Para entender Peter Pan. Entrevista a la cineasta cubana Marina Ochoa

niños y niñas Peter PanPor: Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Pensar en Cuba

La cineasta cubana, Marina Ochoa, quien en el momento que se hace esta entrevista, asume la realización del documental Never ever Peter Pan, cuenta un pedazo de su historia personal. Ella no solo sufrió la separación de su hermano, sino que fue una de las niñas que tuvo en sus manos una visa que pudo llevarla a un destino muy similar. Hoy es una mujer cubana que desde el séptimo arte, se ha acercado a un fenómeno, a un suceso que describe como «bien complejo».

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«Recuerdo cuando fui a despedir a mi hermano al aeropuerto, era un niño, de 7 años de edad, recuerdo su mirada cuando se despedía, la cara de mi madre que pretendía hacer parecer que no pasaba nada. Yo no tenía conciencia entonces que nunca más iba a volver a ver a mi hermano vivo, aquella fue la última imagen de mi hermano».

Así cuenta un pedazo de su historia personal la cineasta cubana, Marina Ochoa, quien en el momento que se hace esta entrevista, asume la realización del documental Never ever Peter Pan. Ella no solo sufrió la separación de su hermano, sino que fue una de las niñas que tuvo en sus manos una visa que pudo llevarla a un destino muy similar. Hoy es una mujer cubana que desde el séptimo arte, se ha acercado a un fenómeno, a un suceso que describe como «bien complejo».

Me recibe en su casa en el Vedado. Después de la presentación, pues solo nos conocíamos por teléfono, empieza a detallarme los orígenes de la llamada Operación Peter Pan.

Todo comienza con un grupo de padres influyentes conectados con embajadas y después es que la CIA se monta en eso para diseñar la Operación. Muchas de las familias más influyentes tenían a sus hijos estudiando en el Ruston Academy, en La Habana, cuyo director era el norteamericano James Baker. Muchos de aquellos padres querían hacer contrarrevolución, pero tenían miedo de que el «régimen» tomara represalias contra sus hijos, porque eso es lo que esperaban del comunismo, la represión. Tienen entonces la idea de enviarlos a los Estados Unidos hasta que cayera el gobierno de Fidel Castro.

James Baker sale del país para contactar a los directivos de la Cámara Americana de Comercio de La Habana que se encontraban reunidos en Estados Unidos. Ahí le dicen que vaya a visitar al sacerdote Bryan O. Walsh que él tenía experiencia pues había sacado niños de Hungría en los años 50. Fue un plan que se pensó inicialmente para los niños el Ruston.

Entre James Baker y el católico Walsh, quien era director ejecutivo de Catholic Welfare Bureau, prepararon los primeros pasos. Era necesario obtener visas norteamericanas para estudiantes, por tanto debía existir un centro educativo que certificara la admisión de las niñas y niños cubanos. En diciembre de 1960, el Coral Gables High School en Miami, asumiría este rol. En entrevistas anteriores usted cuenta que fue una de esas niñas que tuvo visa «waivers» en sus manos y no se fue ¿por qué?

No me fui porque simplemente tenía una percepción negativa de los Estados Unidos. Mi papá viajaba mucho allá y se tomaba fotos en blanco y negro con los monumentos yanquis. Él admiraba mucho la historia de ese país y su modelo de sociedad. Pero aquellas fotos, con nieve y él con abrigo, eran fotos tristes. Por eso para mí aquella era una sociedad gris, sin colores. La realidad de aquel país no eran los colores de las revistas, sino las fotos de mi papá. Además yo había nacido en una sociedad blanca, racista, agobiante y aburrida. Entonces, cuando triunfa la Revolución, todo fue alegría y colores, era como si las calles tomaran vida.

Aquellos últimos años de la dictadura fueron muy fuertes. Mi papá era Juez de Instrucción y tuvo que levantar las actas de las Pascuas Sangrientas. Los muertos eran personas que él conocía. Recuerdo que se derrumbó y empezó a llorar. Aquel era entonces el Holguín en que yo vivía, una ciudad en luto. 1959 significó un carrusel de colores. La alegría y el cambio yo lo asocié con la revolución. No fue nada conceptual, solo me apropié de pinceladas.

Su destino fue muy distinto al de otros hermanos suyos, ¿qué pasó con Javier Ochoa?

Mi papá tuvo 7 hijos de matrimonios anteriores. Dos fueron Peter Pan. Hijos de mi mamá éramos solo 4. Entonces decidieron enviar al más pequeño hacia los Estados Unidos. Tenían esperanza. Mis padres esperaban una invasión donde iban a ganar ellos y entonces tendrían a sus hijos de vuelta. La idea que estaba en la mente de muchos padres no era reunirse allá, sino aquí. De aquella separación mi mamá nunca se sobrepuso. Tiempo después de su partida, uno de mis hermanos tuvo un niño, mi sobrino, y ella hizo un proceso de sustitución y veía en su nieto, el hijo aquel que perdió. Fue la forma que encontró para lidiar con la separación. Mi hermano murió en 1990 sin que ninguno de nosotros pudiera verlo otra vez.

