no deben ser una obligación curricular, ni tampoco el único espacio que nos vincule a la realidad».

«En el caso de la carrera de Medicina, desde el primer año los estudiantes vinculan la teoría con la práctica, pues se ubican en un área de salud para cumplir con la asignatura Educación en el Trabajo. A través de la asignatura MGI se orientan tareas que constituyen habilidades que el estudiante debe realizar en el área de salud donde se encuentra ubicado y este desarrolla con la guía, orientación y asesoramiento de un tutor,  las cuales pueden tener un corte investigativo, de profundización cultural de la comunidad o historia de la familia que debe caracterizar, pues desde el primer año deben enfocarse en analizar a los pacientes como un ser biosicosocial», así nos cuenta Iliana Fernández Peña, quien en ha ejercido durante la última década como profesora en la Universidad de Ciencias Médicas en Holguín.

Antonio Gómez es ingeniero, se graduó recientemente en la CUJAE y también comparte con Alma Mater su experiencia pues, en su opinión, el programa debería reestructurarse. «Me preocupa mucho la cantidad de tiempo que uno invierte en estudiar asignaturas que no tienen que ver directamente con la profesión que uno eligió. Me pasa con Historia de Cuba, Filosofía… fíjate, no digo que no sean importantes. Pero es algo que venimos estudiando desde la primaria, secundaria y preuniversitario. Deberíamos centrarnos más en las asignaturas propias de la carrera».

El criterio de Antonio se contradice con la intención, compartida por la mayoría, de la academia de formar alumnos integrales. Sin embargo, tiene razón en señalar que a veces existe poca especialización, y las asignaturas principales se dejan en un segundo plano.

En el ámbito de la comunicación, en la carrera de Periodismo, encontramos una buena concepción de sus prácticas laborales, al menos en el plan actual. Cada semestre sus estudiantes trabajan al menos tres semanas en un medio de prensa. De esta forma, Arlette Vasallo García, en solo tres años de estudio, ha pasado por cinco medios de prensa. La experiencia le ha servido, no solo para conocer el mundo profesional, sino para despertar nuevas ansiedades y expectativas.

«Desde el primer año de la carrera somos insertados en los medios de comunicación. Esto nos  permite enfrentarnos rápidamente a las dinámicas productivas y ver, de primera mano, cómo funcionan y se aplican las teorías explicadas en clases. Gracias a esta modalidad he conocido el funcionamiento interno de los medios y también el trabajo que hacen muchos periodistas, lo cual me ha ayudado a perfilar mi gusto profesional», nos cuenta Arlette.

En primer año pudo ser parte de las rutinas productivas de Granma, la Agencia Cubana de Noticias, Habana Radio y el Sistema Informativo, específicamente en Cubavisión Internacional. A principios de este año, se vinculó al diario Juventud Rebelde.

«Allí las prácticas fueron en la redacción digital. Me dieron espacio para aportar mis ideas y producir trabajos hipermediales que se incorporaron a la página». Estar en tercer año, y que uno de sus trabajos obtuviese mención en un concurso de Periodismo en Holguín, para ella es resultado de lo bien que la prepararon determinadas asignaturas.

Entonces, el aula o «la concreta»

Dayron Roque Lazo fue uno de aquellos muchachos que se incorporó —como ocurrió de manera casi masiva en la época— a una escuela de formación emergente de maestros, en plena Batalla de ideas. Tras laborar cuatro cursos en la educación primaria, se desempeñó durante doce años en la preparación de maestros en los niveles medio superior y universitario.

En su opinión: «La primera tentación es decir —como en los Expedientes X— que “la verdad está allá afuera”… afuera del Pedagógico; porque hay pocas dudas de que (casi) ningún proceso formativo puede abarcar la riqueza y singularidades de los salones de cualquier nivel de educación. En mi caso, mi primer barniz fue apenas tres meses de formación y de ahí me soltaron en un aula de la primaria donde descubrí —dos mil años después—que no sabía nada… de cómo educar a 18 niños. Porque la escuela no me había preparado para eso y tampoco creo que hoy lo haga. La universidad me había dado algunas técnicas, cierto entrenamiento, mucha bibliografía y —eso sí, y creo que fue lo fundamental— me habían insuflado el compromiso con enseñar y educar; lo cual salvaba cualquier insuficiencia».

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lograr que el enfrentamiento academia versus realidad sea más bien una ecuación dialógica? Continúo conversando con el profe. Sus palabras no son recetas, pero ofrecen claridades.

«La universidad de hoy —y ello incluye las pedagógicas, pero no únicamente— no pueden ya trasmitir o compartir todo el contenido —cultural, en general; pedagógico-didáctico, en particular— necesario para enfrentar la enseñanza, pues esos contenidos han crecido a una velocidad extraordinaria en los últimos cincuenta años, sin contar que la sociedad quiere que cada nuevo descubrimiento de la ciencia se convierta, ipso facto, en contenido de la enseñanza. Es la eterna lucha entre la escuela y la vida, en la cual la vida lleva varias pistas de distancia; por razones disímiles», explica Roque.

Con independencia de las riquezas que luego se acumularan en el ejercicio práctico de la formación, no se puede descuidar el aula, allí se siembran las raíces. Sin ella, no habrá fruto posible.

«La tiene la ventaja que el propio proceso formativo resulta ser mejor escuela, por aquello de que las personas aprenden más a hacer lo que hacen, que lo que les digan que hagan; lo cual redunda en que el primer —y a veces permanente— estilo de trabajo del magisterio/profesorado es el que ha “aprendido” viviéndolo mientras estuvieron en el rol de estudiante. Los estudios y reflexiones posteriores mueven en mayor o menor medida ese estilo, pero la base está allí… en ese aprendizaje que lleva el nombre artístico de «currículo oculto» y que resulta ser —la mayor parte de las veces— lo más parecido a la vida misma», aseveró.

La ubicación laboral de Diana y Arley

¿Cuánto se parece entonces el mundo laboral a lo que bocetamos durante cinco o seis años en un aula?

Según lo establecido por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social la ubicación laboral, además de un derecho que tienen universitarias y universitarios cubanos, responde también a una necesidad real de plazas que tiene el país.

