«El 11 de julio se enfrentaron dos proyectos de país»

Por Rodolfo Romero Reyes

Hace exactamente un año Luis Emilio salió a la calle. Ahora, cuando han transcurrido 12 meses conversa sobre lo que vivió aquella jornada. Hoy compartimos solo la primera parte de este diálogo.

«Ese día vi los videos de las protestas en San Antonio de los Baños a eso de las once de la mañana. Una manifestación por demandas ciudadanas, a secas, me hubiera parecido normal y hasta saludable —de hecho, mi activismo político se ha caracterizado por la reivindicación del papel del conflicto dentro de la Revolución—. Sin embargo, al ver que las consignas enarboladas eran las de Miami, comprendí que los vacíos de hegemonía acumulados habían permitido que el bloque pro-imperialista impregnara aquellas protestas con sus símbolos, sus métodos y sus salidas. De inmediato supe cuál sería mi posición en las calles de La Habana».

No me sorprende lo que dice Luis Emilio Aybar Toledo sobre reivindicar el conflicto dentro de la Revolución. De hecho, el «cartelito» de «conflictivo» se lo adjudicaron a él durante mucho tiempo cuando estudiaba en la facultad de Filosofía e Historia en la Universidad de La Habana. Sin embargo, él entiende que su posicionamiento el 11 de julio no es contradictorio con ese espíritu.

«Comencé a comunicarme con los compañeros más cercanos, del Proyecto Nuestra América, de La Tizza y del Centro Martin Luther King. Cuando ocurre el llamado del presidente, ya nosotros estábamos movilizados por iniciativa propia. No podía suceder que nadie saliera a defender a la Revolución y a la patria —que era lo que se estaba atacando, acéptenlo o no— y que los órganos policiales quedaran completamente acorralados, con todos los riesgos que eso implicaba para el manejo de los acontecimientos. Teníamos que estar ahí, con nuestra voz y nuestros cuerpos, para impedir que hicieran “leña con todo y la palma”, en un momento en que lo que hacía falta era sembrar. No íbamos a permitir que derrumbaran eso que ellos llaman “dictadura”». 

Como sociólogo, investigador del Instituto Juan Marinello, miembro de la Asociación Hermanos Saíz, educador popular y joven cubano de 35 años, Luis Emilio confiesa que la violencia nunca estuvo en su ánimo. «Más bien quedamos bastante vulnerables cuando, caminando hacia la masa congregada por los Comité de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores de Cuba y otras organizaciones, nos cruzamos con el bando protestante lleno de rabia. Fue un día confuso y triste pero, a mi juicio, contribuyó a despertar esencias dormidas, y a retomar principios y métodos de trabajo que nunca debieron abandonarse». 

En sus tesis de licenciatura, había abordado una experiencia de movilización defensiva en un barrio de Marianao. Su día a día transcurre en el Cerro, a unas cuadras de la esquina de tejas. Para él la interacción con cubanas y cubanos de diversos sectores sociales no es algo ajeno. Por eso no solo participó en el 11 de julio, sino en las intensas jornadas que vinieron después.

«Los días posteriores trabajamos en tres direcciones: organizarnos y articularnos mejor por si ocurrían nuevas manifestaciones, participar o coordinar debates sobre el significado de los acontecimientos en el seno de organizaciones como la AHS, el PCC, la UJC —a las que pertenecemos—, y difundir nuestras visiones y propuestas para contribuir a lo que considerábamos la única manera de sobrevivir: pasar a la ofensiva creadora. Así surgieron varios editoriales de La Tizza, que cumplieron un importante papel, a nuestra escala, durante esos meses. “Tendremos que volver al futuro” —editorial— y “El día después no podrá ser el mismo” —de mi autoría— fueron los dos textos de La Tizza más leídos el año pasado. Salieron poco después del 11 de julio, los días 15 y 20 de ese mes, respectivamente. Demuestran la importancia de una actitud proactiva hacia el contexto, que demandaba visiones críticas desde la izquierda, como las que ahí cristalizan».

La interpretación de lo ocurrido los días 11 y 12 de julio para este colectivo se sintetiza de la siguiente manera: «los que salieron a protestar contra el Estado y el socialismo en Cuba eran pueblo, y actuaron como agentes de un programa que no era suyo; el enfrentamiento no fue solo con el Estado, sino entre dos partes del pueblo: una siente que ya no tiene nada que perder ni que ganar, y se ha rendido, y la otra no está dispuesta a renunciar a lo conquistado ni a los nuevos caminos por abrir, fue, por tanto, una disputa entre dos proyectos de país; las desigualdades y otras prácticas lesivas a la justicia social han producido una desconexión; reducir las causas a la guerra no convencional o a la “delincuencia” y la “marginalidad” induce a creer que solo estamos en presencia de un problema de seguridad del Estado o de mezquindad natural de un grupo social; si no reconocemos las deudas con los más humildes hacia lo interno de nuestra sociedad, nunca vamos a entender lo que ocurrió ese domingo».

El diagnóstico realizado en ambos textos incluyó la interpelación de prácticas acumuladas por el campo político revolucionario: «Lo sucedido ese 11 de julio también se explica porque los comunistas y revolucionarios no combatimos con suficiente fuerza y eficacia las prácticas nocivas del Estado, defendemos la unidad de una manera que en realidad la perjudica, nos conformamos con plantear las cosas en el lugar correcto aunque la solución no llegue, acompañamos acríticamente a los líderes en lugar de rectificar el camino y nos dejamos disciplinar cuando lo que toca es pensar y actuar con cabeza propia».
Los artículos de los que Luis Emilio hizo parte, no se quedan en el diagnóstico; entre las propuestas que plantean para tributar a salidas posibles, se encuentran:

-Regenerar el tejido social de esta Revolución que ha buscado ser de los humildes, por los humildes y para los humildes.