En 1995 usted decide hacer un primer documental sobre la Operación Peter Pan, «Del otro lado del Cristal». ¿Aquella decisión fue un reto profesional o una deuda personal con su hermano?

Cuando mi hija cumplió 7 años, habían pasado 30 años desde que mi hermano siendo un Peter Pan, abandonó la Isla con una edad similar. Como madre no podía entender como alguien puede abandonar a su hijo y enviarlo a un país extranjero sin tener la certeza del reencuentro familiar.

Coincidió entonces que desde Miami empezaron a celebrar la fecha y lo hicieron contando una historia inverosímil y tergiversada. Una celebración demasiado apologética, premiando el sacrificio de los padres, el éxito de los niños que crecieron allá, etc. Parecía que estuviesen narrando una novela rosa y eso me molestó. Era un cuento de hadas fundamentalista, entrevistaban a todos los que habían sido exitosos, socialmente hablando, y no se hablaba de la dura huella que dejó en ellos haberse separado brutalmente de sus padres.

Aquella triste celebración me hizo pensar que era importante hacer algo que mostrara las realidades y consecuencias de la Operación Peter Pan. Ya desde antes yo estaba al tanto de las cosas que sobre el tema salían publicadas allá. Varios amigos me enviaban recortes de periódicos y otros venían y me contaban.

En el año 1992 o 1993, le presenté un proyecto a Alfredo (Guevara) mi concepción de cómo sería el documental. Él recién llegaba de la UNESCO. Después de aprobada la idea, es que se incorpora Guillermo y el proyecto lo concluimos juntos. Nuestras intenciones eran memorizar y relatar situaciones personales o familiares. Aunque fuese de modo informal, pero había que hacer un documental cubano. Ya en aquel momento existía una serie de televisión de muy mal gusto realizada en Estados Unidos. También habían estrenado el documental The lost apple, que fue encargado por el gobierno estadounidense, en el que se visitaban los campamentos y entrevistaban a algunos protagonistas.

Fue por eso que hicimos Del otro lado…, porque había que contar la historia desde Cuba. Pero el tema no quedó agotado con aquel audiovisual. Después de recopilar todos aquellos testimonios faltaban muchas preguntas por responder: ¿por qué una familia cubana tomaría tal decisión? ¿Qué pasó aquí para que una madre sobreprotectora decidiera separarse de su hijo sin ninguna otra garantía que la posibilidad de un reencuentro? ¿Cómo es posible desprenderse de hijos de 7, 8, 9 años, incluso de un bebé de meses?

Es entonces que decide hacer Never ever Peter Pan. ¿Podría contarme detalles de la producción de este nuevo documental?

Empezamos en junio de 2012. Filmé primero en Cuba y después en Venezuela, Jamaica y Estados Unidos.

A Venezuela fuimos porque en el año 2012 se intentó poner en práctica una operación similar. Uno de los primeros que se percató de la situación fue Germán Sánchez, quien era embajador allí. También fue decisiva la actitud de un sacerdote chavista, de origen cubano que había sido uno de los niños Peter Pan y que incluso aquí en Cuba había lanzado volantes contra el gobierno mientras estudiaba en una escuela católica. Él, que había sufrido la triste separación familiar en carne propia y que ahora después de 40 años simpatizaba con Chávez, alertó al gobierno venezolano y de conjunto con las autoridades, impidieron la reedición de una operación similar a la que en la década del 60 se hiciera en Cuba. La nueva operación fue diseñada desde Miami.

A Jamaica fuimos porque en el libro Operación Peter Pan de Ramón Torreira Crespo y José Buajasán Marrawi, aparece abierta la ruta de Jamaica. Para allá fuimos entonces. Primero un amigo investigador del ICAIC fue delante en condición de productor asistente para identificar posibles personajes a entrevistar y los materiales que necesitábamos. El equipo llegó una semana después y empezamos a filmar. Tuvimos la suerte de que el administrador de los archivos del arzobispado de Kingston nos dejó filmar sin nadie que nos supervisara. Al principio el señor se mostró renuente, dijo que solo después de hablar personalmente conmigo nos autorizaría. Desayunamos juntos y dijo: «Hoy mismo a las 2 de la tarde». Nos dejó solas a las tres, la camarógrafa, la sonidista y yo. Lo filmé todo, todos los documentos. No solo lo que usaré en el documental. Tengo la certeza de que cuando estoy investigando lo hago no solo para mí sino para mi país.

A los Estados Unidos fuimos buscando información del arzobispado de New York. Pudimos acceder a la información sin contratiempos, allí tú pagas y te dan una copia de los documentos que pidas sin importar el contenido. Se hizo la selección y nos los enviaron a Miami, que era el lugar donde nos estábamos quedando. Pero todo no fue satisfactorio, por ejemplo intentamos contactar en los Ángeles con un grupo de niños Peter Pan pero se negaron; y en Miami íbamos a visitar los lugares de los campamentos y también se negaron.