La cantidad de posibles ubicaciones se hace de acuerdo a la información que suministran ministerios y entidades estatales, pero ese número nunca es exacto. Puede pasar que una entidad reestructure su plantilla y en el momento de la ubicación ya no esté disponible, que la plaza en sí no sea de interés para el adiestrado o que el calificador de cargo no se ajuste al perfil profesional.

Vanesa Cabrera se graduó como socióloga. Casualmente su ubicación fue en una de las direcciones municipales del MTSS en La Habana. Lleva dos años allí. Su contenido laboral se divide en dos: por una parte, aplica encuestas, y por otra, imparte clases en un tecnológico. ¿Mala suerte o mala estrategia?

«Por eso muchos sociólogos nos sentimos subutilizados en los primeros años de graduados. Todavía los que se quedan como profesores en la Facultad se mantienen vinculados a la docencia o a la investigación. A mí me tienen parte del tiempo aplicando encuestas o haciendo descripciones de personas jubiladas o entrevistas relacionadas con el perfil de los trabajadores sociales. Pero todo es muy improvisado. No me enseñan cómo hacer las cosas ni me evalúan rigurosamente lo que hago», cuenta con cierta molestia.

Sobre las clases que imparte, ella reconoce que son necesarias y que aportan un grano de arena en la solución de las problemáticas que existen en el sistema educativo, pero no cree que sea el lugar donde puede ser más útil. «Es un convenio entre mi Ministerio y Educación. Allí imparto Historia de Cuba. No sé si mis estudiantes aprenden o no, lo que sí te puedo garantizar es que cuando termine el servicio social se me habrá olvidado la mitad de las cosas que estudié en los cinco años de carrera», me dice Vanessa.

La historia de Arley Vergara tampoco ha tenido el final esperado. Lo ubicaron en una de las mejores empresas de software del país. «Programaba a un nivel poco frecuente en Cuba, esa es la realidad. Además, buenísimas condiciones laborales, aire acondicionado, buena computadora, transporte colectivo… ».

¿Qué pasó entonces? Como en tantas otras profesiones los salarios están muy deprimidos. Él vive solo con la mamá que también trabaja para el sector estatal. Es joven, tiene novia, le gusta salir a bares y discotecas. Decenas de ofertas tentadoras pasaban a su lado todos los días. Pensó en una beca para ir a estudiar a otro país y también valoró la posibilidad de programar —por la izquierda— para una empresa de software «de afuera». Me dice en tono discreto: «Hay algunas que pagan 600 y 800 CUC al mes». Eligió entonces un camino más legal y que le ofrece la esencial para vivir y darse algunos gustos. Sacó su licencia por cuenta propia y montó su taller de celulares. «Actualmente esa es mi ubicación laboral, periodista», me dice con ironía.

La percepción que tienen muchos de los jóvenes que estudian hoy en nuestras universidades es que los tres o dos años de servicio social —además de su condición obligatoria— lejos de constituir un espacio para el aprendizaje, son un tiempo casi perdido. Algunos no tienen pelos en la lengua y te confiesan: «Yo estoy, esperando que pase el tiempo para irme a hacer algo que de verdad me guste, o donde gane más dinero». Ambas pretensiones, muchas veces insatisfechas.

Jessica otra vez

«En mi caso no fue una elección, como te dije antes; tuve suerte, lo que no quiere decir que el Ministerio o la entidad te garanticen una satisfacción profesional. Aquí mismo, un graduado de contabilidad puede estar en el área de Finanzas aburrido y perdiendo el tiempo haciendo el trabajo de oficina que nadie quiere hacer, o en el área de Auditoría cada mes asumiendo tareas nuevas y atractivas», retoma Jessica la conversación cuando han pasado más de ocho horas y la madrugada empieza sus estragos, al menos, sobre los que estábamos allí desde la tarde.

Los constructores parecen cargados con baterías de litio. Pican y apartan piedra como si fueran las nueve de la mañana. Los que manejan las grúas son también jóvenes y tienen una gran maestría. Me pregunto dónde habrán aprendido la habilidad, la destreza; o si tuvieron buenos tutores una vez que llegaron al ámbito laboral. Me pregunto por qué no siempre pasa así con nuestros universitarios que logran graduarse.

El Estado tiene ante sí muchos derroteros. En las historias de Diana y Arley solo se ven dos matices. Existen otros: los jóvenes que se van del país sin concluir la carrera, o incluso, se van recién graduados a riesgo de invalidar sus títulos. Cientos de entidades tienen sus plazas sin cubrir. Otras, no logran motivar a aquellos que recién llegan al mundo de los sindicatos y las jornadas de ocho horas.

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Envuelto en mis reflexiones, descubro que amanece. Las últimas dos horas las pasé dando cabezazos en una escalera del recién construido edificio. Salgo a caminar para hacer quizás las últimas fotos mientras un buldócer desparrama el concreto que vuelve a darle a la 5ta. Avenida su forma de calle. Descubro a Jessica y a su compañero de obra, desayunando. No han dormido, y sacan unas últimas fuerzas para sonreírle a la cámara. La noche ha sido dura, y aunque su salario no es muy alto y siempre hay cosas que criticar, al menos Jessica se sabe útil y siente que cada día aprende algo nuevo.

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Guayacán no es un pueblo olvidado…

Por Rodolfo Romero Reyes y Mónica Lezcano Lavandera.
Tomado de la revista Alma Mater.

Guayacán no es un pueblo olvidado. La frialdad y el silencio que puede padecer una comunidad que no tiene corriente eléctrica, se trastoca en la calidez y en la melodía de las voces de sus habitantes. Fuimos hasta allá para que ellos hicieran su propio documental* y al final nosotros, de una singular manera, nos volvimos parte de su historia.

Aterrizamos en Guantánamo. Un lada destartalado — pero con dignidad y chapa estatal — nos esperaba para iniciar la travesía. Hacemos una parada para comprar agua, por recomendación de Mónica; esta es su segunda visita a la intrincada comunidad del municipio El Salvador.

