Cuentos de La Lenin (o «La vocacional»)

Por Nemo

Últimamente me cuesta trabajo escribir esta sección. No es falta de motivación, sino de tiempo. Siento que entre el trabajo, el trabajo y el trabajo, ya no hay espacio para ser yo: un joven deseoso de escribir y publicar. Antes hacía varios artículos de un tirón. Ahora siempre el último día me sorprende el correo de las muchachas de la revista. A veces pienso que debería dejarlo. Pero entonces recuerdo a aquellas jóvenes de la editora que sorprendí leyendo una compilación de algunos trabajos –mientras hablaban de novios con almendrones y otros misterios- y me digo que no, que mientras haya alguien que me lea debo exprimirme el cerebro y buscar aquellos cuentos simpáticos que hagan reír. Por eso hoy haré cuentos de cuando estuve en la Lenin, específicamente de los disparates más famosos de mi graduación: la 31.

Hay anécdotas que casi siempre se le atribuyen a las profesores de PMI (lo que en la universidad conocemos como PPD) o a las maestras más veteranas. El más clásico de todos es aquel en el que uno preguntaba: ¿De quién es este libro? El alumno respondía: de Homero; y el profe concluía: Dígale a Homero que no lo deje más fuera de lugar.

Las versiones más comunes eran aquellas en que alumnas y alumnos se inventaban logaritmos en los pies y tangentes en la espalda para faltar a clases de forma «justificada». Y los profesores les creían.

Pero para ser fieles con la historia, aquí solo reseñaré aquellos que viví personalmente. El primero fue en una de las guardias que hacíamos en la Unidad 6. Allí un profesorpreguntó:

-¿Cómo se llama la muchacha que debería estar cuidando el comedor? Está ausente.
-Claudia… Claudia González, creo.

Y el profesor escribió en su libreta de incidencias su nombre completo: Claudia González Creo, con C mayúscula.

En otro momento, otro profesor preguntó en un dormitorio:
-¿Quién falta aquí?
-Nobody.
-¿Noubary qué?-grave error.
-Noubary García- respondió el más jodedor del grupo.

El profe escribió: «Noubary García, cubículo 7, J-1» y continuó con el parte físico. En la siguiente habitación alguien le repitió la frase y aquel hombre lo increpó:
-Dejen el chiste, que Noubary es del cubículo de al lado.

Realmente en los partes físicos sucedían cosas simpáticas como aquel profesor de Matemáticas que no creía que en mi aula hubiera un muchacho que se llamara Roger Machado, como el famoso pelotero. El profesor Pancho que pasaba por el albergue de las niñas para ver si sorprendía a alguna en ropa interior junto antes de dormir. O el profe de la unidad 3 que acusó a mi amigo Julio Antonio, de «falta de respeto», cuando este le confesó que su apellido era Mella.

Para cerrar este anecdotario, les narro lo que ocurrió en aquella clase de PMI en pleno campo de fútbol, cuando Carlitos le preguntó al veterano profesor Laferté:

-Profe, ¿un tanque de guerra de las Fuerzas Armadas Revolucionarias puede subir una pendiente de 45 grados?
-Sí, por supuesto.

Arley, entonces continuó:

-Profe, ¿y una pendiente de 90 grados?

El maestro se quedó pensativo y afirmó con voz analítica:

-Sí, es un poco difícil pero sí.
-¿Y una de 180 grados? – preguntó Octavio.

El profesor esta vez no dudó en responder:

-No, no, eso sí que es IMPOSIBLE.

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El ratón de alcantarilla

imagesPor Rodolfo Romero Reyes

A la mejor profesora
que tuve en primer año

Ella era genial, inteligente, seria, pesada, desagradable, irónica, cómica, enérgica, aplastante… miles de adjetivos cabrían para describir a la profesora que todas las tardes de aquellos lunes y jueves nos llenaba la cabeza con símil, oxímoron y decenas de palabrillas necesarias para unos y sin sentido para los más desinteresados de ese grupo de primer año de periodismo.

No le gustaba que nadie le rindiera, odiaba a los guatacones y repetía una y mil veces improperios contra cierto dirigente estudiantil muy mediático que había sido su alumno y a quien ella “gentilmente” apodaba HP, en honor a sus iniciales.
Algunos de nosotros nos ganamos un rencor inmerecido. Uno de mis mejores amigos, solo por leer unos papeles cómicos que decidimos intercambiar en el aula en los minutos de receso, fue reprendido delante de toda el aula: “Pedrito, mijito, deja el papelito”.