Algo positivo fue que logré entrevistar a Ileana Fuentes, quien es una figura importante allá en el exilio, una fuerte activista feminista y autora del libro Cuba sin caudillo. Ella le había negado la entrevista a Estela Bravo pero yo sabía que a mí sí me la iba a dar. En 1994, cuando el anterior documental, ella me comentó que si yo no me hubiese quedado en Cuba y me hubiera marchado cuando mis padres lo pensaron, hubiese sido igual que ella. Había cierta simpatía. Hicimos muy buena conexión y la entrevista salió.

Después de todo ese recorrido investigativo, ¿cuáles son las principales diferencias en cuanto al enfoque de este nuevo documental y Del otro lado del cristal?

Este nuevo documental, más que buscar testimonios, trata de entender la complejidad de diversas situaciones que influyeron en el fenómeno que hoy conocemos como Operación Peter Pan. A veces escribimos cosas muy a tono con la idea «yo tengo toda la verdad en La Habana» y no creo que sea así. Hay algunos libros que ven el fenómeno de una forma muy académica y la realidad fue más compleja.

Existía un miedo real que lo inició todo. Contarlo y entenderlo es la idea central de Never ever Peter Pan, un documental que ya se encuentra en su fase final de realización.

¿Qué ocurrió? Porque la propaganda por sí sola no logra eso. El éxodo es insólito en toda América. La Iglesia cuanta cerca de 15 mil niños pero fueron más, salieron muchos más. Ellos censaron los de sus programas pero salieron por otras iglesias, por terceros países. Ningún otro país ha sufrido un fenómeno de esa magnitud.

La idea de esta propuesta es responder a las preguntas, cómo y por qué se asustó la familia cubana. ¿Por qué las cubanas y cubanos de clase media, temían al protagonismo que estaban asumiendo los negros en el proceso revolucionario? ¿Por qué no entendían aquello de las milicias? ¿Por qué temían que el gobierno les diera armas a las mujeres? También influyeron diversos factores: el papel de la iglesia católica, la radicalidad de las medidas revolucionarias, el crecimiento de los sabotajes, la propaganda de Radio Swan, la impresión de la falsa ley que quitaría a los padres la Patria Potestad.

Cuando se destapa el éxodo masivo es que interviene el Departamento de Estado. En mi opinión, aquí no se percataron de la magnitud de la operación en medio de la convulsa realidad que vivía el país. Pero lo que quiero mostrar es precisamente la atmosfera anterior. Lo que pasó en Cuba que hizo que la gente reaccionara así. Sin quitarle responsabilidad, por supuesto, a los que organizaron la Operación.

Del proceso de realización, ¿recuerda alguna entrevista en particular?

Entrevistas intensas han sido muchas. En algunas todo el equipo ha terminado llorando. Incluso aquellos entrevistados que no les fue mal profesionalmente o los que estudiaron en universidades importantes, también sufrieron la separación. Estos no fueron los niños húngaros. Alex López nos contó, por ejemplo, las violaciones que sufrió por parte de los curas, un testimonio que ya le había contado a Estela pero que sigue siendo impresionante. O el testimonio desgarrador de Silvia Correa, a quien ya habíamos entrevistado para Del otro lado… La huella que dejó en estos niños la operación Peter Pan es como una herida que se cierra en falso, por suave que la toques, vuelve a sangrar. Hay otros que ni siquiera vienen a Cuba por temor a lo que les pueda pasar emocionalmente.

Tengo entendido que también valoró la posibilidad de filmar en España y en Inglaterra, pero no lo hizo para no atrasar la producción de Never ever… ¿se trata de alguna pista en particular que desea seguir?

A España quería ir porque fue otra de las salidas que más utilizaron para sacar a los niños de Cuba. También salieron por Bahamas y otros países terceros que fueron utilizados con este fin. Por eso es que aunque las estadísticas recogen 14 mil, deben haber sido varios miles más los que salieron durante todo este periodo que duró la operación.

A Inglaterra si iría para seguir la pista de uno de los personajes más enigmáticos de todo este proceso, Penny Powers. Ella llegó a Cuba a finales de los años 40, cuando Goar Mestre, quien era director de la CMQ, la trae como niñera. Después de triunfo, cuando James Baker, el director del Ruston, promovió la escuela en Miami que permitiría sacar a los niños fuera de Cuba, Peny Powers era profesora en esta escuela. Yo sostengo la teoría de que ella pudo ser uno de los cerebros de la operación pues tenía amplia experiencia sacando niños judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Según Torreira y Buajasán ella era agente de la CIA. Yo creo que ella era realmente de la inteligencia británica, y un hecho que lo confirma era su desprecio hacia los norteamericanos. Eso sí, también era extremadamente anticomunista. Ella está muy relacionada con el origen de la Operación. Y para mí sigue siendo un personaje enigmático. Ella creó la escuela para hijos de diplomáticos en La Habana y murió en Cuba en 1993.

¿Contenta de su vida en Cuba y no haber utilizado la visa que la hubiese convertido en una niña Peter Pan?

La decisión de quedarme fue por instinto y no me arrepiento. Ha salido muchas veces de Cuba, mi hija vive en Francia, el resto de mi familia en los Estados Unidos. Siempre he regresado y siempre lo haré. Tuve y tengo la idea de que este era mi rompecabezas y yo era una piececita que solo encajaba aquí.