El auto nos deja, literalmente, en el medio de la nada. Lo último que recordamos es un cartel que dice Bienvenido al Consejo Popular Carrera Larga. Ahora, desde donde estamos, no aparecen rastros citadinos. Un camino de tierra se pierde entre una arboleda. «El sol en Guantánamo quema»; siempre han dicho los viajeros. Son las doce del mediodía cuando empezamos a andar.

Kilómetro y medio después, un riachuelo atraviesa el camino. Cruzamos con cuidado por encima de unas piedras que alguien solidario debió poner allí. Pasa un hombre a caballo flaco.

— ¿Son los periodistas? — , y pone encima del rocinante nuestros maletines, mochilas y el trípode.

— ¿No tienen un puente para cruzar el río? — pregunta Carla**.

La cara del hombre lleva las huellas del trabajo en el campo, del sol guantanamero y de sus ancestros taínos.

— Aquí no tenemos corriente eléctrica — , responde como si ambas cosas tuviesen que ver. Justo a la derecha, hay una pequeña escuela. En el patio juegan algunos niños con pañoletas azules y rojas.

Guayacán

Un kilómetro después de la escuela, Guayacán nos da la bienvenida. Una bodega y la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS), ambas ubicadas a la izquierda del trillo principal, constituyen el centro de la comunidad. Paramos en la bodega por algo de beber. Pomos y latas de refrescos calientes. Compramos dos de los grandes. Trillo arriba, a unos quinientos metros aparece la casa de Ciro, Idelsa y su hijo más pequeño que cursa el sexto grado.

Es una de las pocas que no tiene el piso de tierra. Sus paredes son de ladrillos. Si trazamos una línea imaginaria, se divide en dos. A la derecha una pequeña sala, un comedor y una cocina cuyos límites lo establece únicamente la posición que tienen los muebles.

A la derecha, tres habitaciones y un área destinada al baño. Las divisiones con cortinas, tablones que llegan casi al techo y un gran y rústico escaparate. En la primera duerme el matrimonio; la segunda tiene una cama grande y otra chiquita, para nosotros, los invitados; en la más pequeña, después del baño, duerme el adolescente. Al fondo, una puerta abierta hacia un patio que se nos hace infinito. Corrales, cercas, una letrina y un bohío a medio hacer.

La casa de Idelsa y de Ciro, si se ve desde aquí, parece terminar en las montañas.

Un cable eléctrico empatado entra por una de las ventanas. «Esa es la tendera», nos explica Mónica. «De un mismo cable se alimentan más de quince casas».

— ¿Roban la corriente? — pregunto sin sorpresa.

— Digamos que la tomamos prestada — dice la anfitriona, cuando nos trae un poco de café recién colado.

***

En tres días y dos noches no paramos de conversar. Ciro e Idelsa trabajan en la sala de video. Nos presentan a Nítida, Yudita, Niurkis, Manolito, Jasmín, Ismara, Yunierkis, Rosita, Milagros y Mindre, todos habitantes de Guayacán.

Por retazos vamos armando la historia de esta comunidad que, según sus pobladores — los únicos que la han reconstruido — , estuvo habitada por aborígenes; de ahí el nombre. Con el paso de los años poblaron la «comarca» negros esclavos franceses emigrados de Haití, quienes encontraron allí un espacio para asentarse. Luego, llegaron los esclavos de la región que huían de sus mayorales. Así quedó conformada la población de este espacio guantanamero.

En tiempos de terratenientes y dueños, la actividad económica fundamental era la siembra, recogida y comercio del café. Los lugareños, extremadamente pobres, vivían en bohíos, eran en su mayoría analfabetos y trabajaban para «los señores». Existía una escuela primaria cuya matrícula debía ser pagada. Todas las tierras pertenecían a una única familia. La asistencia médica se tornaba escasa, cara y difícil de acceder por la lejanía.

Esta situación pervivió, con algunas variaciones, hasta 1959. Con el triunfo revolucionario la comunidad cambió. La Ley de Reforma Agraria entregó las tierras a los campesinos. La Campaña de Alfabetización enseñó a leer y escribir a sus pobladores. La Revolución implicó modificaciones que incluyeron la gratuidad de los estudios primarios y de las consultas médicas.

El 16 de noviembre de 1962, surge una Base Campesina — hoy CCS «Longino Riviaux» — en la que se coordinaba la distribución de insumos y pagos por las labores agrícolas. Siendo la primera de su tipo fundada en el municipio El Salvador, devino el centro económico y social de la comunidad. Por esos años en una pequeña bodega se empiezan a distribuir los productos de la canasta básica mediante la Libreta de Abastecimiento, con el objetivo de que estos productos fuesen asequibles a toda la población.

El café siguió siendo la principal fuente de ingresos, y los campesinos mejoraron su situación económica con la venta de sus producciones.

Todos los niños comenzaron a asistir a la escuela primaria, y continuaban estudios en una Escuela Secundaria Básica en el Campo (Esbec) en las comunidades aledañas de Bayate o Sempré, relativamente cercanas. Muy pocos llegaban a obtener el bachiller pues el acceso era bastante selectivo en cuanto a promedio académico.

A finales de la década de 1980, la comunidad se incluyó en el Programa de Desarrollo de la Montaña, conocido como «Plan Turquino». A raíz de esta inclusión, la calidad de vida de los pobladores aumentó, pues obtuvieron mayores abastecimientos de alimentos y de otros insumos como aseo personal, canastilla, entre otros.

En Guayacán, al no existir un consultorio, los médicos de la familia de una comunidad cercana programaban sus visitas, lo cual contribuyó al aumento de la esperanza de vida de los pobladores y a la disminución de las muertes maternas e infantiles.

El acceso a la energía eléctrica era nulo debido a la situación geográfica de la comunidad que la sitúa en una zona de difícil acceso, aunque los tendidos eléctricos aparecen a una distancia aproximada de unos tres kilómetros.

El 17 de noviembre de 2002, con el avance de la Batalla de Ideas, una sala de video trajo la corriente eléctrica. Por primera vez funcionaba un equipo electrodoméstico en Guayacán con la energía de los paneles solares. A partir de ese momento se organizaron horarios con actividades para que los pobladores pudieran disfrutar de la programación y de otros materiales audiovisuales.