Después de aquel incidente él pasó al saco de sus alumnos indeseables. Por eso lo obvió aquel día mientras pasaba la lista y, ante el reclamo insistente del joven, que insistía en que él estaba presente y que ella no lo había visto, fue una vez más sermoneado. Esta vez ella dijo mirando hacia el aula: «Señores, no se puede ser mononeuronal». Viniendo de aquella señora tan distinguida, aquello era el peor de los insultos.

Otra colega de mi aula, la chica cubana-mexicana que insistía en escribir una oración cuyo sintagma nominal fuese La azul casa suya, sufrió los embates de la profesora de Artes y Letras, y aquel día en que intentó escribir una narración erótica fue suspendida. La señora gorda y elegante dijo en un tono muy pausado: «Óiganme bien todos, que bastante libros eróticos yo he leído… eso es pura pornografía. Vamos a ver si aprendemos a controlar los impulsos».

Con tales vientos huracanados era de esperar que yo también sufriera los embates. El primero fue cuando osé hablar con ella en privado para pedirle, de favor, que evitara hacer comentarios políticos en el aula mientras daba sus conferencias pues los alumnos que no estábamos de acuerdo con las cosas que ella decía no podíamos debatir allí nuestros puntos de vista y sus clases se convertían en monólogos políticos que algunos preferiríamos no escuchar. Del tiro por poco suspendo. Se paró frente a todos y afirmó que por primera vez en cuatro décadas un alumno realizaba semejante atrevimiento. Desde ese día siempre me tuvo entre ceja y ceja.

Por eso cuando fui a justificar 2 ausencias por un estímulo que yo había recibido para estar una semana en una casa en la playa, me dijo en un tono complaciente: « ¿Le dieron eso por la FEU, por ser dirigente? No se preocupe que usted está totalmente injustificado».

Después de dos semestres yo y mi amigo éramos los más odiados. Se cruzaba con nosotros en el pasillo y nos decía fríamente: Buenas. Mientras que a otros los saludaba con cariño y honestidad. A José, el tercer amigo del piquete, a la altura de 4to año le preguntó en tono despectivo y con cara de asco: «Oiga, y usted todavía sigue reuniéndose con sus amistades de primer año».

Pero gracias a Dios aquella profesora era la ética personificada y nunca perdimos un 5 en ningún examen. Logramos vencer la asignatura de Redacción y empezamos a prepararnos para los exámenes de Gramática. Por suerte nunca más la vimos. Yo le escribí un par de parodias dando chucho y en mi grupo contábamos sus cuentos a los chicos nuevos que ingresaban en la Facultad. Pero un día supe que ni todo el chucho que yo le daba arrancó más carcajadas que aquella vez en que, frente a los 45 alumnos de Comunicación Social, se suscitó el siguiente diálogo:

-Profe, ¿puede darnos los 5 minutos?

-Muchacha, ¿por qué me interrumpes? ¿No ves que la clase aún no ha terminado?

-Profe, es que yo, igual que Rodolfo el de Periodismo, soy la encargada de pedir el receso en todos los turnos.

La profesora la fulminó con la mirada y dijo la frase que causó aquella risa grupal incontenible y que marcaría mi destino inmediato por los pasillos de FCOM.

-Mi´jita, hazte un favor y no te compares con ese ratón de alcantarilla.

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Me dicen Cuba

Por Abraham Jiménez Enoa

“De todas las artes la única que no existe es la música. La música no existe. Existe nada más en la mente y en la imaginación del hombre. La música empieza donde terminan las palabras”. Una frase como esa no puede ser desechada, no puede ser un preludio lóbrego ni una insinuación vaga que presagie un toque ordinario.

Y en efecto, así de contundente arranca el documental “Me dicen Cuba” del realizador Pablo Massip, con la ineludible voz axiomática del maestro Sergio Vitier de fondo, acompasando las elocuentes imágenes de La Habana. Un arranque que se desliza sin velo e impone sin apuros sus esencias, dejando sobre el tapete un rudimento para nada fatuo pero si presuntuoso, que presagia de antemano, el ritmo de sus 52 minutos de duración.

“Una sugestiva propuesta” señaló el crítico de cine Frank Padrón en la presentación del fonograma. Un mediometraje en los que emergen como protagonistas más de 20 músicos y cantantes de la vanguardia artística cubana, de las más disimiles generaciones y géneros musicales, que se unieron en un proyecto de CD de la EGREM por la causa de los Cinco Héroes cubanos antiterroristas.