Publicado en de Rodolfo Romero Reyes, Entrevistas | Etiquetado , | 1 comentario

Sueños (volumen 1)

“Un sueño es más que todo
Y casi nada.
Más que todo al soñarlo,
Casi nada después.”
J.A.B.

Por Karen Alonso

+¡ndiceUna de las cosas que más me gusta hacer en la vida es soñar. Y no me refiero a soñar imposibles, ni a fantasear con futuras metas. Me refiero solo a eso: a soñar, a acostarme de noche y vivir en un torbellino de historias pasajeras que comienzan a borrarse mientras más deseo aferrarlas.

Psicológicamente hablando, los sueños son una especie de estímulo cuyas representaciones se hallan impedidas de desplegarse con libertad mientras estamos conscientes. Soñar constituye un proceso mental totalmente involuntario en el que se produce una reelaboración de información almacenada en la memoria, que tiende a estar estrechamente relacionada con experiencias vividas, por quien sueña, del día anterior.

La ciencia ha comprobado que puede haber sueños en cualquiera de las fases del dormir humano. Sin embargo, los sueños mejor recordados y más elaborados son aquellos que ocurren en la llamada fase REM (Rapid Eye Movement), última etapa del sueño y donde dormimos más profundamente.

Durante 23 años he soñado muchas veces, más de las que puedo contar, pero solo recuerdo un puñado de historias que han ocurrido en mi fértil cabecita. Hablando hace poco con un amigo comentamos los posibles “significados” de nuestros sueños y compartimos algunos de los más recurrentes. Rápidamente caímos en la cuenta de que muchas representaciones nos eran comunes.

Mientras yo le hablaba de lo absolutamente genial que sería que inventaran una maquinita de grabar y luego reproducir los sueños, él me sugirió que, dado el cariz utópico de mis aspiraciones, me dedicara sin más a escribirlos.

Reflexionando luego acerca de esto decidí describir algunas de las imágenes desperdigadas que todavía guardo. Así de alguna manera inmortalizo memorias que me resultan muy queridas, ya sea por la profunda satisfacción y paz que me brindaron o por el excitante y, en ocasiones aterrador, realismo que revelaban.

(…)

¿Quién no ha experimentado el tremendo alivio que supone despertar de un mal sueño? He tenido muchas pesadillas, generalmente del tipo en que pones todo tu empeño en correr rápido y solo consigues desplazarte en cámara lenta. Por supuesto la urgencia de correr varía con cada pesadilla: desde ser perseguida por un asesino en serie hasta ser la presa de seres sobrenaturales.

Sueño no. 1:

imagesEstá totalmente oscuro. Casi no puedo distinguir las formas que hay frente a mí. De nuevo me encuentro en los predios de mi edificio. Inmediatamente me pongo en guardia y todavía no alcanzo a entender la razón. Entonces la realidad me golpea y recuerdo por qué estoy allí.

Las máquinas, habitadas por seres de otro mundo, no nos otorgan ninguna tregua. Los combates duran días. No sé por qué me encuentro en medio de la batalla, y desarmada. Sin embargo, lo que más me aterra no es estar indefensa entre estallidos de ¿bombas?; sino saber que toda mi familia está en peligro, en alguna parte entre tanta destrucción.

De alguna forma estamos en el futuro y las predicciones de H. G. Wells se hicieron realidad. La Tierra, nuestra querida nave espacial, está invadida por… extraterrestres, y en Nuevo Vedado se encuentra el último foco de la Resistencia humana.

(…)

Sueño no. 2:

Soy una persona que en muy contadas ocasiones ha tenido sueños eróticos, por lo menos que pueda recordar. Es una condición que no me agrada mucho; tal vez por eso atesoro tanto una historia que dibujó mi subconsciente, cuando atravesaba la adolescencia, y que si la analizo a cabalidad más bien causa gracia.

 

Estoy en mi edificio. Bajo hasta la primera planta y me sitúo en el pasillo que une las tres escaleras. Me encuentro en uno de los extremos y comienzo a caminar hacia el otro, como si algo o alguien me esperara.

bradCuando llego a mi destino, justo cuando alcanzo el primer escalón, se deja ver… Brad Pitt (lo sé, los sueños pueden ser tan previsibles). Por supuesto la emoción me embarga, siento el corazón latir a casi mil por segundo; pero lo que sinceramente más me gusta es la ropa que trae puesta.

Ataviado con uno de esos conjuntos que suelen usar los deportistas de lucha grecorromana (se llama maillot, por cierto), Brad me mira desde unos ojos que nunca parecieron más cautivadores. Lleva el pelo largo y rubio, justo como el Aquiles de “Troya”, y en su pecho, sobre el maillot, puede leerse la palabra CUBA.

Al final creo que es eso lo que de verdad me excita, pensar que él, definitivamente, ha convertido la ficción en realidad y ha pasado de actor a luchador; y nada menos que en el equipo Cuba. Después de medirnos con la mirada, y sin resistir un minuto más, comenzamos a besarnos…. (De más está decir que en ese justo instante me desperté).