Desde ese momento la sala de video se convirtió en el centro de confluencia para las actividades recreativas, movilizativas y de cualquier otra índole, ya que, además de contar con energía eléctrica, era una de las pocas construcciones de mampostería, techo de zinc y piso de baldosa de la comunidad.

Por ese entonces también, la construcción de una Despulpadora de Café posibilitó el completamiento del ciclo de producción de este cultivo en la comunidad, y la compra directa a los productores que son los propios campesinos.

La dura realidad

En Guayacán viven 416 personas agrupadas en 208 viviendas. Algunas poseen equipos electrodomésticos obviamente sin utilizar; otras conservan la fe de que, algún día, todos puedan disfrutar en sus hogares de la energía eléctrica.

Ante la carencia los pobladores han recurrido a otras alternativas. Desde los primeros años de este siglo tienen «tendederas», pedazos de cables unidos al tendido eléctrico principal, y «roban» la corriente para las casas. Pero, invento al fin, en algunas viviendas el voltaje solo permite poner el radio o el televisor a horas específicas del día. En la noche solo pueden encender un bombillo por cada casa. Alrededor de ese halo de luz, conversamos con las familias.

«Nos catalogaron una vez como una comunidad con problemas políticos, cuando amenazamos con no votar en unas elecciones. Es verdad que quizás no fue la mejor solución, pero era nuestra manera de exigir que nos dieran alguna respuesta porque hasta ese momento nadie se había pronunciado sobre nuestra situación con el fluido eléctrico, solamente para decir que había que quitar las tendederas. Ahora parece que pronto electrificarán la comunidad», comenta Yudita con cierta esperanza.

«Aquí no tenemos ningún consultorio o médico de la familia. El policlínico más cercano se encuentra en Carrera Larga, a unos cinco kilómetros de distancia. En casos de urgencias, debemos trasladarnos en carretas de bueyes o en caballos. En días en los que el caudal del río crece, la comunidad queda incomunicada y no pueden acudir los servicios de urgencias. No pedimos grandes cosas, al menos un puente, eso no le puede costar mucho al país», demanda Niurkis.

Mildre explica más. «Sin tuberías ni electricidad no existe un acueducto que abastezca. El agua la tomamos directo del río o de algunos pozos artesanales que se encuentran distribuidos en la comunidad. En tiempos de sequía es prácticamente imposible obtener el agua de forma natural, dependemos entonces de pipas gestionadas por el Delegado de la comunidad y el Consejo Popular Carrera Larga. Tratamos de beber de las zonas menos contaminadas del río (en el cual se bañan y defecan los animales), hervirla y purificarla con Hipoclorito de Sodio».

«La escuela tiene tres maestras para 44 pioneros, de ellas solo una vive en Guayacán, las otras dos vienen todos los días desde comunidades aledañas. El grado preescolar recibe clases únicas, no así el resto de los pioneros. Primero y segundo se agrupan en una sola aula, igual que tercero y cuarto, y quinto y sexto grados. Aunque es la única solución, la comprensión de los contenidos de las clases se dificulta», argumenta Idelsa preocupada por el aprendizaje de su hijo Yainier.

Cuatros voces que expresan el sentir de muchos. Sus exigencias son firmes, en cambio, no se notan en sus demandas rasgos de egoísmo o de desencanto político. Son gente de la montaña que quieren vivir mejor. Sueñan una comunidad electrificada en un país donde nunca ha sido un pecado soñar ni luchar por sus sueños.

No todo está apagado

«La Despulpadora de Café cumple un rol esencial durante la zafra, el momento más activo en la comunidad. Todo el mundo tiene que ver con la recogida del grano. El cuidado de animales es también una forma de emplear el tiempo en Guayacán. Muchos pobladores crían en sus patios cerdos, gallinas, carneros, chivos, caballos y vacas. Eso nos garantiza la alimentación. También vendemos alguna que otra cría, o un racimo de cambute; eso es plátano periodista — aclara Manolito en tono de cándida burla y añade — : Aquí es muy común que los animales convivan en los mismos espacios que las personas durante el día».

Ciro interviene con cierta emoción y gran sentido de pertenencia: «No todo está “apagado” en Guayacán. La alegría es parte de nuestra idiosincrasia. Aquí cantamos y bailamos el changüí, que surgió en esta zona y lo danzó José Policarpo por primera vez. Aquí vino Frei Betto a conversar con nosotros y a conocer nuestra comunidad. Lo escuchamos con mucha atención. Somos pobres, pero educados, cultos, instruidos».

«Muchas personas me han tratado de convencer para que me vaya a la ciudad. Pero a mí no me gusta. Yo siempre he pensado que si todos nos vamos de aquí, ¿quién se queda en el campo? Y nosotros aquí somos importantes porque garantizamos la comida de la gente de la ciudad, y eso es muy importante», sentencia Nítida con un altruismo que impresiona.

La noche es muy linda en Guayacán. En compensación a la ausencia de flujo eléctrico, relampaguean todas las estrellas. Y precisamente hoy la luna decidió ponerse bien redonda. Estamos sentados a la orilla de una lámpara recargable que se nos antoja fogata campestre. Idelsa nos cuenta de cuando estudió en la universidad, de su infancia en Guayacán, de sus inquietudes sobre el futuro de su hijo: quiere que estudie y se haga un hombre de bien.

Ciro parece un narrador de cuentos. Habla de sus meses en Angola y de aquella vez en que emboscaron a doce monos que avanzaban en la noche y que ellos confundieron con el enemigo. Se pone serio cuando menciona a sus compañeros caídos; y vuelve a sonreír jaraneramente cuando Mónica le pregunta si sabe bailar changüí.

Al final de la charla el silencio no es interrumpido por ninguna pregunta. Casi nos vamos a acostar cuando Ciro empieza a silbar. El sonido se propaga de manera insospechada, parece que la melodía llega a cada casa y se pierde más allá en la montaña.

— Deberíamos grabarlo — dice Carla.

Mónica y yo asentimos con la cabeza. Entre tanto silencio, la música de Ciro podría ser la mejor manera de empezar un documental.