La idea era solamente eso, filmar en estudio las jornadas de grabación del disco, especie de un making off, pero “rápidamente se convirtió en algo más”, expresó a la prensa Massip. Después de casi dos meses de trabajo, aquel incipiente pensamiento se transmutó en el sentir de estos artistas.

“Me dicen Cuba” desmenuza los sentimientos más nobles y espontáneos de estos hombres, que hablan de patria, de amor, de heroísmo, también, de amistad y de familia. Valores que así, de este modo, alojados en la web, pueden parecer algo trillados y pretensiosos, incluso hasta cursi, pero que brotados de los labios de estos célebres cantautores y con la melodía y acordes como telón de fondo, sin dudas, que suenan y se asiente diferente.

Protagonistas del documental: Sergio Vitier, Silvio Rodríguez, Frank Fernández, Vicente Feliú, Kiki Corona, Amaury Pérez, Juan Formell, Pablo FG, Baby Lores, Raúl Paz, el dúo Buena Fe, Lázaro García, Tammy, Vania, además de Havana D Primera, Yoruba Andabo, el Coro Diminuto y el Nacional, entre otros.

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Por hacerme el periodista

humor_0Por Rodolfo Romero Reyes

Estaba en primer año de la universidad y estudiaba Periodismo, de eso hace ya ocho años y todavía no logro reponerme. Paso por su lado y no lo saludo. Coincido en eventos gremiales y espero que no recuerde mi cara. ¡Qué pena! Ojalá él se haya olvidado para siempre de aquel estudiante primerizo que cometió uno de los errores más graves que puede ­cometer un periodista.

Aquellas fueron mis primeras prácticas laborales. Me ubicaron en el periódico Granma por ser de los alumnos más destacados con cierta profesora que me tenía mucho cariño y que después de graduado, un buen día, decidió apenas ­saludarme y hoy me trata con frialdad. Pero bueno, volviendo al tema, me ubicaron en Granma.

Todos querían Juventud Rebelde que sin dudas ofrecía más oportunidad a los estudiantes para publicar. Pero a mí no me fue mal, al menos al principio. El primer día salí a una cobertura y ya a la mañana siguiente en mi casa todos disfrutaron ver mi nombre en la página dos del periódico.

Además de aprender con veteranos periodistas las dinámicas de producción, tuve otras experiencias, algunas simpáticas y otras simplemente diferentes. La que más repercusión tuvo en mi vida estudiantil fue una carta que le escribí al presidente de los Estados Unidos y que salió publicada en una de las páginas del Granma. Además de la carta que me enviaron los representantes de la SINA (Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana), la respuesta que les envió el director del periódico donde les decía que la carta era para Bush y no para ellos, y el abrazo emocionado de mi profesora de Periodismo Impreso, lo que más impacto tuvo fue el chucho que durante años me dieron mis compañeros de aula y algunos profesores con los que luego compartiría los guiones del programa Privadamente Público.

En otra ocasión ocurrió que fuimos a cubrir la inauguración de unaexposición plástica el día antes porque no leímos bien la fecha en la tarjeta de presentación. Pero eso lo pudimos solucionar tomando todos los datos y tirando una foto en la que el custodio y la recepcionista de la Casa del Alba observaban detenidamente uno de los cuadros. ¡Vaya modo ético de aplicar lo que aprendimos en clases!

Pero de aquellos días de práctica, el mejor de los cuentos, el hecho más bochornoso, la vergüenza de la que aún no me he recuperadoocurrió aquel día en que quise cubrir la premiación de un concurso musical que tendría lugar en mi natal Guanabacoa. Como la actividad sería un viernes en la noche estaba obligado a llevar la nota el sábado en la mañana, pero el domingo no hay tirada, así que la noticia saldría ­irremediablemente el lunes. Tres días después ya no sería noticia. Perdería la primicia, lo cual es pecado para cualquier periodista.

Entonces tuve aquella genial-estúpida idea. Iría el día antes a hablar con los organizadores de la actividad. Ellos me darían el orden de los números culturales y el nombre de los premiados. Yo podría redactar la nota en tiempo pasado, entregarla el viernes antes de que empezara la actividad y así saldría el sábado en la mañana. Todo bien, todo perfecto.

El sábado compré el periódico y allí estaba mi nota, anunciando los premiados a los cuatro vientos. Como era mi última semana de prácticas no regresé al periódico hasta que, una semana después, alguien me dio el recado: «el jefe de la página Culturales te estaba localizando urgentemente».