(…)

Después compartir estas escenas solo me queda invitar a quienes las lean a compartir también las suyas. Comenten de vuelta acerca de esos sueños rocambolescos que surgen a veces y que nadie, ni siquiera uno mismo, puede interpretar.

Publicado en de Karen Alonso Zayas | Etiquetado , | 1 comentario

¿Qué es, en realidad, un piropo?

Por Antonieta Moreno

(Tomado de Rebelión)

“La mayoría de las veces parece algo ‘inocente’. Tipos que te miran fijamente como si fueras de otro planeta, tipos que empiezan a chasquear sus lenguas o hacen otros sonidos, tipos que cuando te pasan por al lado te dicen cosas del tipo ‘Hola nena, ¿quieres venir conmigo?…’ Tal vez esto no suene muy inquietante, pero lo es. No me siento bien cuando me tratan de esta manera. Me hacen sentir como si fuera un polluelo barato que no merece ningún respeto y que está en la calle para el entretenimiento de los hombres. Me siento como si fuera propiedad pública”
Sofie Peeters

Hace ya varias semanas fue aprobada en Bélgica una ley contra el acoso sexual que pretende proteger a las mujeres en las calles y en las redes sociales. Esta ley, impulsada por la Ministra de Interior y de Igualdad de Oportunidades Joëlle Milquet dicta “Art. 2. A los efectos de esta Ley, por sexismo se entiende cualquier acción o conducta que, en las circunstancias previstas en el artículo 444 del Código Penal, tienen como evidente propósito el expresar desprecio por una persona debido a su identidad sexual, o de considerarla, por la misma razón, como inferior, o de ser reducida esencialmente a su identidad sexual causando lesiones graves a su dignidad”. Aquellas personas que adopten las conductas contempladas en este artículo podrán ser penadas con multas de entre 50 y 1000 euros, e incluso con la cárcel según sea el caso.

Para muchos –y, lamentablemente, también para muchas- una cosa es el acoso sexual y otra muy distinta los piropos… ¡¿Cómo es posible que alguien sea multado por decirle a una chica en la calle que tiene un culo muy lindo?!- se preguntará el Alcalde de Buenos Aires en estos momentos. El problema de fondo es descubrir por qué está tan instalado en el sentido común que un piropo no es un acoso, o –lo que es aún peor- asumir que a las mujeres les gusta que les digan cosas en la calle. Si miramos las encuestas de, pongamos como ejemplo, Argentina y Bélgica, más de un 60% de las mujeres entrevistadas en estos países se han sentido intimadas cuando se las “piropea” en la calle.

Una idea que suele salir a la luz en este tipo de problemáticas es que los piropos forman parte de la idiosincrasia cultural y, por lo tanto, intentar criminalizar estos comentarios es un ataque directo a la propia cultura que, durante años, se ha desarrollado de esta manera. Si esto es así, lo que debemos preguntarnos es lo siguiente: ¿Por qué la configuración social y cultural ha sido tal que son los hombres los que se sienten en pleno derecho de expresar libremente sus pensamientos sexuales aún cuando esto atente contra la dignidad de una mujer? ¿Por qué no ha sido a la inversa? Siguiendo a la filósofa Seyla Benhabib, hacer uso de una defensa cultural respecto a prácticas discriminatorias supone un tratamiento desigual y exonera a los perpetradores de la acusación1. La cuestión final en este caso es aclarar por qué los piropos no son considerados como prácticas discriminatorias hacia las mujeres.

Cuando un hombre decide “lisonjear” a una mujer desconocida lo que subyace no es otra cosa que un juego de fuerzas. Al decirle a una mujer algo que, a simple vista, parece tan sencillo como “guapa” o “ay, qué linda” (y ni hablar de la inmensa mayoría de casos donde los comentarios son insultantes y obscenos) lo que se está diciendo implícitamente es “mejor quédate callada porque yo, en tanto que hombre, tengo más fuerza que tú, puedo dominarte”.

Claramente, cualquier persona con un poco de conciencia admitirá que la violación sexual es un acto repudiable. Ahora bien, ¿qué tienen en común el acto de la violación y los mal llamados piropos? Podemos decir que estos últimos no son otra cosa que el recordatorio de que se poseen todos los elementos físicos necesarios para agredir a la persona. El hombre que suelta un comentario sexual a una chica no espera que ésta se dé vuelta y le entregue, agradecida, el número de teléfono; ellos saben que esto no ocurre, sin embargo, no pueden dejar pasar la ocasión de reafirmar quién manda, quién es más fuerte.

Uno de los argumentos en contra de esta ley es que atenta contra la libertad de expresión. Según el articulista Robert Wargas, esta iniciativa, además de poner en riesgo la capacidad de flirtear de los hombres, es un ataque a la libertad en el discurso. En sus propias palabras: “Since there is no more potent expression of individuality than speech, and since there is no more potent concentration of government and soft-core fasco-nannyism than in the eurozone and its neighbors, we all knew it was coming.”