 

 

Notas…

*El documental es resultado de un proceso grupal y participativo en el que los pobladores de Guayacán decidieron hacer un audiovisual, con el acompañamiento de la Red de Educadores y Educadoras Populares.

** Carla Valdés León, realizadora audiovisual

Otros rostros de Guayacán

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Sobredosis

Por Nemo

(Tomado de la revista Alma Mater)

Efectivamente esta es la historia de dos pájaros que un día se instalaron en los predios de la sede del secretariado nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (Feu) de Cuba, ubicada en la avenida 23 del capitalino reparto El Vedado. Allí llegaron con sus plumas, sus colores, contagiando a todos su alegría.
La feliz pareja de tortolitos no fue la primera de aquel curso universitario. A su arribo le había antecedido un fugaz noviazgo entre dos dirigentes estudiantiles: él, presidente nacional; ella, miembro del secretariado. La relación inició de modo similar a esas
que tienen lugar en contextos laborales, bajo la más absoluta discreción.
Muy pocos sabían del noviazgo. Sin embargo, en la medida que se puso sólida —la relación—, ambas familias fueron estrechando lazos. Por eso se volvió natural pasar un fin de semana en casa de la madre de él o las fiestas de fin de año en casa de los
abuelos de ella.
En fechas señaladas los novios recibían regalos. Uno de ellos, resultó ser el más singular: una pareja de ¿loros? ¿cotorras? ¿cacatillos? ¿periquitos?, en fin, dos pájaros, en su jaula,
que fueron a parar directo al único lugar donde pasaban más tiempo juntos la pareja de estudiantes: la Feu Nacional. La casona verde auguraba ser el recinto ideal para la jaula y sus inquilinos.
Los pájaros llegaron para irrumpir en la cotidianidad de la casa estudiantil. En pocos días se convirtieron en las mascotas de todos los integrantes del secretariado y atraparon el cariño espontáneo de los frecuentes visitantes. No solo mejoraron el colorido del lugar, sino que con sus trinos alegraban las tardes.
Cuando empezaron los recorridos por las provincias, ella y él se turnaban para alimentar y cuidar a «la cría». Las veces en que los viajes de ambos coincidían, una entusiasta y desprendida custodio se brindó para darle agua y comida, y atender cualquier necesidad que tuvieran los pajaritos. Todo transcurrió bien hasta que un día la «compañera» se enfermó y los dos jóvenes tuvieron que salir con urgencia para Guantánamo.
En vista de que nadie podía quedarse con los animales, a aquel joven talentoso en estudios, de buena oratoria y, curiosamente, pinareño, se le ocurrió la «genial» idea de pensar en ellos como si se tratase de personas racionales. Les sirvió una olla de agua y un pozuelo gigantesco de alpiste, allí tendrían como cinco raciones para los siguientes tres días de soledad. «Si lo saben administrar…», pensó el muchacho y viajó mucho más tranquilo.
A su regreso, ya estaban varios de sus colegas sentados en el lobby. Sus apesadumbrados rostros anunciaban la fatal noticia, que finalmente dio un valiente santiaguero: «oiga, compay, se murieron los pajaritos». La tristeza envolvió a todos por unos días.
Los despidieron con honores y los enterraron, solemnemente, en uno de los jardines de la Feu.
Días después, algunos muchachos de la Feem pasaron por el local y supieron la triste noticia. Uno de ellos, imprudente, preguntó la causa de la pérdida. La respuesta rápida de uno de los integrantes del equipo de la Feu, caprichosamente técnico medio en Veterinaria, arrancó la carcajada de los presentes: «La hembra murió ahogada, y el varón… de una sobredosis de alpiste».
La responsable de la comisión de Cultura, inspirada en los sucesos, decidió inmortalizarlos en estos versos:

«Si a la Feu llegas un día,
como alegre pajarito,
aunque sea por un ratico,
contagia con tu alegría.
Pero si llegara el día,
en que estás muy solo y triste,
y la nostalgia te asiste,
un consejo yo te doy:
aunque sientas hambre hoy,
no te metas tanto alpiste».

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Una guagua en Nuevo Vedado

Por Rodolfo Romero Reyes

La noticia se propagó de boca en boca y sí, realmente el hecho clasificaba como noticioso. Aunque el reparto es céntrico y por sus márgenes confluyen infinidad de rutas principales (de ahí su abreviatura con P de principales: P-4, P-9) y otras rutas alimentadoras (69, 27, 179), nunca en la historia de aquella opulenta barriada del famoso municipio capitalino Plaza de la Revolución, había existido una ruta de ómnibus que atravesara parte de sus calles interiores. El anuncio de la A44 merecía titular en primera plana.

Desacostumbrados los vecinos del lugar —y también imagino que las autoridades provinciales— a estas rutinas, la señalética para indicar las paradas resultó de las peores del país. Quizás se agotaron las señaléticas azules que tradicionalmente se utilizan, o tal vez, el indicar las paradas en cartones viejos escritos con plumón negro, fue un intento por mostrar una cuota de humildad ante semejante conglomerado de mansiones y casas enormes, que no es lo mismo, pero es igual.

Como aquellos famosos periodistas que desenmascararon «Watergate» dando una cobertura, nota tras nota, de los resultados de su investigación en curso, deduje que ese hecho aparentemente intrascendente, desembocaría en nuevos sucesos de interés público. La primicia no se hizo esperar, por primera vez en la historia de Cuba, los vecinos de un barrio escribieron una carta protestando por el paso de la guagua por sus calles.

Para los lectores foráneos, es útil aclarar que, con los problemas que históricamente ha presentado el transporte público en la Isla —consecuencia directa del férreo bloqueo económico impuesto injustamente por el gobierno de Estados Unidos contra Cuba—, lo común es que las cartas de la población sean para solicitar que las guaguas pasen por los vecindarios, nunca lo contrario. Por tanto, la actitud de aquellos vecinos resultaba inverosímil.