-Desterrar el vicio de huirle al conflicto, que luego explota en la cara. Asumir la contradicción, y liderarla.

-Ampliar las formas de democracia directa.

-Combatir con la fuerza popular a la contrarrevolución institucional, patente en fenómenos como la corrupción, el burocratismo, el autoritarismo y el privilegio.

-Tensar la cuerda desde abajo y a la izquierda (los descontentos e inconformes también estamos del lado de los que salimos aquel domingo a defender la patria). 

Otras preguntas a partir de…

¿Ha cambiado Cuba después del 11 de julio?

Alivia constatar, mirando las cosas desde hoy, que varias de estas líneas coinciden con los diagnósticos y los caminos enrumbados por la máxima dirección del país después del 11 de julio. No obstante, han resultado insuficientes los cambios, a juzgar por el hecho de que una parte significativa de la frustración popular se sigue expresando en un sentimiento opositor alineado con formas de legitimación de las alternativas capitalistas y pro-imperialistas. Existen posibilidades políticas no explotadas para solventar la crisis económica de una manera tal que los principios socialistas no pierdan validez en la conciencia popular, sino que, por el contrario, las personas se vean interpeladas y envueltas en prácticas transformadoras que desarrollen sus convicciones. Este ha sido siempre el núcleo de la hegemonía revolucionaria, de ahí que el problema principal del socialismo en Cuba sea, a mi juicio, de naturaleza política y cultural. En él radica, junto al bloqueo, la otra cara de las causas de la crisis económica, y la única vía para superarla sin traicionar la Revolución.

En este último año hemos visto surgir colectivos emergentes como Los pañuelos rojos, que han decidido posicionarse desde la izquierda. De hecho, tú acampaste junto a ellos en el Parque Central. ¿Qué crees de estas iniciativas?

Creo que es importante, en primera instancia, entender el fenómeno. En las últimas décadas en nuestro país han surgido colectivos y redes que comparten el horizonte socialista o tributan a él, conformando un espacio emergente que enriquece el tejido social revolucionario. Actúan en campos específicos, poco visibilizados o que necesitan de nuevas fuerzas al interior del país y utilizan concepciones y metodologías participativas en el trabajo político y social. Constituyen diversas expresiones localizadas que en muy pocos casos han logrado un alcance nacional en su organización.

A menudo, existe solapamiento entre ellas. Se desarrollan mediante el trabajo voluntario y autónomo de sus integrantes, la mayor parte de ellos en edades juveniles. Suelen adoptar visiones críticas más desenfadadas pero sostienen relaciones de cooperación y complementariedad con las instituciones estatales y organizaciones establecidas, no de antagonismo. En varios casos han ocurrido tensiones o incomprensiones. 

Existe una dialéctica de lo instituido y lo instituyente, por el dinamismo propio de la realidad social. Si lo establecido no ofrece suficiente cauce a los nuevos métodos, visiones y campos de acción que demanda el contexto, buscaran su espacio de desarrollo. Creo que estas experiencias no pueden vivir condenadas a cierta impermeabilidad institucional que padecemos. Por el contrario, deben tener la posibilidad de irradiar. En fechas recientes, se ha creado un foro llamado La comuna, a modo de interlocución con la Unión de Jóvenes Comunistas, que debiera contribuir en ese sentido.

¿Qué crees que estos colectivos emergentes podrían aportar a la institucionalidad revolucionaria?

Debido a una mayor autonomía, la innovación política ha sido un elemento central en nuestro trabajo. Por el mismo motivo, hemos podido dar respuesta rápida y creativa a problemas imprevistos, sin esperar por una orientación ni una orden. Agrupamos y organizamos a personas que, por su talento y alto nivel de compromiso revolucionario, permiten cualificar el trabajo, y pueden dotar de nuevos rostros y contenidos a la comunicación política. Hemos cultivado una conexión directa y desenfadada con la herejía que encarna la Revolución Cubana y sus símbolos.

Salvando las distancias, pues las organizaciones históricas cumplen un papel a nivel nacional e institucional que condiciona sus procedimientos, debemos lograr ese espíritu innovador y de iniciativa propia en sus bases, en un contexto dónde, a pesar de que se hacen llamados para que así sea, muchos militantes están vencidos por la inercia o por las trabas que representan determinadas estructuras.

Algunas de estas iniciativas han sido atacadas por personas, alegando que los discursos críticos de esos jóvenes no son revolucionarios o le hace «el juego al enemigo».

Hay tendencias hegemónicas que identifican mecánicamente la defensa de la Revolución con la defensa del Estado cubano. Piensan que cuando se dice ¡abajo el burocratismo!, ¡abajo la corrupción!, ¡abajo la desigualdad!, no significa ¡viva la Revolución! Olvidan que la Revolución es un proyecto, un sistema de valores y una fuerza social que incluye pero trasciende la institucionalidad construida. Esos principios, para ser coherentes, nos deben llevar a combatir todo lo que afecte los intereses del pueblo, y todo lo que impida el avance de la Revolución. Los comunistas y revolucionarios debemos liderar esa lucha.

¿Qué opinas de esos ataques en redes sociales que tienen lugar hoy entre fuerzas que se dicen revolucionarias?

No suelo detenerme en tales debates. Creo que habitualmente perdemos mucho tiempo equivocando el destinatario de los mensajes. En el trabajo, en mi barrio, en las publicaciones digitales, en un acto político o en la televisión, trato de ver las cosas con el prisma del pueblo, como pidiera Fidel, y actuar en consecuencia. Tengo la suerte de ser parte de ese pueblo. Eso lo facilita. Se trata de ser honesto con lo que llevas adentro.

Continuará…

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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