Apartando la absurda idea acerca de la “capacidad de flirtear de los hombres”, este razonamiento deja de lado el verdadero problema. Lo que plantea esta ley no es otra cosa que el derecho de cada persona a ser respetada en el espacio público, a no sentirse intimada ni agredida. Hablar de libertad de expresión cuando lo que se está tratando es un problema que afecta la libertad de movilidad, la moral y la dignidad de más de la mitad de la población es, cuanto menos, irrisorio. ¿O es que acaso en nombre de la libertad de expresión hemos de aceptar los insultos, las groserías, y los comentarios homófobos y racistas?

Para cerrar, si bien es cierto que está ley por si sola no acabará con el problema y que es necesario, además de realizar un seguimiento detallado de la misma, acompañarla con una campaña de concientización muy fuerte; el logro de esta ley es mostrar la capacidad que tienen los gobiernos de hacer frente a estas problemáticas a través de políticas de Estado, de recoger reivindicaciones de colectivos sociales y ofrecer un marco legal que sea capaz de respaldar a aquellos- en este caso a aquellas – que se encuentran en una situación de vulnerabilidad.

Nota:

  1. Benhabib Seyla. Las reivindicaciones de la Cultura. Editorial Katz. Buenos Aires, Argentina. 2006. Pág. 153-154.

Antonieta Moreno. Estudiante de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Publicado en Caleidoscopio feminista, de amig@s que colaboran | Deja un comentario

Síntomas de un festival

premiofestivalPor Rodolfo Romero Reyes

Diciembre es el último mes. Se juntan disímiles celebraciones: cumpleaños, aniversarios, el día del maestro, días feriados, vacaciones de fin de año, etc. También es un mes triste para algunos reguetoneros como «El Chacal» y «Yakarta. Pero para casi todos los habaneros, sin importar la edad, ese es el momento de asistir al Festival de Cine Latinoamericano.

Por supuesto que en esta sección no anunciaremos carteleras, tampoco reproduciremos sinopsis ni hablaremos de los premios que otorga la crítica. Más bien la idea nuestra es comentar algunos síntomas clínicos que algunos científicos del Ministerio de Salud Pública han diagnosticado.

Uso indiscriminado de ropa de invierno: antes diciembre era frío y soplaba una fuerte brisa por la Rampa que subía por todo 23 e incluso, llegaba hasta 12. Ahora es un poco cálido pero ya las personas tienen incorporado que la cola en el cine se hace con abrigos, suéter y muy especialmente bufandas. Sí, porque las bufandas son las reinas del show. Antes quizás era exclusiva de la gente «culta», de los críticos de cine, de los artistas foráneos invitados… hoy mikis y repas asisten el festival con sus bufandas «súper fashion».

Cálculo inexacto de pasaportes: Mucho antes de la Reforma Migratoria y gracias a la gentileza del ICAIC, cualquiera podía hacerse de un pasaporte por la modesta cifra de 20 pesos en moneda nacional. Todavía persiste esa costumbre. Están quienes compran dos y tres, pensando en ver aproximadamente 30 películas y terminan el festival con la tira sobrante en la billetera. Otros que compran solo uno y al final deben «raspar» entradas a los que precisamente compraron de más.

Deseos estresantes por acaparar filmes: Son aquellas personas que entran en la tanda de las 10am y se van del cine a las 12pm. De película en película, únicamente almuerzan y comen pan con perro. Menos mal que existen las rositas de maíz, para ir tirando. Lo peor es que las tandas nunca son en el mismo cine: salen del Yara y cogen un carro por todo 23. Después del Chaplin, corriendo literalmente hasta El Acapulco y así sucesivamente. Para escoger no analizan si está buena o mala sino cuánto tiempo dura. Las muy largas se descartan pues no permiten trasladarse hacia el próximo destino.

Síntoma Lío-Men: son aquellos que van al cine a disfrutar de un acto de autoflagelación intelectual y exceso de sufrimiento. Ninguna película está buena. Se la pasan criticando y se las dan de intelectuales (aunque algunos efectivamente sí lo son). Solo les gusta una o dos películas, generalmente aquellas que son vilipendiadas por el público. Sus argumentos son muy comunes: «¡excelente fotografía! ¡un guion maravilloso! ¡qué talento el de ese director! ¡qué modo más genial de captar los conflictos internos de la protagonista!». Generalmente la película es un clavo.

Aguda socialización: la padecen quienes van al festival únicamente a socializar. Llegan generalmente temprano, visualizan la cola más aglomerada y empiezan a caminar sabiendo de antemano que habrá alguien a quien conocen. Conversan un rato en un subgrupo y luego siguen para el otro. Al final, ven la película con cualquiera: lo importante es que otros los vieron. Ya no les reprocharán: « ¡Asere, estás perdido!».

Práctica indiscriminada del «tiro al blanco»: Los francotiradores se dan gusto en los festivales de cine. Generalmente las proyecciones en otras etapas del año carecen de público y de ofertas atractivas; en cambio, durante el festival, un montón de muchachas universitarias y mujeres elegantonas van al cine. Hay para escoger, para todos los gustos. Se práctica la puntería y de paso se observa una buena película.