La carta en cuestión movilizó a las autoridades locales del Poder Popular. Un joven delegado, recién electo, convocó a vecinos y autoridades para atender la demanda colectiva. Antes de la reunión, mi investigación periodística había arrojado dos resultados preliminares. El primero era que «todo el vecindario» era en realidad seis o siete vecinos inconformes. Segundo, el reclamo de un firmante no representaba obligatoriamente a toda la familia. «Papá, se puede saber por qué tu firmaste esa carta, qué bien se ve que tú te vas en el carro temprano para el trabajo, pero la que va al tecnológico y vira en la guagua soy yo, procura que no la quiten porque me vas a tener que comprar una moto eléctrica», reclamó en altercado familiar una de las adolescentes del barrio.

Con estos dos elementos, tuve la certeza de que la demanda no tendría lugar. Sin poder presentarme a la cita nocturna, pues obviamente al vivir en Guanabacoa mi presencia allí resultaría sospechosa, decidí auxiliarme de una «Garganta Profunda» que sí residía en el lugar en cuestión.

En el cónclave se expusieron dos criterios. Quienes defendían el paso de la guagua argumentaban que los demás eran unos egoístas que tenían carros y por eso no necesitaban el medio de transporte colectivo. Los demandantes, en cambio, aludían otras cuestiones. En primer lugar estaban «preocupados» porque el paso de la guagua todos los días afectara el asfalto y produjera baches innecesarios —lo cual a juicio de GP afectaba directamente a sus carros—; en segundo, el ruido provocado por el motor y el claxon atentaría contra la tranquilidad que se respira en la vecindad —a juicio de este periodista, muchas de estas casas no se afectan por los ruidos, por sus gruesas paredes, aires acondicionados, equipos de música y largos pasillos—; y, como tercer aspecto, defendían la seguridad vial de niñas y niños que transitan para las escuelas —me pregunto si solo en Nuevo Vedado conviven escuelas, niños y guaguas.

Por fin se impuso el sentido común, la democracia, el consenso ciudadano y el poder del pueblo: «la guagua se queda», anunció el «apuesto» delegado —según adjetivo utilizado por Garganta—. Los demandantes no se fueron derrotados: la guagua que antes entraba y salía al reparto por una misma calle, modificó levemente su ruta para no producir tantos baches. Hasta yo salí beneficiado: encontré un nuevo tema de investigación, el transporte público en La Habana, fuente inagotable de conflictos que seguramente me dará trigo para múltiples trabajos periodísticos.

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La leyenda de Mata Siete

Él empezó como artista aficionado en los festivales de cultura que se hacían en la CUJAE hace ya un par de décadas (quizás tres). Armado de una guitarra rústica, componía canciones trovadorescas inspirado por musas de diferentes latitudes, aunque, confiesa, tenía predilección por aquellas que vivían en nuevo Vedado.

La Princesa fue, de todas, las que más caló en su corazón, o al menos la que, según historiadores cercanos, motivó los versos: «pero el beso que te di, lleva siglos habitando tu garganta». Ella fue causa y azar de desvelos, citas románticas, situaciones embarazosas y la fiel testigo de la mayor hazaña de nuestro protagonista.

Desde las primeras citas sucedieron situaciones graciosas. Para que la hija de la Princesa no sospechara de los amoríos de su madre con… digámosle Albertico, para no revelar su identidad, el impetuoso enamorado se quedaba en la sala conversando hasta bien entrada la noche. Cuando la pequeña se acostaba, subía a la alcoba de su amada, hacía su mejor desempeño, se daba un baño, se cambiaba de ropa, y a las siete, cuando la niña despertaba, estaba otra vez allí, sentado en la sala, bañado y perfumado, como si acabara de llegar.

Siempre fue muy ocurrente, por eso culpó al choque del yate contra el muelle, cuando en la primera cita pública se le fue un pedo gigantesco mientras bajaba de uno de los botes de la Marina Hemingway. Ella, en cambio, no era tan ágil. Esa misma noche, después del paseo en yate, el grupo de amigos pernoctó en un lugar con varios dormitorios. Con varios tragos de más, uno de ellos entró al cuarto donde estaban los amantes buscando una fosforera que Albertico debía tener en uno de sus bolsillos. Al ver a la princesa despierta y vestida, a su amigo roncando como una piedra y tapado con una sábana, y asumiendo que en aquella cita no habían tenido tiempo para nada relacionado con el sexo, levantó la sábana de un golpe y en vez de fosforera descubrió el paquete desnudo de Albertico.

—¿Y esto que cosa es?

La respuesta de la Princesa, rápida, pero obviamente no muy bien pensada fue:

—Ah, no sé.

Vaya «ingenuidad». Solo de una pareja tan singular se puede esperar la teoría, dos décadas después, sobre la veracidad de la leyenda de Mata Siete, como a partir de ahora nos referiremos a Albertico, quien en un día de mucha euforia sexual tuvo un total de «siete palos», como decimos en buen cubano.

En el momento que escribo estas líneas nunca he podido producir tanta cantidad de esperma. En el caso femenino sí he vivenciado multiplicidad de orgasmos. La cifra máxima, de la que puedo dar fe, es 17 (aunque pocas personas lo crean posible). En el ámbito masculino tengo un amigo que acumula 6 como récord personal; yo creo que, con mucho esfuerzo, disímiles motivaciones y mucho guarapo, podría intentar a lo sumo cinco. Pero siete, obviamente es una exageración.

Por eso, recientemente, en casa de la Princesa hubo un debate grupal con amigos actuales, testigos de aquel momento, quienes contrarrestaron la versión de Mata Siete. Él alegaba algunos elementos a su favor: fue un récord personal, solo fue una vez, durante todo un día, descansó en varias ocasiones, tenía 32 años. El mayor punto a su favor, era que ella decía que sí, que fue cierto.

Pero el grupo estaba convencido de que la hazaña había sido fruto de la imaginación de ambos.

—En serio, fueron siete— decía ella.

—Pero, ¿qué ustedes entienden por orgasmos? — arremetía el grupo.

—Tenía 32 años— decía él.

—Entonces en un par de años será que yo pueda igualar tu récord— bromeé yo, que con 30 era el hombre más joven de aquel grupo.

—Lo peor es que Alain murió sin creerlo— dijo él.

—Lo peor es que todos vamos a morir sin creerte— dijo Manolito.