Cuando llegué a su oficina, a pesar de que él insistió en que aquello le pasaba a cualquiera, que todos debíamos aprender de nuestros errores, que yo solo estaba en primer año y que no me preocupara, pasé la peor pena de mi vida.

Resulta que aquella noche de viernes llovió en Guanabacoa y las autoridades municipales decidieron ­suspender la premiación. Al día siguiente, llovieron entonces las llamadas al periódico cuando todos leyeron en la prensa la noticia de un hecho que aún no había ocurrido. Nunca más he vuelto a colaborar con el periódico Granma. No me he recuperado de semejante vergüenza. Y eso me pasó… por hacerme el periodista.

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G-2

en-silencio-ha-tenido-que-ser-7-580x325Por Rodolfo Romero Reyes

Tengo 26 años y no viví la épica revolucionaria en Cuba. Lo que sé es lo que me contaron, he leído en libros o escuchado en algún documental. De pequeño vi algunos capítulos de la serie “En silencio ha tenido que ser” y empecé a admirar a David aunque, en aquel entonces, no lo comprendía en toda su dimensión. En mi casa había un folleto que era la fotonovela de “Julito el pescador”; de tanto repasar sus diálogos me aprendí los más graciosos, porque eso sí: Julito era todo un personaje.

Ya en la secundaria, una maestra de historia muy querida me habló de Alberto Delgado Delgado y nos convidó a ver la película “El hombre de Maisinicú”. Por eso, años después cuando veía a Sergio Corrieri sentía una gran admiración, pues en vez de reconocer en él al presidente del ICAP veía a uno de mis héroes de adolescente.

En la universidad intenté rastrear estas series antológicas. Volví sobre los pasos de “En silencio…” (con la segunda parte incluida). Esta vez fue Mario Balmaseda, Reinier, el oficial de la seguridad que atendía a David, quien se volvió para mí un verdadero paradigma.

Uno de aquellos diálogos, lo recuerdo más o menos así:

-Venga acá- le dice el hijo de David a Reinier – ¿usted dice que ES amigo de mi padre? Usted querrá decir que FUE amigo de mi padre.
-No, no, yo soy amigo de tu papá.
-Mire, o usted es un comemierda o mi padre no es un traidor.
-Muchacho, yo no soy ningún comemierda.

Inmediatamente después el muchacho abraza emocionado al oficial Reinier y se percata que su padre, a quien creía en Estados Unidos como un vendepatria, era un héroe, un héroe de verdad.

julitoelpescador-pClaro, hasta ese momento todos eran personajes de ficción, construidos para crear admiradores, con parlamentos emotivos para que el público se emocionara, pero más allá de la ficción yo sentía mucho orgullo porque ellos eran cubanos.

Un buen día, la historia fue la misma, pero el género cambió. Cuando estudié la vida del Che Guevara, la gesta del Congo y de Bolivia, encontré testimonios de los hombres y mujeres que desde la seguridad del estado hicieron posible cada infiltración, cada pasaporte falso, cada misión clandestina; los hombres y mujeres que habían inspirado las novelas que cautivaron a mis padres.

Leí de las centenas de acciones y operaciones especiales que se organizaron desde Cuba para hacer fracasar planes terroristas ideados por la CIA, de las primeras misiones en el exterior y de la valentía de aquellos que en más de una madrugada protegieron la vida de Fidel y de tantos otros.

Cuando creía que yo vivía tiempos modernos y que no existían héroes en la actualidad, vi en televisión la serie “Las razones de Cuba” y descubrí a jóvenes –y a otros no tan jóvenes– que, infiltrados en organizaciones contrarrevolucionarias, eran fieles a los ideales de nuestra nación y eran dobles y hasta triple-agentes.

Personas que debían fingir sentimientos, falsas identidades, permanecer mucho tiempo alejados de su familia, burlar detectores de mentiras, terminar relaciones con amigos que pensaban diferente… ¡cuánto valor! ¡cuánto sacrificio! ¡cuánta entrega!

Pensé que como ellos habría pocas personas y que casi nadie está dispuesto a dar pasos así. Otra vez la vida me sorprendió y como periodista tuve la oportunidad de entrevistar y compartir con algunos de estos héroes anónimos que forman parte de los Órganos de la Seguridad del Estado.