Sospechas atacantes de posible atacador: Todo hombre que vaya solo al cine es un potencial francotirador y las mujeres -y nosotros también- se percatan de eso. Si mueve el nylon de las rositas puede que sea el roce con su pantalón, si abre el bolso puede ser la cremallera, en fin, algo realmente incómodo. ¡Cuántos críticos, solteros, solitarios y hasta hombres cuya cita nunca llegó, han sido acusados injustamente por sospechas infundadas!

Fugas laborales y estudiantiles: Los cinéfilos se escapan de sus trabajos y los más jóvenes no asisten a las clases. Se inventan excusas, enfermedades y matan a algún que otro familiar. La verdad se descubre rápido cuando coinciden en la cola del Riviera jefe y subordinada, o profesora y alumnos. Entonces empiezan las improvisaciones, como aquella legendaria: «Mi tía falleció, la acabamos de enterrar, salimos del cementerio Colón y como vimos la cola del Chaplín dijimos, “Qué mejor modo de ahogar las penas que una buena película”».

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No quiero tu piropo…

articulo de cubadebateNota introductoria: Este artículo se publicó hace unos días en Cubadebate y generó más de 180 comentarios. En mi comentario (el número 115) dije: «Entendí por el texto que cuando la autora dice: No quiero tu piropo, se refiere a que no quiere ESE TIPO DE PIROPO. Ninguno de nosotros -los hombres-, recibamos la motivación que recibamos con el escote o la licra más provocativa, estamos en derecho de sacarnos el pene y masturbarnos en público. Me parece que todos los que apoyan semejante actitud, no solo son machistas, sino unos verdaderos pervertidos. Gracias Karen por propiciar este debate. Lamento la mayoría de los comentarios de muchos lectores, con personas así nunca llegaremos a ser la sociedad mejor que soñó Martí». Ahora compartimos el artículo aquí, porque me gustaría saber que piensan los lectores de este blog, pues algunos lectores de Cubadebate se manifestaron de forma bien machista y agresiva sobre el texto, incluso la mayoría justifica la agresión. Como saben soy un hombre feminista, o al menos, intento serlo. Espero sus opiniones. Gracias a todas y todos, Rodolfo.

La violación es el abuso sexual de uno o más hombres sobre una mujer (…). El violador actúa sobre la mujer víctima elegida para ejercer sobre ella, por medio de la fuerza física o de la coerción, el poder sexista que el resto de los hombres tiene extendido, además de al cuerpo físico de la mujer, a todas las áreas de la actividad humana femenina.
Sau

Por Karen Alonso

Hoy, pensando en las musarañas mientras me dirigía hacia el trabajo, recordé algo que me sucedió hace alrededor de dos años. Felizmente una experiencia como esa no me ha vuelto a ocurrir y espero que nunca más lo cual, si me pongo a pensarlo, bien es casi una esperanza utópica.

Cursaba yo la universidad y luego de concluir un turno de clases rezagado, me disponía a regresar a mi casa. Eran casi las cinco de la tarde y, por consiguiente, sabía que la parada de G y 27 debía estar atestada. La otra opción era ir caminando pero preferí maltratarme, en primer lugar esperando una guagua y, en segundo lugar abordándola.

Recuerdo hasta la ropa que llevaba puesta: un pantalón de mezclilla azul oscuro, una blusa de tirantes roja y una ballerinas. Recuerdo, incluso, el libro que me acompañaba por aquel entonces: La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Me senté a leer en un muro en compañía de quienes esperaban “pacientemente” avistar la 174, el P-2 o el P-16 (además de la 20 y la 27).

Particularmente me encanta leer en la calle, así siento que el tiempo pasa más rápido, que puedo aprovecharlo mejor. Gracias a años de práctica puedo desconectar del ruido callejero y de las conversaciones ajenas para concentrarme totalmente en lo que leo. Fue por esa razón que aquel día no noté cuando un tipo vestido de negro se sentó a mi lado.

En realidad no lo advertí al principio, mientras estaba tranquilo. Después de 5 minutos de haber llegado, por alguna razón que solo atribuyo a una libido enfermiza, me roza fingiendo descuido. En esto, por supuesto, si reparo y me desagrada sobremanera. No porque el roce haya sido irrespetuoso o porque me haya parecido intencional, sino porque desgraciadamente he aprendido a desconfiar de cada hombre. Desde el que se sienta a tu lado en el cine hasta del que pide permiso para pasar en un pasillo de guagua.

Pero de cualquier manera, me digo, no es para tanto. Aquel hombre me pide disculpas y yo apago el interruptor de alerta que ya se había disparado en mi cabeza. Sigo metida en mis asuntos aunque pensando en lo paranoica que fui. Lamentablemente esa intuición que a veces acierta tuvo toda la razón aquella tarde.

Lo que más me sorprendió fue el descaro. A plena luz del día (porque fue en horario de verano) y en medio de una parada atiborrada de personas el tipo me enseñaba todo su miembro, erecto además.