—Por favor, hablen bajito, que van a pensar los vecinos, me da pena— alegó la Princesa.

—No importa que hablamos alto —aclaró Mata Siete— los vecinos pueden pensar que estamos hablando de siete… ¿tú no estás permutando?… pues de siete cuartos que tiene la casa.

—Seguramente— gritó una vecina desde la ventana de al lado —yo, que llevo viviendo en este barrio hace años, me creo primero que tu casa tiene siete cuartos ante que semejante cuento de Albertico.

Mata Siete se dio un trago, dio por terminado al debate, miró a su Princesa. Ella sonrió, cómplice, aseverando la leyenda. Aunque soy un defensor de los horizontes pasionales, creo que existen límites. Evidentemente Albertico, el trovador, es un poco exagerado en sus afirmaciones, solo así se justifican los SIETE PALOS y que el beso lleve SIGLOS habitando en su garganta.

Nota:
Días después, le llevo el texto al mismísimo Mata Siete. Quise que lo leyera para ver si encontraba alguna inexactitud. No se imaginan cuál fue su único señalamiento: «Caballo, no exageres, ¡diecisiete orgasmos tuvo la jevita esa!, ¡eso tiene que ser mentira!».

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El humor bajo el látigo

Por Cristina Lanuza Marrer,
e
studiante de Filología.

En los tiempos actuales la prensa cubana exige muchos desafíos. Se ha reparado en la urgencia de producir cambios en la manera de hacer precedentes, con los cuales lograremos medios de difusión capaces de parecerse más a la Cuba de hoy. Debemos intentar mostrar tantas Cubas como habitantes existen, de ahí que la prensa debe sugerir y polemizar siempre desde la veracidad.

Hacer periodismo en nuestro país es bastante complejo, sobre todo para los temerarios que intentan reflejar la realidad nacional. Su principal reto es lograr sobrepasar la epidermis de los temas que merecen ser analizados hasta la raíz, para que sintamos los medios de prensa más cercanos a nuestras vidas. El realizar Periodismo para jóvenes es aún más complicado, como necesario, en tanto la actualidad de fluctuación mediática y tecnológica es tal que, la juventud manifiesta una consulta extremadamente pobre de los órganos de información. Por ello ha sido una muy buena alternativa empezar por hacer una suerte de periodismo digital que sea interesante, llamativo y cercano a su realidad.

En palabras de Mario Benedetti: “¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco? ¿solo grafiti? ¿rock? ¿escepticismo? También les queda no dejar que les maten el amor, recuperar el habla y la utopía, ser jóvenes sin prisa y con memoria, situarse en una historia que es suya, no convertirse en viejos prematuros, tender manos que ayudan a abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno, sobre todo les queda hacer futuro”. Los jóvenes son el futuro de todo país; el periodismo joven debe atenderse y explotarse siempre que sea serio y profesional. Debe ser expuesta la cotidianidad de nuestros universitarios, sus problemas y necesidades.

Esto se ve reflejado muy fuertemente en el periodismo de Rodolfo Romero Reyes (La Habana, 1987). Publica actualmente en la sección de humor, ¿Quién le pone el cascabel al látigo? de la revista Alma Máter, en la que colabora desde 2006.

Podemos apreciar que su trayectoria ha sido muy variada y no solo se ha dedicado a publicaciones de tipo humorísticas, aunque sí es importante recalcar que es una de las que más ha disfrutado hacer y que sus lectores agradecemos inmensamente. RRR o Nemo como muchas veces firmó sus publicaciones, identificándose con el capitán Nemo del Nautilius de la famosa novela de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino; se ha dedicado a través de su libro ¿Quién le pone el cascabel al látigo? (2017), a mostrarnos con humor y sin herir sensibilidades, o al menos intentándolo, una gama de situaciones de la cotidianidad que son necesarias comenzar a registrar, o más bien rescatar este tipo de narraciones costumbristas que ya casi no consiguen espacios en nuestra prensa, como lo hicieron alguna vez los textos de Enrique Nuñez Rodríguez; sobre el cual Abel Prieto, conocedor de su obra, prologuista de su libro El vecino de los bajos (Ediciones Unión), dijo: “nos enseñó a reirnos de nuestras dificultades”. Siendo esta cita tan veraz, Rodolfo Romero considera a Enrique, una de sus fuentes de inspiración para realizar este tipo de escritura.

Nuestro escritor nos presenta una compilación de cuarenta y cinco crónicas publicadas anteriormente en la revista Alma Máter que, ridiculizan, censuran, comparan y critican nuestro día a día. El libro está compuesto por nueve capítulos, lo cuales contienen alrededor de cuatro o cinco crónicas cada uno, organizadas bajo un tema general, no cronológicamente. Cada capítulo nos muestra diversas etapas de la vida de nuestro escritor, tanto adolescente como adulta, no necesariamente en este orden temporal. Son vivencias en las que el autor es protagonista de muchas de ellas junto a familiares, amigos y conocidos, pero, en ocasiones nos parece que han podido o podrán ser experimentadas por nosotros mismos o algunos amigos.

Nemo utiliza un lenguaje desenfadado, cercano, cómico e incluso osado. No pretende lograr solo lo cómico, lo que produce simplemente risa, sino también lo humorístico, a la manera que alguna vez fue descrito en el teatro de Luigi Pirandello y que este último explica en su artículo El Humorismo: “Lo cómico es precisamente un advertimiento de lo contrario. Pero si ahora actúa en mí la reflexión (…) Desde aquel primer advertimiento de lo contrario la reflexión me ha hecho pasar a este sentimiento de lo contrario. Y aquí está, íntegra, la diferencia entre lo cómico y lo humorístico”. Tiene esta obra este mismo objetivo, aunque moderno, y responde en su intencionalidad final a sumirnos en continuas reflexiones de toda índole, desde nuestras relaciones personales y sociales, estatus social, los comportamientos y hasta la música que oímos. La riqueza léxica que posee nuestro escritor del lenguaje popular es envidiable, se ha documentado, sobre todo en el reguetón cubano, para adquirir este tipo de conocimientos.

