Pocas veces…

No te acuerdas, gentil bayamesa…

Por Rodolfo Romero Reyes

Pocas veces entras al cine con la certeza absoluta de que los protagonistas de la película van a morir al final. Pocas películas te hacen llegar a casa y empezar a escribir.

Esa noche, de un jueves cualquiera, le pones rostro a una historia que tus maestros te enseñaron cuando eras niño: cuatro estudiantes jugando en un cementerio, otro arrancó una flor, los tres restantes —y te indignas— por sorteo, y uno de ellos ni siquiera estaba en La Habana.

Personalizas a una figura que bien recuerdas por su amistad con Martí, pero del que ignoras luchó hasta el cansancio por encontrar los restos mancillados, soñó con hacerles un monumento y escribió un libro que nunca has leído y que anhelas ver publicado por una editorial próximamente.

Te alegras de que todavía existan personas que quieran hacer películas como esta, y que no hayan olvidado ni un detalle: el maestro que no permite que se lleven a los estudiantes, el abogado español que los defiende con justeza ante el tribunal, los también jóvenes abakuá —de quienes leíste en un reportaje que escribió una amiga— que intentaron, como un comando militar, salvar a aquellos que fueron inevitablemente fusilados.

Descubres que la niña que comía rositas de maíz al principio del filme, ahora va contando en voz alta hasta que reafirma que son ocho. Escuchas al joven que, en los momentos en que Fermín cava en la supuesta tumba, desesperado, murmulla: «Sigue, sigue…»; y alguien a dos butacas de distancia le confirma: «Por eso siempre hay que seguir». Y te sorprendes cuando al final, sin ser la premier o estar presente alguno de los actores o actrices, el público aplaude, y sales de allí con lágrimas en los ojos.

Piensas entonces en las cinco veces que, siendo estudiante, marchaste desde la escalinata hasta La Punta, escuchaste las palabras de algún dirigente de la FEU, y llegaste hasta un monumento… ahora te arrepientes de que quizás no hiciste todo aquello con la debida solemnidad.

¿Héroes? Eran tan jóvenes que algunos probablemente no tenían ideales bien formados; otros sí, como Anacleto, como Ángel. Sus historias, su trágico final, reflejan la crueldad de una época.

Lo peor, piensas, es que «los voluntarios» eran cubanos; como también lo fueron los policías que servían a Gerardo Machado; o los esbirros sanguinarios de Fulgencio Batista que torturaban y mataban universitarios en un momento de la historia mucho más reciente.

La película es triste, pero mueve tu patriotismo más que diez charlas políticas o tediosos turnos de reflexión y debate. No se te olvida la voz de Anacleto; cuando sabe la sentencia definitiva grita ¡Viva Cuba Libre! Piensas entonces que vives en un país en el que, pese a las dificultades, las personas no dejan morir sus tradiciones ni su historia, en el que las familias azotadas por un tornado no quedan a merced del destino y en el que nadie nunca vendrá a tu aula a sacar estudiantes para luego asesinarlos. Y eso, te repites, hay que cuidarlo y defenderlo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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