Entrevisté a fundadores, a jóvenes agentes y a oficiales que viven cada día como si fuera de 48 horas. Ellos también son héroes, como lo fueron aquellos que dieron su vida, como también lo son las madres y mujeres que esperan en casa, o los tantos hijos que pasan cumpleaños sin papás. Lamentablemente, por mecanismos de compartimentación y de necesario secretismo, esas historias, como tantas otras, no se contarán.

0Nunca sabremos que piensa el agente revolucionario que todavía está infiltrado en una célula terrorista de Miami y que aquí, en su barrio, la gente sigue creyendo que se fue cuando el Mariel. Tampoco conoceremos, y es una pena, los leales secretos que guardan los escoltas, lo mismo aquel que se mantiene toda la noche firme detrás de la puerta de una habitación cuidándole el sueño a alguien, que quien patrulla las calles 4 cuadras a la redonda.

Por eso, como nunca sabremos tampoco quienes son y quienes no son, escribo inspirado en todas y todos los que han sido parte de ese proyecto que hoy celebra sus 55 años. Creo que no cometo ningún delito al decir que, al igual que un ruso podría estar orgulloso de sus Fuerzas Armadas o un indígena mexicano de su ejército zapatista, yo, como cubano, estoy orgulloso de todas aquellas personas que integran los Órganos de la Seguridad del Estado.

En Cuba hay un chiste muy común: si alguien te ve secreteando o en acciones que parecen misteriosas te preguntan jocosamente: Asere, ¿será que tú eres del G-2? (nombre con el que se conoce en la calle a los miembros de estos departamentos). Si me lo preguntan a mí, la respuesta será:

-Ojalá, mi hermano, ojalá lo fuera; porque esos tipos están fuera de liga.

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El dilema de los diez pesos cubanos

10 pesosPor Rodolfo Romero Reyes

Iba apurado. La reunión empezaría en 10 minutos y yo todavía estaba como a 6 paradas del lugar. No había señales de la guagua. Recién había cobrado pero tengo una máxima que intento cumplir: nunca montarme en un almendrón a no ser que sea estrictamente necesario. Cuando quedan solo 5 minutos, tomo la billetera y estiro la mano. Monto con cara de sufrimiento. Diez pesos por solo unas cuadras ¡vaya estafa!

Justo en el momento que el chofer acelera observo por el retrovisor que viene la guagua. Pienso en bajar, decir que olvidé algo, pero me da pena con el chofer del almendrón, con mi jefe que me espera puntual y hasta conmigo mismo y con el amor que le tengo a un billete de diez pesos cubanos.

Bajo del carro, me despido de Máximo Gómez y camino por la acerca a toda velocidad. Miro hacia adelante y esta ella, que viene con todo su glamour, tomando un refresco que imagino de limón. La miro de arriba abajo como hacía meses no tenía el placer. Ella me saluda y sonríe. Sonríe porque sabe que está sexy y que es bonita, y porque tiene la falsa creencia de que todos los hombres que conoce se enamoran de ella o sencillamente son unos idiotas.

La miro fijamente a los ojos para no hacerlo indiscretamente hacia otra parte. Mi mente ahora mismo teje fantasías con el espejo que -me contaron- tiene frente a la cama y me imagino en su cuarto, devorando uno de esos potes de helado de chocolate que abre siempre en momentos de depresión. Sin embargo, el autocontrol es más fuerte y termino haciéndole la pregunta más usual de todos los que estamos en quinto año: ¿Cómo te va con la tesis?

Y ella me habla, y me explica, y yo me imagino sus piernas, esa boca en la mía, la lengua. “Es que la gente no está pa´ eso”, dice en algún momento. Y yo le respondo: “Es verdad”. Yo soy el primero que no lo estoy. Pero me mantengo firme, sin quitarle la vista de los ojos. Es puro deseo, lo sé, pero no me importa. También sé que en medio minuto no podré llevarla a la cama; por eso hago finalmente algo sensato: me despido. “Ando apurado”, le digo. Mentira. Si me invitara a su cuarto, a su espejo, a su espalda… dejaría hasta la reunión con mi jefe. Pero no dice nada, yo tampoco y le beso la mejilla, antes de salir a todo caminar.

No volteo. Me muero de ganas por virarme para, masculina y descaradamente, observar si ha bajado o subido de peso, si el jeans le queda justo o es de los que deja espacio para fantasear. Pero no. No viro el rostro por temor a que ella haga lo mismo, se percate de mis ganas y me saque para siempre del bando de los idiotas.

Camino y ahora casi corro para no llegar tan tarde. “Disculpen”, digo. “Tuve incluso que coger un carro”, me justifico. “Pero valió la pena ¿no?”, enfatizo, y todos en la reunión, como si la imaginaran, asienten con la cabeza.