De igual manera ofrece su propia versión de los tipos de relaciones existentes basados en experiencias comunes, también de la guerra de Troya reflejada en la Ilíada; del viaje de Odiseo descrito en la Odisea; así como similitudes e intertextualidades con la famosa saga Harry Potter. Referido a estos temas en el libro encontramos títulos como: “Tipos de relaciones”, “La guerra de las tribus urbanas I y II”, “Harry Potter se enfrenta al ministro de Magia” y “Harry botado en la autopista”, respectivamente. En estos dos últimos muy a propósito de su intertextualidad, aprovecha para sugerir una serie de términos de “origen latino” para describir estados de ánimo de participantes u otros términos que, introduce en función de la comicidad de la crónica.

La obra, así como la sección en la que trabaja, está inspirada en la máxima martiana: el humor será a la humanidad como “un látigo con cascabeles en la punta”.

Por ello debemos entender que en nuestro periodismo literario necesitamos más genios creadores como Enrique Núñez Rodríguez y su aprendiz, sin ningún matiz despectivo aplicable al término, Rodolfo Romero Reyes; en los cuales aflora con muchísima naturalidad su vocación de estilo, su saber definirse y mostrarse a la hora de escribir, de manera tal que, en cualquier sitio que leamos algún escrito de sus autorías sepamos reconocerlos. Ambos sin quererlo, son cazadores, cazadores de momentos insignificantes que necesitan ser inmortalizados porque forman parte de nuestra realidad e identidad como cubanos. La lectura de este libro, podría asegurar, marca un antes y un después en la prensa humorística cubana.

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Hay cada nombres, qué pa ́qué…

Meses atrás debí escribir un artículo sobres la costumbre que tenemos en Cuba —quizás también en otras partes del mundo—, de ponernos creativos a la hora de dar nombres propios. ¿Mileidy o Maivi? ¿Ernesto o Camilo? También pueden ser opciones Yosmara, Yosbel, Leidan, Franmar, Julimar, Legna… Una vez, durante el Tercer Congreso Pioneril, conocí a un señor que se llamaba Centurión Custodio.

Lo cierto es que en Cuba los nombres tradicionales nos vienen de herencia española mayoritariamente. Son hartamente conocidos los Antonio, María, Esperanza, Carmen, Manuel o Pedro; sin embargo, han sido desplazados, por considerarse pasados de moda o relativos a personas de la tercera edad.

En el siglo XX distintos sucesos históricos marcaron al país. La Revolución Cubana, que impulsó innumerables cambios sociales, también impactó en la manera de nombrar. Por eso después de 1959 aumentaron los Fideles, Raules, Ernestos y Camilos; nombres que respondían a sentimientos de admiración y respeto. Algunos preferían los seudónimos de guerra de estas figuras históricas —Alejandro, Deborah, Daniel— y otros en cambio su combinación: Raúl Ernesto o Celia Haydée.

Determinados por las relaciones políticas y socioeconómicas con la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), fueron muy populares Alexei, Yuri, Boris, Tatiana, Katia, Katiuska o Karina. El nivel de admiración a la obra socialista rusa y la plena identificación con el marxismo, son causas probables de que en la actualidad una de las profesoras de la Universidad de La Habana se llame Marxlenin.

El gusto de ambos padres y la moda juegan un papel importante; así se explica el boom de Claudias y Lauras durante los años noventa del siglo XX. Pero existen otros fenómenos que guardan relación con la elección de nombres propios. Tal es el caso de los préstamos lingüísticos, muchos de ellos del inglés: Leydi por lady (dama), Mileidy por my lady (mi dama), Maivi por maybe (tal vez), Olnavy por Old Navy (marca de confecciones), Usnavi por U.S. Navy (marina de los Estados Unidos) y Danyer por danger (peligro).

La literatura ha influido, y la historia universal también. Conozco dos hermanas, Ana Paula y Eva Luna, por los libros de Isabel Allende que leyó su mamá. Un amigo muy querido estuvo a punto de llamarse Rabindranath, por culpa de la afición de su padre por Tagore. En más de una ocasión he compartido cervezas con Atila. ¿Y la música? Shakira de la Caridad es real, la conozco.

A las telenovelas de turno les debemos más que un nombre. Las brasileñas como «La esclava Isaura», «Mujeres de Arena», «Señora del destino», «La Favorita» o «Avenida Brasil» han propiciado el crecimiento de Isaura, Malú, Ruth, Raquel, Lindalba, Lara o Salet.

Frente a costumbres tradicionales como la de poner al hijo el nombre del padre —mi abuelo, mi padre y yo somos Rodolfo Romero—, surgieron otras muy creativas como la combinación de tres pronombres personales del español para crear Yotuel (yo, tú, él) —nombre que lleva uno de los integrantes de la agrupación Los Orishas— o la unión del término «sí», o mejor, de su pronunciación en varios idiomas: Dayesí (da, en ruso; yes, en inglés; sí, en español).

Pululan también los nombres con «Y» que han marcado a toda una generación: Yanisey, Yumilsis, Yumara, Yosbel, Yadel, Yulieski, Yolaide, Yamisel, Yoerkis, Yuset, Yohendry, Yander, Yunier o Yorliet.

En cambio, hay tradiciones que no pasan de moda, como aquellos que son fruto de combinación de nombres como Sariman (Sara y Manuel), Reycel (de Rey y Celia), Leidan (Leida y Daniel), Franmar (Francisco y Marina) y Julimar (Julio y María). Tampoco faltan quienes, en afán de ser más originales, han puesto a sus hijos el nombre al revés de uno de los progenitores: Legna (Ángel), Anele (Elena), Sixela (Alexis) o Anaeli (Ileana).

Otros nombres sui géneris pertenecen a la familia Alfonso, compuesta por L Valdés, cantante del grupo Síntesis, y su hija e hijo, también reconocidos músicos: M y X Alfonso.

Termino con uno de los ejemplos más graciosos: el papá de un amigo se libró de llamarse Segismundo, pues la familia no estuvo de acuerdo. Ahora no imagino como le dirán de cariño, pero su nombre real, el que aparece en su carné de identidad es: Onésimo Santiesteban.

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