Latigazo (59)

Acierto

Por Yohania de Armas
Marzo 2007

Eran las 2:14 de la madrugada, sus pasos en la escalera estremecieron toda mi habitación, era él: acierto; un portazo verificó lo que ya temía. Acostumbraba a salir a darse unos «traguitos» con sus amigos. Hoy había bebido de más, lo olía en su sangre, sin verlo aún sabía que tenía el pulso acelerado, los poros reventados y hambre de mí; «quizás hoy no se atreva» pensé: mala suerte, ya su figura se dibujaba en el silencio, justo frente a mi cama y su aliento comenzaba a golpearme como un puño. Alberto era el novio de mi madre, una especie de padrastro con un aspecto de hombre, hacía algunos meses que estaba viviendo en casa, primero comenzó mirándome, luego a decirme cosas que no comprendía y hace unas pocas semanas que me asedia como una bestia. Aún no comienzo a crecer, solo tengo 16 años y mi vida ha cambiado desde entonces; soy incapaz de hacer nuevos amigos y sentirme bien con alguien, me siento ajena a todo lo que ocurre a mi alrededor y ya no me importa la gente. Sí, de veras que tengo problemas y también una madre, —«él es un genio en la cama y aunque es diez años menor que yo, es muy maduro»— le cuenta divertida a sus amigas. Mamá me repugna, no tiene vergüenza, sabe lo que él me hace y no lo impide, creo que ni siquiera lo ha intentado. Realmente es difícil sentir esa impotencia todo el tiempo.

Mariano dice que tengo los pezones color «peach», su piel huele a aire de lluvia y tiene los ojos en forma de semilla. Él era el más lindo de mi clase, aunque me gustaba solo le quería de lejos, pero él se me adelantó aquella tarde. —«Hoy te tengo una sorpresita» —me dijo al salir de clase apretándome una nalga. Mariano dice que podemos estar solos todo el día porque su mamá está de guardia, le pinté un gesto con el rostro que simulaba alegría, un gesto que disfrazaba un miedo inexplicable. «Onlyyou» de ThePlatters se escuchaba de fondo mientras Mariano me susurra polvo en el oído, «ahora apagará la luz»: acierto, —«es que me gusta hacerlo a oscuras» —me dice.

Alberto se acerca buscándome; simulo estar dormida y me aferro a la almohada; aprieto los ojos y me esfumo; él ya no me ve, soy invisible. Es en vano; —levántate— me ordena y mamá lo sacude por la espalda gritándole blasfemias, y la va a golpear: acierto, un sonido hueco levantó un sollozo tenue que se fue alejando, tengo miedo, él lo sabe porque los animales lo saben también, tira al suelo a mi osito Rafael, separándolo de mi rostro y me rasga en dos como a un papel.

Mariano cuela una mano entre mis piernas «ahora me desnudará»: acierto, me desviste con suavidad y me besa. —«No estoy preparada, creo que es demasiado pronto y además…» —intento explicarle pero él me calla con un beso. Mariano dice que me quiere, «te quiero» —le escucho mentir, sus caderas me hinchan la cintura, me separo el cabello del rostro y lame mi cuello con rudeza. Mariano galopa sobre mis costillas, haciendo un nudo con mi cuerpo ¿te gusta?, me pregunta; no le respondo.

Alberto prosigue, a mamá la siento llorar en la habitación de al lado, entre mis gritos le pido ayuda, pero no quiere oírme, se hace nada detrás de la pared, ya no existe. Alberto apesta a desvergüenza, le vomito repudio en el rostro y le golpeo, le muerdo, le imploro, pero es demasiado tarde, clava sus garras en mi interior y me hace esponja. «Ahora comenzará a sentirme peor»: acierto; Alberto va despojándome poco a poco de cada recuerdo de mi corta vida, me asfixia; va arañando lo que soy y lo que pude ser, me asfixia; se hace monstruo entre mis piernas de niña grande, me hace doler. «Ahora caerá al suelo»: acierto, su sangre salpica mi cara, lo golpeé tan fuerte hasta dejarlo inmóvil, en ese momento creo haberme sentido…aliviada. Mamá penetra en mi cuarto como un rayo y me escupe con desprecio —¿pero qué coño has hecho? ¡Eres un monstruo, nunca debiste haber nacido!— me grita.

Mamá me da más asco que Alberto, creo que debí matarla a ella también.

«A Mariano le gusta»: acierto, «me gusta» me dice jadeando, haciéndose vaivén sobre mi cuerpo. Mariano suda y me inunda el ombligo, sus ojos en forma de semilla ahora son una raya, casi imperceptibles. Mariano introduce sus dedos en mi boca, me asfixia; me hala el pelo y jadea, me asfixia; —por favor podemos parar —le sugiero, Mariano calla y jadea; —DETENTE— le grito y aprieto su garganta penetrándole las uñas, los dedos todos. Mariano ya no huele a aire de lluvia, ahora yace boca arriba con la lengua afuera y las manos en la nuca. No me siento bien, pero me doy cuenta que nunca me pude sentir mejor. Soy menos vulnerable. A propósito, ya Mariano no me dirá nunca más que tengo los pezones color «peach»: acierto.

Anuncios

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
Esta entrada fue publicada en Humor y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s