Latigazo (44)

Por Antonio Berazaín (Bera)

De cuando la extinción de una especie fue buena para el medio ambiente

Junio 2008

Un gran problema medioambiental es la pérdida de la biodiversidad. Congresos, organizaciones ecologistas y gobiernos llaman diariamente la atención sobre el tema, que incluye, por ejemplo, a ciertas especies en peligro como el almiquí (lo cual no tiene que ver con el peligro del precio de ciertas especias como el orégano).

Sin embargo, cuando hace apenas unas semanas se anunció la extinción de los camellos de La Habana, la reacción general no fue de consternación ante el deterioro del entorno, sino más bien de alegría.

Y no era para menos. Tras 13 años llevando gente de aquí para acá, la manada de camellos Ms se desplazaba hacia el sur, dando paso a una nueva familia de animales rodantes Ps, originarios de la Tierra del Celeste Imperio.

Provistos de un esqueleto articulado, estos Ps son sin duda seres superiores en la escala evolutiva del transporte de pasajeros. Visualmente agradables, capaces de emitir sonidos musicales, no acostumbran a circular con el estómago repleto como los camellos. Ojalá que con el tiempo, al igual que hizo la claria, se aclimaten y reproduzcan lo suficiente.

Pero no podemos ser malagradecidos con los camellos. Es verdad que tuvieron sus inconvenientes, pues hicieron leña las calles, producían un ruido con valores de decibeles cercanos al límite humanamente soportable, amén de que más de un ciudadano vio esfumarse el sobre del salario por la herida de diez puntos de su bolso. O la desesperación de estar a bordo del animal y ante la imposibilidad de alcanzar la barbacoa, quedar atrapado entre la puerta 2 y la 3, arrastrado por el pasa-pasa y el empuja-empuja, y al final, caminando más arriba del camello que si hubiera ido a pie.

El comprobar que un MX (donde X toma valores del 1 al 7) era un rumiante, constituía una prueba de fuego al sistema nervioso del camellonauta, que ya en la puerta, a punto de salir, sentía como la molotera de la acera lo volvía a subir, bajar un poquito, subir de nuevo y así hasta que terminaba escupido contra el pavimento.

Y qué decir del olor peculiar del Camellus habanense, tan denso que se hacía factible empujarlo. Ninguna mofeta se compara con lo que podía aspirarse dentro de un M4 bajando por Puentes Grandes a la una de la tarde. Todo eso es verdad, pero como decía, no podemos ser ingratos. Si no hubiera sido por ellos, ¿cómo nos hubiéramos trasladado al trabajo o a la escuela? Además, también pasaron cosas buenas. Muchas parejas, hoy felices, se conocieran en la cola del camello.

En mi caso, me dieron una satisfacción especial. Con el monólogo «El camello» obtuve el premio Premio Carballido Rey de la UPEC en el año 1996 y luego, el honor de que el genial Carlos Ruiz de la Tejera lo popularizara como parte de su repertorio.

Quisiera continuar, pero me duele la cabeza de escribir. Es que no tengo gafas para ver de cerca, desaparecieron de mi bolsillo hace unos meses… ¿adivinan dónde yo estaba?

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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