En cuestión de segundos procesé toda la información: estaba siendo agredida sexualmente (para no decir lo que en realidad estaba pasando). Sin pensarlo dos veces me levanté y me alejé todo lo que pude. Mi corazón latía horriblemente pero traté de calmarme. Me di la vuelta esperando que el hombre se hubiera largado, sin embargo me había seguido entre la gente. En esas condiciones ya estaba preparada para gritar o lo que fuera, pero llegó una 174. Me monté apresuradamente temiendo que también él lo hiciera. Se conformó con mirarme de forma obscena y articular groserías que por suerte no alcancé escuchar.

No es fácil explicar lo que una siente cuando le sucede algo parecido. En mi caso particular fue miedo, asco y mucha vergüenza. Poco después me pregunté ¿por qué me avergüenzo, cuál es mi falta? Fue en ese momento que una rabia descomunal, de la que todavía hoy no logro deshacerme, se apoderó de mí. Entendí que había sido víctima de una violación. Tal vez no de una forma totalmente física, pero era una violación al fin y al cabo.

Después de eso me quedaron muchas dudas y ansiedades. Me informé, vi documentales sobre el tema, leí mucho. Finalmente aprendí que experiencias como la mía son en realidad la punta de un iceberg enorme que engloba diversas maneras en las que ideal machista continua reproduciéndose.

Lo más terrible es que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes de que lo que sufrimos es una AGRESIÓN, con todas las letras. Para algunas se trata de un hecho desafortunado que algún “enfermo” protagonizó. Casi nunca se piensa como un acto violento perpetrado por hombres totalmente normales, cuyo único pecado es pensar en las mujeres como objetos de satisfacción de deseos.

Si además incluimos en la lista de agresiones una práctica tan común en la sociedad cubana actual como el piropo, podrán decir que es un pensamiento exagerado. Son realmente pocas las personas que admiten que esta violencia erótica, como la cataloga Marcela Lagarde, abarca cualquier aproximación erótica de un hombre hacia una mujer, sin previo consentimiento. Esta implica un acto de violencia, en tanto legitima la apropiación masculina sobre cuerpos y espacios femeninos.

Para el feminismo, y estoy totalmente de acuerdo, la violación no se limita a la relación sexual. Por el contrario, se considera violación todo acto de irrupción sobre las mujeres. Las aproximaciones eróticas a nosotras, entre las que se encuentran las miradas que desnudan, los piropos (desde los más decentes, hasta los más groseros) y los manoseos, son prácticas agresivas que, lamentablemente, en la cultura erótica dominante están naturalizadas. Algunas congéneres, todavía hoy, se sienten complacidas cuando logran la reacción erótica del otro, se sienten reconocidas por despertar el deseo de quien supuestamente está en su derecho viril de aproximarse.

Desgraciadamente, a pesar de esta diatriba y de pensar como pienso, debo convivir con hombres que consideran que celebran mi belleza abordándome en plena calle. Estos son los más respetuosos. Otros simplemente deciden regalarme erecciones, no sé si con afán de agredirme o de tentarme.

A todos les devuelvo sus atenciones, no requeridas, y les digo sencillamente: NO QUIERO TU PIROPO, QUIERO TU RESPETO.

Karen en CUBADEBATE

Publicado en Caleidoscopio feminista, de Karen Alonso Zayas | Etiquetado , , , , | 9 comentarios

De meriendas, números y tinajones

“Voy atravesando valles
voy parando en el Patey
voy fijando mil detalles
voy camino a Camagüey”.
Silvio Rodríguez

Por Karen Alonso Zayas

w22Contrariamente a lo que siempre he pensado, escribir puede ser muy divertido. En lo que sí no me equivoqué fue en el esfuerzo y el tiempo que requiere. Afortunadamente la “cantidad de trabajo” que tengo en mi centro laboral me permite, de vez en cuando, escaparme al centro de mi tierra y dedicarme, hasta hace poco, sobre todo a leer.

Como estoy empezando un proyecto nuevo –véase escribir, nada más y nada menos que en un blog colectivo– debo aplicarme y reservar mi tiempo para borronear alguna que otra línea. Lo que se impone, por supuesto, es hablar sobre la reciente visita que hice a Camagüey, en compañía de una tropa ya familiar. Sigue leyendo

Publicado en de Karen Alonso Zayas | 2 comentarios

Compromiso

“El compromiso es un acto, no una palabra”.

Jean Paul Sartre

Por Karen Alonso

Desde hace tiempo vengo madurando la idea de dejar la bobería y decidirme a escribir. No es un pensamiento nuevo, porque siempre he coqueteado con las letras, simplemente nunca he podido trascender el miedo al rechazo y a las críticas que enfrentan quienes comparten lo que piensan.

Aunque en demasiadas ocasiones inicié –amén de sonar cursi– diarios solo para hablarme, irremediablemente terminaban en la basura. Incluso en la Universidad, etapa donde “supuestamente” la imaginación y las nuevas sensaciones se expanden, escribía lo necesario y tomando distancia de las palabras, cosa que hacía que mis amigas me tacharan de demasiado altisonante.

Una propuesta hecha desde el cariño me hizo volver a este pensamiento recurrente. Sigue leyendo

Publicado en de Karen Alonso Zayas | 2 comentarios