Abril 2010

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Otra vez, un camión

La guerrillaPor Rodolfo Romero Reyes

Los camiones siempre rugirán de la misma manera. El mismo olor, los mismos hierros, y los mismos baches que llenan las carreteras. Subí entre abrazos y besos de amigas y amigos. El destino era Viñales. Aunque los más cercanos no me crean, al principio, iba en silencio.

Decidí observar mientras recordaba mi primer viaje. 17 horas en un camión de La Habana a Santiago. 200 pesos nos costó a Camilo y a mí los seis aguaceros y la helada madrugada santiaguera que nos dio la bienvenida. Aquella era nuestra primera guerrilla. Hoy contamos 5 y una boda que casi lo fue, en apenas dos años nos estamos poniendo viejos.

Si no fuera tan impulsivo debería de vez en cuando, callarme y observar. Algunos iban de puesto en puesto conversando, otros se salían de sus piquetes habituales para intercambiar con los de provincias distantes, los amigos del pelotón suicida conversaban entre ellos y algunos veteranos les daban a los nuevos la bienvenida.

Esa ansiedad la describió Camarero hace meses: quieres conversar con todos y con cada uno, pero sabes que solo son 3 días y te apuras… entonces tratas de hablar con todos a la vez y no lo haces con ninguno.

Con esa sensación, la de no saber qué hacer, elegí conversar largo rato con Abdiel, después de más de un año ausente. Pensé incluso en escribir un pos titulado: La entrevista que Abdiel no supo que le hacía, para transcribir cada uno de los emocionantes testimonios de su misión en Haití. Después desistí cuando comprendí que la historia del niño que acompañaba cual fiel lazarillo a su padre para que fuese operado por médicos cubanos, la responsabilidad de un periodista que tiene a su cargo un editor, un cámara y un auto, la distancia que lacera a un hombre cuando está enamorado o las imágenes de la gente llorando emocionada para arrancar lágrimas también en los televidentes sin que esto signifique egos sino, por el contrario, rigor profesional, pertenecían a los cuentos discretos y cotidianos de dos amigos que hacía más de 12 meses que no estrechaban sus brazos.

Cuando terminé de hablar con Abdiel faltaba poco y aun así descubrí que me quedaban preguntas. Supe, desde ese momento, que con Tunie apenas hablaría porque hacía rato que no nos veíamos ni en FB, que Carmen Luisa no vendría, que mi veterana amiga Lasy llegaría luego y que Yuri y Gretel estarían ocupadas con novio y hermana, respectivamente. Trataría entonces de hablar mucho con Raúl e imaginar que Leo y el Kike, se hacían eco de mis palabras. También supe que con los dos agramontinos nuevos apenas tendría tiempo para conversar. Pensé en el cumpleaños de Albertico y en Alejo. Incluso imaginé, ilusamente, que eso solo me ocurriría con los camagüeyanos porque son muchos, pero es que ni con Itsván, que es uno solo, me alcanzó el tiempo para conversar.

Sabía de antemano que el Koka me recriminaría por no responder a sus saludos en FB y que para Chiringa sería imperdonable el hecho de que no nos viéramos desde la fatídica terminal de ómnibus en Santi Spíritus.

Supe, desde que el camión frenó al fondo de la terminal pinareña, que Carlos Melián planificaba descubrirme en el juego del Asesino, que Chely cantaría conmigo en la guagua y me hablaría de nuestro curso en el Onelio, que “la koka” y Mary Romero se esmerarían haciendo café para todos y que Arnaldo no subiría a lo alto del Mural de la prehistoria, pero sí lo intentaría.
Sabía que Karina y Disamis andarían de aquí para allá, que Kako haría las fotos más extraordinarias, que Claudio aprovecharía cada instante para su documental y para bailar con Mary, que Mariam hablaría de Nutela y John hablaría del diseño de la revista, que Cintia me daría una cucharada de su pote de helado y que en la cabaña 18, Camilo,Hayat, Karen y Geidy, cuidarían mi sueño, como solo ellos pueden hacer. Pero sentía que nada de aquello me sería suficiente.

Por eso, los camiones causan en mí cosas raras, por un lado la alegría del reencuentro, por el otro, la certeza de que el tiempo no alcanzará, de que son muchos amigos, de que tengo mucho trabajo y de que a veces es malo crecer y hacerse adulto.

Continuará…

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